Hace unos días, me encontré con "Lo que se desvanece. Arqueología de un presente inestable", libro de Alberto Ades, publicado por Sudamericana en 2026. El título no habla exactamente de lo que perdimos, sino de aquello que está desapareciendo mientras nosotros seguimos ocupados huyendo hacia adelante.
La hipótesis de Ades es que el avance tecnológico está cambiando algunas condiciones elementales de nuestra existencia y se pregunta ¿qué estamos dejando atrás mientras hacemos alarde de todo lo que ganamos?
El libro se organiza alrededor de cuatro grandes territorios: el cuerpo y la crianza; los vínculos y el lenguaje; el tiempo y el espacio; y la memoria, la trascendencia y la muerte.
Zonas que poco tienen que ver con la tecnología pero que están atravesadas de alguna manera por ella.
Tenemos aplicaciones que saben dónde estamos, dispositivos que traducen, escriben, calculan y hasta nos conversan. La tecnología convertida en una especie de mayordomo universal; aunque parece que estos "sirvientes" empiezan a saber demasiado sobre sus patrones.
Quizás una de las cosas que se desvanece sea precisamente el derecho a la opacidad. Ahora que casi todo o mejor dicho TODO, deja huella, la privacidad empieza a parecerse a una especie de lujo vintage.
La crianza, señala Ades, tampoco escapa a esta transformación. Lo que antes se aprendía por experiencia hoy es monitoreado, medido, comparado y registrado. Las infancias empiezan a estar rodeada de dispositivos que convierten la incertidumbre en información.
Lo mismo pasa con los vínculos. El amor entra en la lógica de la plataforma y lo que durante siglos fue una combinación desordenada de azar, deseo y oportunidad, ahora tiene interfaz y likes.
No es que antes amar fuera mejor. Obvio que también había matrimonios arreglados, cartas que nunca llegaban y gente que se enamoraba del equivocado. Pero hay algo nuevo en la mediación algorítmica: empezamos a delegar incluso la posibilidad de encontrarnos.
En otro de los recorridos del libro aparece el tiempo y el espacio. Queremos acelerar procesos, eliminar esperas, estar en todas partes, comunicarnos en cualquier momento y recibir inmediatamente todo lo que deseamos. Esperar también era una forma de experiencia.
Y también la nostalgia se ha transformado. Ades nos hace reflexionar sobre volver a recordar lo que éramos a través de la comida: un sabor de la infancia, una receta familiar, un caramelo con gusto a colegio, el olor de la cocina de la nona.
Recordamos que de chicos podíamos pasar una tarde entera sin hacer absolutamente nada. No había aplicaciones para llenar ese vacío, no había notificaciones ni algoritmos encargados de rescatarnos del aburrimiento. El aburrimiento era eso: aburrimiento. Y de allí podían salir cosas, no necesariamente grandes cosas. Un dibujo, una conversación o una estupidez que hasta podía ser un excelente comienzo de algo.
Recuperar esa infancia perdida o romantizar el mundo analógico, sería tan ingenuo como creer que porque antes escribíamos cartas éramos mejores personas. No se trata de eso. Este libro trata de hacernos pensar en algunas cosas de la vida que no necesiten ser optimizadas.
El silencio, la espera, el ocio, un secreto. El cuerpo sin tantas estadísticas. La memoria sin buscador o el encuentro sin algoritmo. La oportunidad de contar un chiste en la sobremesa y la posibilidad de desaparecer un rato.
Volver a tener derecho a que algo de nosotros no sea ni tan visible, ni tan medible, ni tan explicable, ni tan brillante.
Y eso que se desvanece por ahí no es una tecnología, una costumbre o una época. Tal vez seamos nosotros los que estamos desvaneciéndonos.
Por ahí ha llegado el momento de reclamarnos algo que parecería obvio y empieza a convertirse en un privilegio: un cacho de opacidad.
* El autor es presidente de FilmAndes.