7 de marzo de 2026 - 00:10

Vendimia: el rito que nos vuelve comunidad

Hay algo que tal vez no siempre vemos en nuestra vendimia local y en los eventos que la rodean: es mucho más que una fiesta o un acontecimiento cultural. Es un rito. Más específicamente, los rituales son símbolos que nos instalan en un hogar, que transforman ese “estar en el mundo” en un “estar en casa”. Hacen del mundo un lugar más confiable, más familiar.

En plena vendimia–el arte de tomar el fruto de la vid, porque eso significa “vendimia” – y en plenos festejos vendimiales traemos lo que más que un consejo es casi una exhortación de Alceo de Mitilene (620 a. C.-580 a. C.): “Ante todo, planta la vid”.

El poeta griego no está dando un simple consejo agrícola, sino que está formulando una jerarquía simbólica, ritual. La frase, traducida de un modo más literal –“No plantes ningún otro árbol antes que la vid”– se da en el contexto cultural de Lesbos (una isla griega), donde el vino no era solo cultivo sino eje de sociabilidad, identidad y culto.

En este sentido, hay algo que tal vez no siempre vemos en nuestra vendimia local y en los eventos que la rodean: es mucho más que una fiesta o un acontecimiento cultural. Es un rito. Para el filósofo Byung-Chul Han, los ritos son acciones simbólicas que permiten transmitir y representar aquellos principios y órdenes que sostienen la cohesión de una comunidad.

Más específicamente, los rituales son símbolos que nos instalan en un hogar, que transforman ese “estar en el mundo” en un “estar en casa”. Hacen del mundo un lugar más confiable, más familiar. “Son en el tiempo –sostiene Han– lo que una vivienda es en el espacio. Hacen habitable el tiempo. Es más, hacen que se pueda celebrar el tiempo igual que se festeja la instalación en una casa. Ordenan el tiempo, lo acondicionan”.

En otras palabras, los rituales nos hacen estar y sentir en casa, y al repetirse éstos con sentido, eso que se reitera deja de ser un evento aislado y se convierte en parte de una historia. Y eso es vendimia entre nosotros: una historia que se repite, pero con un sentido que se renueva cada año.

Roger Scruton lo diría de este modo: cuando una comunidad se reúne, celebra, honra a sus antepasados y transforma la cosecha en algo sagrado, no está simplemente produciendo vino: está produciendo pertenencia. El rito nos dice: ¡no estás solo en este instante! Estás unido a los que estuvieron antes y a los que vendrán después.

Sin embargo, en esta época que nos ha tocado vivir, el tiempo es puro flujo y velocidad, le falta un armazón firme, un asidero que lo haga habitable. Y acá el ritual es uno de los elementos que da estabilidad, pausa, orden y forma a esa vida y une a los individuos en una comunidad. Sin rituales –sagrados y profanos– seríamos (y estamos en vías de serlo) puras individualidades aisladas, sometidas al devenir del tiempo. Nuevamente Han nos advierte que donde no se celebran rituales como medios protectores, la vida está totalmente indefensa.

El ritual se repite, la vendimia se repite. Y frente a un mundo que corre detrás de lo nuevo y huye de lo conocido surge un problema: quien siempre espera lo nuevo pasa por alto lo que ya existe. Nuestra época se aburre de lo repetitivo. Pero la repetición ritual no es rutina vacía. Es lo que nos permite reconocernos. Volver a hacer lo mismo no por inercia o mera nostalgia , sino para renovar un sentido e identidad comunitaria que une generaciones: las pasadas, las presentes y también nos prepara para unir a las venideras.

Voy concluyendo con el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry. Esta vez en Ciudadela, otra de sus obras memorables, donde nos recuerda: “Y los ritos son en el tiempo lo que la morada es en el espacio. Pues bueno es que el tiempo que transcurre no nos dé la sensación de gastarnos y perdernos, como al puñado de arena, sino de realizarnos. Bueno es que el tiempo sea una construcción. Así voy de fiesta en fiesta, y de aniversario en aniversario, de vendimia en vendimia, como cuando iba de niño de la sala del consejo a la sala del reposo en la anchura de la casa de mi padre, donde todos los pasos tenían un sentido”.

Por estos pagos mendocinos le hicimos caso a Alceo y plantamos la vid. Ahora es momento de cosechar, de festejar. En suma: celebrar el rito y renovar el sentido.

* El autor es profesor de la UNCuyo e Investigador del Conicet.

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