Hay nombres que parecen destinados a encontrarse: Héctor G. y Georgie. Héctor Germán Oesterheld y Jorge Luis Borges en adelante Georgie. Dos hombres brillantes, curiosos, enciclopédicos, extraordinariamente creativos. Dos escritores que, durante mucho tiempo, nuestra cultura colocó en veredas aparentemente opuestas.
Ahora sabemos que esas veredas no estaban tan lejos.
Martín Hadis publicó este año Borges y El Eternauta. El origen secreto de la gran odisea espacial argentina, (Editorial Claridad, 2026). El libro es el resultado de años de investigación y reconstruye un vínculo que hasta hace poco parecía improbable: Borges y Oesterheld se conocieron, fueron amigos y compartieron conversaciones e intereses literarios. Hadis sostiene, además, que la influencia no fue solamente de Borges sobre Oesterheld, sino también en sentido inverso.
Un vínculo que obliga a mirar de nuevo aquella historieta que se lee como aventura, ciencia ficción o alegoría política y que Hadis propone releer también como una obra atravesada por el tiempo, los mitos y las estructuras narrativas que tanto interesaban a Borges.
Hay una frase de Hadis que deja pensando: El Eternauta es la novela que Borges no escribió.
Dos hombres de una Argentina que todavía podía imaginarse a sí misma como una usina de talentos. Dos creadores que podían hablar de ciencia ficción, mitología, filosofía, literatura universal y Buenos Aires sin el dogma de las fronteras entre alta cultura y cultura popular.
Borges fue durante décadas la tradición liberal, antiperonista, conservadora. El rótulo de “gorila” le quedó pegado al cuerpo. Oesterheld, terminó acompañando la militancia de sus hijas y se incorporó a Montoneros.
No conviene simplificar demasiado.
Oesterheld no llegó a la militancia solamente porque sus hijas militaran. Fue un proceso político y personal propio, aunque las cuatro hijas tuvieron un papel decisivo en ese camino. Y aquella elección terminó atravesando trágicamente a toda la familia: Héctor G. y sus cuatro hijas fueron víctimas del terrorismo de Estado.
Borges tuvo otro destino. Vivió hasta los 86 años, recibió homenajes, premios, traducciones y reconocimientos y casualmente no recibió el Nobel por haber apoyado a la dictadura de Pinochet. Pero tampoco permaneció idéntico a sí mismo. Sus posiciones frente a la dictadura y al poder fueron cambiando, y en los últimos años de su vida revisó públicamente algunas de sus propias posiciones. El hombre que había celebrado el orden militar terminó reconociendo sus contradicciones y denunciando la barbarie.
Dos finales completamente diferentes. Uno desaparecido, el otro convertido en monumento.
Héctor G. atravesado por la militancia y la tragedia. Georgie por la fama, la genial vejez y la autocrítica.
Dos caras de una Argentina que pudo haber sido otra. Una Argentina capaz de juntar la biblioteca y la historieta, la metafísica y la ciencia ficción, el pensamiento y la imaginación.
¿Realmente fuimos alguna vez ese país que ahora decimos haber perdido?
Georgie desconfiaba de las certezas, incluso de aquellas que parecían más íntimas. Héctor G. inventó a un hombre condenado a atravesar el tiempo buscando regresar a un lugar que quizá ya no existía.
Ambos buscaron durante toda su vida, un tiempo que siempre parecía haber ocurrido en otra parte.
Y nosotros por acá seguimos buscando esa Argentina. La de Héctor G. y Georgie. La que pudo haber sido.
La vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, como dice el tangazo de Gardel y Le Pera…
…O, la que nunca existió y estamos condenados a seguir escribiéndola.
* El autor es presidente de FilmAndes.