12 de septiembre de 2026 - 00:20

Homero es nuevo esta mañana

Siempre seguirá interesando el largo regreso de Odiseo a su pequeña isla de Ítaca porque cambian las circunstancias, pero permanecen las preguntas. ¿Cuál es nuestra patria? ¿Qué nos hace olvidar el camino? ¿Cómo distinguir el bien verdadero de aquello que solamente lo parece? ¿Qué debemos conservar y qué dejar atrás para volver a casa? Por eso los clásicos no son solamente libros antiguos que hemos decidido conservar. Son obras en las que cada generación vuelve a descubrir algo propio. Charles Péguy expresó esa misteriosa actualidad con una frase memorable: “Homero es nuevo esta mañana, y quizá nada sea tan viejo como el diario de hoy”.

    El éxito de La odisea, de Christopher Nolan, podría atribuirse a la destreza del director, a un elenco de buenos actores, a una campaña publicitaria formidable o a un poco de todo eso. De hecho, la película ya se ha convertido en la más taquillera de la carrera de Nolan. Pero existe una razón más profunda por la que una obra de casi tres mil años sigue convocando, y Borges la explica así: “dentro de cien ­años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales. Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”. Y podríamos agregar que seguirá interesando también el largo regreso de Odiseo a su pequeña isla de Ítaca porque cambian las circunstancias, pero permanecen las preguntas. ¿Cuál es nuestra patria? ¿Qué nos hace olvidar el camino? ¿Cómo distinguir el bien verdadero de aquello que solamente lo parece? ¿Qué debemos conservar y qué dejar atrás para volver a casa?

    La película solo puede despertar o renovar nuestro interés ­–no mucho más–, pero si queremos acceder a la historia completa y de modo fidedigno debemos ir al poema. Con todo, hay que reconocer que aquí aparece una dificultad, y un buen amigo dio con ella: ¿Cómo llegamos a leer La odisea, un texto tan distante y complejo? ¿Es accesible para un niño o un adolescente? ¿No se necesita cierta preparación previa?

    La respuesta es que sí, aunque esa preparación comienza mucho antes de que sepamos qué es un clásico. Empieza cuando de niños alguien nos cuenta una fábula antes de dormir. Continúa con los cuentos de hadas y las primeras historias de aventuras. Más tarde llegan los viajes extraordinarios, los naufragios, los bosques, los tesoros y los personajes que deben abandonar un lugar conocido para atravesar un territorio lleno de peligros.

    John Senior decía que antes de leer los “grandes libros” necesitamos haber leído “buenos libros”. Los grandes libros exigen reflexión y nos introducen en las preguntas fundamentales; los buenos libros, más populares, atraen y forman principalmente la imaginación. Mortimer Adler agregaba otro criterio. Decía que un buen libro merece una lectura atenta, mientras que un gran libro exige ser releído porque nunca termina de entregar todo lo que contiene. La odisea forma parte de esa gran y perenne conversación en la que cada generación vuelve a interrogarse sobre el hombre, la virtud, la felicidad y el destino.

    Es que el terreno debe prepararse. Senior recomendaba las fábulas de Esopo, los cuentos de Andersen y los hermanos Grimm, Pinocho, Robinson Crusoe, Robin Hood, Heidi, La isla del tesoro y las novelas de Julio Verne. No se trata de cumplir rígidamente con una lista. Lo importante es que esas narraciones despiertan una sensibilidad sin la cual los grandes libros pueden convertirse en materia inerte o ­–quizás peor– en materia de confusión: por ejemplo, puede creerse que La odisea es solo una historia de aventuras.

    Pensemos en Hansel y Gretel. Los niños pierden su hogar, ingresan en el bosque y encuentran una casa hecha de golosinas. Aquello que parecía refugio y alimento resulta ser una trampa. Para sobrevivir necesitarán inteligencia, fortaleza y fidelidad. El cuento no define ninguna virtud, pero permite verla en acción. Antes de saber qué significan la prudencia o el dominio de sí, el niño comprende que no todo lo dulce es bueno, que las apariencias engañan y que para regresar a casa hacen falta valentía e inteligencia.

    Hansel y Gretel y La odisea no enseñan exactamente lo mismo, pero comparten algunos tópicos fundamentales. En ambos relatos hay un hogar perdido, un territorio desconocido, peligros escondidos bajo apariencias seductoras y un regreso que solo resulta posible después de atravesar determinadas pruebas. Los buenos relatos preparan así la imaginación para reconocer los grandes conflictos de la existencia y para, de algún modo, saber cómo enfrentarlos.

    Pero volvamos a la vigencia de La odisea. Esta no depende de que nuestra sociedad se parezca a la Grecia de Homero. Lo universal está en los contrastes humanos que la obra representa. Los lotófagos ofrecen el olvido del hogar; Polifemo enfrenta la inteligencia con la fuerza bruta; Calipso promete la inmortalidad a cambio de abandonar Ítaca; los pretendientes convierten la hospitalidad en depredación, mientras Penélope representa una fidelidad que también es inteligente. Incluso Odiseo, que se salva llamándose “Nadie”, pone en peligro su regreso cuando la soberbia lo lleva a revelar su nombre. A lo largo del poema reaparece así el conflicto entre el bien verdadero y los bienes que solamente lo parecen. Y, por supuesto y sumamente importante, la intervención divina refleja una concepción del mundo en la que los acontecimientos humanos dependen tanto de poderes superiores como de las conductas individuales.

    Por lo demás, Odiseo no es, claro está, un héroe perfecto ni un santo. Es un personaje pagano, capaz de perseverancia, coraje y fidelidad, pero también de engaño, violencia, soberbia y venganza. Habrá que esperar al cristianismo para que esa herencia sea recibida y reordenada desde otro horizonte ético-antropológico, en el que el perdón limite la venganza y la patria definitiva adquiera un sentido trascendente.

    La odisea continúa siendo nueva porque, bajo la forma de un viaje extraordinario, narra una experiencia enteramente humana. Pero así como el éxito de taquilla de la película no se debe solo al trabajo de Nolan, la permanencia de estos temas no se explica solamente por el talento poético de Homero o por la Musa que lo inspiró. Para que una obra compuesta hace casi treinta siglos pueda aún conmovernos, debe existir cierta correspondencia entre el mundo que presenta y el hombre que la recibe. El hogar, la memoria, el deseo, la soberbia, la hospitalidad, la fidelidad y la traición siguen resultándonos reconocibles porque no pertenecen únicamente a una civilización desaparecida.

    Ciertas costumbres cambian, como también cambian las formas de gobierno, las técnicas y las maneras de viajar. Sin embargo, debajo de esas diferencias históricas permanece una misma naturaleza humana. El hombre continúa buscando la felicidad, puede confundir el placer con el bien, necesita ser reconocido, teme perder su identidad y desea encontrar un lugar al que llamar hogar. Hay constantes antropológicas porque existe algo permanente en nosotros, una esencia humana capaz de reconocerse en las alegrías, las virtudes, las faltas y los sufrimientos de hombres que vivieron hace muchos siglos.

    Por eso los clásicos no son solamente libros antiguos que hemos decidido conservar. Son obras en las que cada generación vuelve a descubrir algo propio. Charles Péguy expresó esa misteriosa actualidad con una frase memorable: “Homero es nuevo esta mañana, y quizá nada sea tan viejo como el diario de hoy”.

    * El autor es profesor de la UNCuyo e Investigador del CONICET.

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