9 de octubre de 2026 - 15:00

La doble ejecución fallida

Privar al ser humano de su libertad es una medida extrema que sólo puede justificarse por una peligrosidad demostrada. Privarlo de la vida es un crimen, en todos los casos. Se ha dicho que la pena de muerte es el asesinato más premeditado que existe, lo endoso. En modo alguno podemos concederle al Estado esa potestad.

    El Estado es la Nación organizada, rezaban las lecciones de Educación Cívica de mis lejanos años de Escuela Industrial. Nunca me convenció esa definición, con el tiempo me permití reformularla así: El Estado es la Organización de la Nación.

    Sí, pues, una cosa es la Nación, otra el Estado. Los pueblos se unen y deciden convivir o conviven naturalmente, porque no siempre es su decisión. Para organizarse definen una serie de instituciones burocráticas que permitan a los gobiernos administrar los temas que competen a todos, La Cosa Pública.

    El conjunto de esas instituciones es el Estado y cuando uno o varios países y pueblos deciden organizarse y cohabitar al amparo de ellas, regidas por sus representantes, pues decimos que se ha constituido una Nación.

    El Estado ha de cumplir seis funciones básicas que son las mínimas para asegurar el bien común de la Nación: Diplomacia, Defensa, Salud, Educación, Seguridad y Justicia.

    La última es uno de los tres pilares fundamentales de la República y en ella quisiera detenerme a reflexionar a partir de la espeluznante noticia que nos llega desde Tennessee, Estados Unidos.

    Aún en las sociedades que han alcanzado el más alto nivel de desarrollo humano existen individuos marginales que no logran o no desean encajar en el sistema. Hay muchas razones por las que algunos delinquen.

    La Nación, en cuanto sociedad organizada, tiene derecho a la autodefensa y para eso se establece un Sistema Penitenciario, a fin de proteger a los ciudadanos honestos, gente de bien, sacando de circulación a quienes son peligrosos.

    Estos individuos pasan a la tutela del Estado y éste debe velar por su bienestar y, muy especialmente, por su reeducación.

    Es ésta la base ética que sustenta los conceptos de Seguridad y Justicia.

    Privar al ser humano de su libertad es una medida extrema que sólo puede justificarse por una peligrosidad demostrada.

    Privarlo de la vida es un crimen, en todos los casos. Se ha dicho que la pena de muerte es el asesinato más premeditado que existe, lo endoso.

    En modo alguno podemos concederle al Estado esa potestad.

    En la práctica resulta aún peor pues a los juicios se agregan los interminables alegatos de modo que los condenados pasan décadas vegetando en los llamados corredores de la muerte en los que tienen una sola cosa en qué pensar, el día en que la ejecución termine su tormento.

    La llamada Revolución Francesa fue un largo proceso político obscenamente bañado en sangre, especialmente esos meses que quedaron en la historia como El Periodo del Terror, con cantidad de ejecuciones.

    En ese contexto, un médico francés propuso la utilización de una máquina de invención alemana para hacer igualitarias y menos cruentas las ejecuciones, Joseph-Ignace Guillotin.

    Claro, dependiendo del rango social del condenado se usaba uno u otro método, desde entonces la llamada guillotina se impuso como la herramienta universal de muerte cumpliendo así con uno de los ideales de la revolución, Igualdad, y dejando de lado por el momento los otros dos.

    Para ser justo, diré que el Dr. Guillotin siempre estuvo en contra de la pena de muerte y su aporte tuvo la intención de hacerla menos cruenta. Tampoco es verdad que murió ejecutado. Fue diputado, al retirarse de la política siguió ejerciendo la medicina y murió por causas naturales.

    El desarrollo de la ciencia moderna permite ejercer la crueldad con métodos no sólo menos cruentos sino también menos sangrientos, pues la guillotina mataba en el acto y casi sin dolor pero el espectáculo ha de haber sido horrendo.

    Horca, fusilamiento, garrote vil, silla eléctrica, etc., son todas invenciones truculentas. En comparación, la inyección letal parece un gesto casi humanitario.

    Pues, lo parecerá, en todo caso, hasta que veamos algunos detalles.

    La sustancia inyectada se llama pentobarbital, básicamente, un sedante. En dosis suficiente inhibe la función cerebral que controla la respiración y el ejecutado muere por asfixia.

    Ya casi no se usa como medicamento en seres humanos, algunos países lo permiten en casos puntuales, se lo usa sí para la eutanasia en veterinaria.

    No solamente eso, el testimonio del Dr. Julien Cavanagh, Profesor Adjunto de Neurología en la Universidad Emory, de Atlanta, difundido por la cadena canadiense TVA, revela dos datos de escándalo.

    El primero, que el personal que ejecuta y supervisa las ejecuciones no tiene formación médica porque la Asociación Estadounidense de Medicina, honrando el juramento hipocrático, prohíbe a sus miembros involucrarse en estas prácticas (¡bravo!).

    Segundo, que muchos laboratorios adoptan igual postura y se niegan a suministrar la droga, por lo que las cárceles se la procuran en un mercado cuasi clandestino. En correcto francés, el médico estadounidense dijo: ‘‘Es de calidad dudosa y nunca certificada. La consiguen en un mercado que, si bien no podemos llamar negro, diría que es gris’’.

    No hubo informe oficial, por eso el especialista especula que la aguja estuvo mal colocada, fuera de la vena, lo que explica el dolor y el ardor en el brazo manifestado por la condenada.

    Puesto que el terrorífico ensayo fracasó, se repitió pasada una hora con igual resultado, tortura, sufrimiento y daño físico, sin muerte.

    La mujer se encuentra en este momento en terapia intensiva.

    Fue un verdadero carnaval del horror, se trata de una práctica que nos asemeja a las sociedades más salvajes de la historia.

    Hay por lo menos cuatro antecedentes de ejecuciones fallidas por este pretendidamente civilizado método, todos esos reos murieron horas después de soportar la tortura, uno de ellos asfixiado con nitrógeno.

    Hay otro antecedente, el de Willie Francis, en 1946, el método fue la silla eléctrica. Es desfavorable para la condenada de Tennessee pues un año más tarde, el hombre fue exitosamente ejecutado después de que la Corte fallara que un segundo intento no violaba sus derechos constitucionales.

    Era apenas un muchacho, tenía 17 al momento del primer intento.

    El debate comenzó de inmediato mientras la mujer lucha por sobrevivir. Dependiendo del resultado, lo intentarán nuevamente o no.

    ¡Dios nos perdone!

    * El autor es un ingeniero mendocino radicado en Canadá.

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