Uno de los mayores pensadores europeos del siglo XX cuyas lecturas, estudios y reflexiones siguen vigentes es, sin lugar a dudas, Albert Camus. Ensayista, novelista, filósofo y, de a ratos, periodista, comprometido con la situación política y social de Francia y, en particular, de su querida y amada Argelia. En muchas de sus páginas se observa al argelino enamorado y agradecido de esta tierra. Un ejemplo lo vemos en su obra El verano, donde nos dice: “¿Es que acaso enumeramos los encantos de la mujer amada? No. La amamos como un todo y hasta me atrevería a decir que con uno o dos enternecimientos precisos que se refieren a un gesto favorito o a la manera de menear la cabeza. Yo, pues, estoy ligado a Argelia con un largo lazo que, sin duda, nunca dejará de atarme a ella y que me impide ser enteramente objetivo al considerarla”. Bellas y profundas palabras, sentidas y vividas hasta las entrañas existenciales en su vida y en toda su obra.
Sus novelas van desde El extranjero, escrita en 1942, hasta La peste, de 1947, y La caída, de 1956, sumada a su novela inconclusa publicada por su hija en 1995, titulada El primer hombre, una novela autobiográfica donde se anexa su famosa carta dirigida a su profesor Germain, agradeciéndole después de recibir el premio Nobel de Literatura por sus enseñanzas y ejemplo. Entre sus ensayos, se pueden ver El hombre rebelde, de 1951, y El mito de Sísifo, de 1942, entre otras obras de gran importancia. No fue menor su papel periodístico, como lo demuestran sus editoriales y columnas en el periódico Combat, escritas fundamentalmente entre los años 1944 y 1948.
En la presente nota, quisiéramos reflexionar sobre algunos de sus escritos y conferencias donde reivindica y defiende la inteligencia, como aquel espíritu vivificador, frente a los graves problemas que acaecían en Francia, en particular la tiranía, el nihilismo y el pesimismo reinante a fines de la Segunda Guerra Mundial. Urge recuperar el valor de la inteligencia para seguir pensando y no perder nuestra condición de personas reflexivas y atentas a nuestro acontecer histórico y cotidiano. Los grandes autores, como Albert Camus, nos permiten mirar y contemplar mucho mejor las cosas que nos interpelan, como lo instaron a él mismo en el contexto histórico de posguerra.
Necesidad de reflexionar
En uno de sus editoriales de Combat de septiembre de 1945, titulado “El pesimismo y el valor”, promueve la necesidad de reflexionar y de pensar el siglo XX con sus matices de dolor y angustia existencial que reinaban en la época: “Queremos pensar y vivir en nuestra circunstancia. Creemos que la verdad de este siglo no puede alcanzarse más que yendo hasta el final de su propio drama. Si este tiempo sufrió de nihilismo, no es ignorándolo como obtendremos la moral que necesitamos. No, no todo se resume en la negación y el absurdo, lo sabemos. Pero es preciso plantear en primer lugar la negación y el absurdo porque no son lo que nuestra generación ha encontrado y con lo que nos tenemos que arreglar”.
Es decir, que no se deben omitir los problemas, sino más bien plantearlos y hacerse cargo de ellos. Ahora bien, no solo no se deben omitir las cosas para modificarlas, sino que tampoco se cambiarán con la fuerza o la prepotencia, más bien recuperando la capacidad de pensar; reflexionando y confrontando las ideas y opiniones que se deben poner sobre la mesa para recuperar un país, una nación o una institución y todas aquellas instancias que quisiéramos recobrar. Esto lo vio claramente Camus, no solo por su confianza en la inteligencia, sino porque consideraba factible llegar a un destino de grandeza común. En este sentido, afirma en otro pasaje: “Pero las civilizaciones no se forjan a reglazos sobre la punta de los dedos, sino por la confrontación de ideas, por el espíritu vivificador, por el dolor y el coraje”. La vida de la inteligencia a partir del dolor permite el coraje de cambiar las cosas.
Ese espíritu vivificador le permitió a Camus ver y realizar uno de sus grandes aportes al demostrar que el pesimismo no es neutral o desinteresado, sino que apoya y promueve la tiranía, como lo afirma en el siguiente pasaje: “Una filosofía pesimista es, en esencia, una filosofía desalentada y quienes no creen que el mundo es bueno están destinados a aceptar servir a la tiranía”. Es decir, que no es indiferente ser pesimista, más bien tiene una clara consecuencia en apoyar y servir al status quo, ya que no habría motivo o necesidad de asumir una instancia superadora ante el contexto que se critica, sino que, al quedarse en ese estado negativo, promueve indirectamente aquel estado de cosas por el cual se critica.
Por eso promueve lo que llama crítica objetiva, es decir, no una visión optimista e ingenua de la realidad, ni tampoco una actitud pesimista ante la crisis social y política: “La crítica objetiva es para mí lo mejor y admito sin esfuerzo que se diga que una obra es mala o que una filosofía no es buena para el destino del hombre. Es justo que los escritores respondan por sus escritos. Ello los obliga a reflexionar y todos tenemos una terrible necesidad de reflexionar”.
Defensa de la inteligencia
En la reunión organizada por L’Amitié française del 15 de marzo de 1945, Camus pronuncia una alocución titulada “Defensa de la Inteligencia”, donde aclara que: “Si la amistad francesa, de la que aquí se trata, no debería ser más que una simple efusión sentimental entre personas simpáticas, yo no daría mucho por ella”. Por eso, reclama al auditorio una amistad difícil que deberá construirse liberándose de la mentira y el odio reinantes, de los cuales todavía los franceses no se han liberado.
La gran preocupación del argelino era curar esos corazones envenenados que han cedido ante el odio, haciendo concesiones a la violencia y a las pasiones que han enceguecido la mirada, la razón y la inteligencia. Por esto, ante la pregunta de cómo recuperar esos corazones envenenados, la respuesta es clara y contundente: con la defensa de la inteligencia. Aquí radicaba el gran problema. Reivindica de esta manera Camus, poniendo en valor la inteligencia porque, justamente, en toda Europa se venían denunciando los excesos de ella y los defectos de los intelectuales, logrando desde entonces su acusación permanente.
Ante este escenario, responde: “Conozco, como todo el mundo, los excesos de la inteligencia y sé, como todo el mundo, que el intelectual es un animal peligroso que traiciona con facilidad. Pero no es esta la inteligencia sana. Nosotros hablamos de la inteligencia que se apoya en el valor, de la que, durante cuatro años, pagó el precio que había que pagar para tener el derecho de ser respetada. Cuando esta inteligencia se apaga, llega la noche de las dictaduras”. Por eso, reclama la defensa de la inteligencia, para poder recuperar, defender y mantener todos sus deberes y derechos. De esta manera, podrá haber una amistad francesa, cuando haya hombres libres, ya que sin inteligencia no hay amistad, ni libertad, ni comprensión recíproca para Camus.
Termina su alocución dirigiéndose a los estudiantes presentes, pidiéndoles dos cosas: “Querría que no cedieran cuando se les diga que la inteligencia está siempre de más, cuando se les pretenda probar que es lícito mentir para triunfar más fácilmente”. Como se ve, la integridad y la preocupación de Camus no le hacen perder la esperanza ante el nihilismo y el pesimismo reinante. En segundo lugar, les pide: “Querría que no cedieran ante la insidia, ni ante la violencia, ni ante la abulia”. De esta manera, solo habrá amistad francesa para Camus cuando situemos la inteligencia al servicio de la verdad, el bien y la justicia.
El gran aporte de Albert Camus es haber confiado en la inteligencia, en ese espíritu vivificador que nos permite seguir reflexionando sobre nuestro destino común, comprometidos con nuestro acontecer actual.
* El autor es docente universitario UM - UNCuyo.