Ver una entrevista de Santiago Bilinkis con Juan Pablo Varsky fue el disparador de estas líneas y dejó dando vueltas una pregunta menos tecnológica y muy poco académica: ¿nos vamos al carajo?
¿Podemos elegir cómo atravesar esta revolución? ¿conservamos algún control sobre aquello que estamos delegando? No lo sabemos, no hay respuestas. Solo algunas preguntas un tanto molestas, con la sospecha de que vivimos momentos que la humanidad (o la IA) recordará durante siglos. Si es que dentro de unos siglos todavía queda alguien interesado en recordar.
Ver una entrevista de Santiago Bilinkis con Juan Pablo Varsky fue el disparador de estas líneas y dejó dando vueltas una pregunta menos tecnológica y muy poco académica: ¿nos vamos al carajo?
Bilinkis plantea algunas inquietudes respecto de la inteligencia artificial y como entender la dimensión de lo que está pasando. No se trata solamente de tecnologías que escriben, dibujan, componen música o resuelven problemas. Es una transformación que altera nuestra manera de vivir, relacionarnos y de entendernos como especie.
Vivimos una revolución como participantes exclusivos y en tiempo real. No hay que esperar que se escriban los libros de historia porque estamos produciendo los acontecimientos, las imágenes y los comentarios mientras suceden. Somos testigos y protagonistas, consumidores y productores de nuestro propio experimento.
Como cuando descubrieron el fuego; aunque seguramente los primeros locos que consiguieron encender la llama no imaginaron que estaban inaugurando un quilombazo energético, gastronómico, social y cultural. Ni tampoco tenían Twitter para anunciarlo, ni una IA que les redactara el comunicado, ni medios hegemónicos o alternativos para difundirlo. Descubrieron algo que ni siquiera sabían que cambiaría todo.
En este preciso instante estamos en una situación parecida: sabemos que estamos frente a algo extraordinario y no sabemos cómo va a salir. Incluso, conscientes de que podríamos estar yéndonos al carajo, seguimos.
Vamos delegando cosas que durante siglos creímos que nos definían. Las relaciones interpersonales quedan cada vez más en las redes sociales que deciden a quién vemos, quienes nos gustan, a quienes gustamos, qué mostramos y con quién nos encontramos. Las decisiones colectivas quedan en manos de gobiernos con poco interés en construir futuro y con mucha vocación por administrar el presente para acumular poder, fotos y "caja". Nuestros gustos se van acomodando a lo que las empresas y negocios del capitalismo voraz consideran conveniente ofrecernos, vendernos y/o comprarnos. Y hasta la creatividad empieza a encontrar en la IA una socia, una asistente o directamente una reemplazante que aceptamos con todo gusto.
Esto no es necesariamente ni bueno ni malo. Es, simplemente ES. La tecnología no pide ni permiso ni disculpas, no consulta demasiado sobre las consecuencias de su avance. Avanza, se instala y nos vamos acomodando a sus posibilidades, mientras discutimos si nos gusta, si nos conviene o si deberíamos ponerle algún límite.
En definitiva, la IA no es el tema central, es nuestra relación con ella. Y conjeturamos, como Laprida piensa antes de morir (JLB), la relación que tenemos con nosotros mismos en un mundo donde cada vez más cosas se hacen sin nosotros mismos (valga la redundancia). ¿Qué hacemos con este tiempo? ¿Qué pasa con el pensamiento cuando delegamos el esfuerzo de pensar? ¿Qué lugar ocupa la imaginación cuando una máquina puede producir mil versiones de lo que apenas alcanzamos a imaginar?
Miguel Benasayag, pensador que citamos en algunas de estas notas, propone recuperar la singularidad de lo vivo frente a un mundo que pretende organizarlo todo desde la lógica de los algoritmos, la eficiencia y el cálculo: allí hay una pista (¿?). No competir con las máquinas en aquello que pueden hacer mejor y recuperar aquello que nos hace humanos como la experiencia, el encuentro, el deseo, la contradicción, el error o la capacidad de sorpresa.
Tampoco estamos seguro de que alcance. ¿Estamos frente a una herramienta que podamos guardar en el cajón cuando nos molesta? ¿Transitamos una transformación que nos incluye?, ¿lo hacemos sin demasiadas ganas de frenar?
¿Podemos elegir cómo atravesar esta revolución? ¿conservamos algún control sobre aquello que estamos delegando? ¿somos protagonistas sin convertirnos apenas en usuarios de nuestra propia existencia?
No lo sabemos, no hay respuestas. Solo algunas preguntas un tanto molestas, con la sospecha de que vivimos momentos que la humanidad (o la IA) recordará durante siglos. Si es que dentro de unos siglos todavía queda alguien interesado en recordar.
Por ahora seguimos acá, mirando una pantalla, preguntándole a una máquina qué pensar sobre las máquinas… y esperando a Godot o a que alguien nos explique si verdaderamente nos vamos al carajo.
* El autor es presidente de FilmAndes.