Y una de las pocas concretas que logró hasta ahora fue lo de Venezuela donde aplicó su lógica de poder desnudo y de saltarse todas las normas internacionales. Pero lo que hizo no lo hizo estúpidamente, lo estudió a fondo. Y efectivamente desnudó -mucho más que lo que destrozó- la realidad del mundo actual. "Si ninguno de ustedes tiene la respuesta frente al drama de Venezuela y los venezolanos, pues yo tengo una y estoy dispuesto a aplicarla", insinuó y comenzó a ponerla en práctica, aunque aún no se sepa el final de su experimento.
No obstante, quizá lo más importante en términos de política internacional es que con su acción sobre Venezuela, Trump demostró algo que hasta entonces no se sabía: que ni China, ni Rusia, ni nadie con cuyo apoyo chantajeaba Maduro el sostenimiento de su régimen si lo atacaban, se metieron, sino que miraron para otro lado. Por lo tanto, hoy Trump se imagina que puede hacer lo mismo con Cuba (o incluso hasta con Irán) porque supuestamente tampoco ninguna gran potencia los apoyaría. Ese descubrimiento crucial se verificó con su operación comando en Venezuela.
Además, Donald Trump sabe -siempre lo supo y cada vez lo confirma más- que, si existieran instituciones globales eficaces, sus políticas no prenderían, pero cuando lo único que predomina es el imperio de la ley de la selva, lo suyo es la mera aplicación de las prácticas de este mundo: la lógica del poder sin ley y la de los hechos consumados, que hoy son las dos únicas reglas que funcionan. Bienvenidos al Mundo Trump.
Pueden acusarlo de que no respeta el derecho internacional. Pero lo cierto es que hoy no hay derecho internacional, solo hay "deseo" internacional. Porque no existen organismos efectivos, con poder real, para aplicarlo. La política no se ha globalizado como sí lo hicieron las finanzas y las nuevas tecnologías.
Le dicen que no respeta los derechos humanos. Pero aún con eso tiene una gran excusa: que en los últimos años los derechos humanos se han transformado superlativamente en la bandera de sus principales profanadores que los han colonizado y se los han intentado apropiar con bastante éxito. Aquí nomás, en Argentina, son grandes defensores ideológicos de los derechos humanos, gente que apoya a Irán y Cuba como Cristina Kirchner. O Adolfo Pérez Esquivel, quien en los años 70 ganó el premio Nobel de la Paz, bien merecido en su momento por su lucha contra la dictadura militar argentina, pero que hoy es un apologista fervoroso de Maduro y del régimen chavista. Y Horacio Verbitsky que siendo el alma mater de uno de los principales organismos de derechos humanos de la Argentina, defiende toda dictadura de izquierdas que exista por la tierra. Y eso es multiplicable en casi toda la progresía populista de la mayoría de los países de Occidente, que a todas las tiranías de izquierda (o ni siquiera de izquierda, basta con que estén en contra de los EE.UU., ya sea el de Trump o el de Obama, para ellos lo mismo da, como la teocracia autoritaria de Irán) las apoyan a ultranza mientras que en las democracias donde residen exigen el cumplimiento irrestricto de todos los derechos humanos. Esos "enemigos ideológicos" de Trump, lo único que hacen es fortalecer la validez, la legitimidad "fáctica" de las acciones de Trump en Venezuela. Donde efectivamente se violaron de manera atroz todos los derechos humanos desde los más elementales, como sostuvo siempre una auténtica defensora democrática de esos derechos, Michelle Bachelet.
Es que por ideología o por impotencia, la inmensa mayoría de los que critican el accionar de Trump, con su inacción o incluso su complicidad, eran los garantes -conscientes o inconscientes- de que Maduro siguiera en el poder hasta el infinito. Pero ni la naturaleza ni el poder toleran el vacío. Era inevitable que alguien iba a hacer algo, no tanto por lo nefasto que fuese Maduro, sino cuando intuyera que era posible derrocarlo por la endeblez interna y de fondo del régimen (aunque aparentara lo contrario) y que sus aliados internacionales no lo iban a defender. La historia demuestra que el derecho y las instituciones sirven para conducir la evolución en términos más o menos racionales o para controlar sus irracionalidades, pero si las instituciones no responden y se limitan a dejar todo como está, el derecho es sustituido por el hecho. Y Trump es la expresión del hecho por sobre el derecho. Porque hoy la política no necesita justificarse en ninguna ideología para aplicar el poder más crudo, hasta diríamos que el poder desnudo se ha transformado en una ideología ("yo hago lo que me conviene porque tengo más poder y con eso basta para explicar todo lo que hago", pareciera ser la única norma que hoy prevalece). El fin justifica los medios y para justificar el uso del poder más allá de la ley, basta con tener la fuerza suficiente para aplicarlo. Ese es el único justificativo y en, un mundo "selvatizado" al extremo, es una explicación legítima.
Acerca de todas estas cosas se discutió esta semana en Davos. Analicemos tres discursos importantes.
Trump en Davos: el emperador del caos
El discurso de Trump en Davos utilizó lo de Venezuela como carta de presentación para advertir que desde aquí en más hará lo que se le venga en ganas, como chantajear al mundo entero que si no es el Nobel de la Paz será el Nobel de la guerra, y que si quiere puede tomar militarmente ya mismo Groenlandia o lo que se le cante. Y esto es solo el principio.
La aparición estelar de Trump se explica porque la política en la era de la globalización fracasó al no lograr hacerse global, entonces, al quedar retrasada frente a la evolución histórica, fueron surgiendo políticos que buscan revivir viejos imperialismos y nacionalismos expansivos. El reloj político comenzó a girar para atrás. Trump no quiere solo poner murallas y aranceles para proteger a su país del mundo y quitarle toda ayuda a sus aliados. Él quiere ganarle, con sus discutibles métodos, la carrera por el dominio del mundo a China, que le lleva una gran ventaja porque se ha globalizado en todos los sentidos, e incluso políticamente está más globalizada que los políticos de los demás países. Y le lleva aún más ventaja porque Trump no está disputando el poder mundial con un método equivalente al que aplicó EE.UU. frente a la URSS en 1946 reconstruyendo Europa, sino a través de la amenaza, el chantaje o la imposición del poder del más fuerte. China está intentando seducir al mundo, mientras que Trump quiere intimidarlo.
La paz en Medio Oriente y en la guerra de Ucrania provocada por la invasión rusa, aparecen, en principio, como objetivos loables de Donald Trump, así como -por el contrario- su expansionismo vitalista es deplorable. Haber secuestrado un dictador con la justificación del hecho consumado en un mundo con leyes internacionales impotentes tanto para lograr sacar del poder a Maduro como para impedir que se lo saque por la fuerza unilateral de un país, no es ni bueno ni malo, es una realidad que se hizo porque se podía hacer. Y si el fin de Venezuela resulta ser la transición a la democracia, Trump podrá atribuirse un éxito.
También será meritorio si logra contribuir significativamente en lograr la paz en Medio Oriente, pero eso de querer crear una ONU paralela, ni siquiera conducida por los Estados Unidos como país, sino por su propia persona como si se tratara de una propiedad individual, para avanzar con la paz en el mundo, suena más a chifladura egocéntrica que a una estrategia real de frenar la violencia. Una ONU trumpista será, en el mejor de los casos, tan mala como la actual ONU y posiblemente igual de ineficiente.
Detener de un modo lo más justo posible la invasión rusa a Ucrania, también sería una buena cosa que Trump podría sumar a su haber. Pero son muchos los indicios de que está tendiendo más a un mal arreglo, donde resulten en los hechos y en las consecuencias perdedores Ucrania y Europa ante Rusia. Y de ser así lo único que lograría sería detener el baño de sangre actual transitoriamente, para darle a Rusia la oportunidad de una futura expansión mucho más amplia territorial y bélicamente.
Además, sus logros parciales en Venezuela y sus intentos de paz en Medio Oriente y Ucrania, ya los quiere ir cobrando en efectivo, que eso fue el mensaje que dio en Davos: que le paguen autorizándolo a convertir al mundo en Mundo Trump. Por las buenas o por las malas.
Dijo sobre Groenlandia: "Apenas estamos pidiendo un pedazo de hielo. Pueden decir que sí y estaremos muy agradecidos, o pueden decir que no y lo recordaremos”. Puro chantaje mafioso a lo don Corleone. Y sobre su enojo porque no le dieron el premio Nobel sostuvo: "Ya no siento la obligación de pensar únicamente en la paz... ahora puedo pensar en lo que es bueno y apropiado para los Estados Unidos". Actitud por demás miserable. Para finalizar con una proclama que no es precisamente la de un aislacionista: "Estados Unidos ha vuelto: más grande, más fuerte y mejor que nunca".
La excusa que aduce es la de proteger su "espacio vital para defender la soberanía e integridad de EEUU", comprando o anexando por la fuerza a Canadá, al canal de Panamá, a Groenlandia, etc. Eso del espacio vital es una idea peligrosísima que en su momento gestó los peores totalitarismos. Es lo mismo que piensa Putin al intentar reconstruir la gran Rusia.
En su segundo mandato Trump está volviendo a la típica idea imperial de moldear todo el mundo a su imagen y semejanza. Ya no quiere solamente, ni mucho menos, hacer grande a Estados Unidos otra vez, sino recuperar su predominio tipo imperial por todo el mundo, por medios conocidos y desconocidos. Hacer el Mundo Trump.
El presidente norteamericano siente que todos los demás (políticos y países) son el pasado, y que están hablando con categorías del pasado, mientras que él es el único que está construyendo el futuro con las herramientas que le permite el presente, que por lo demás, son las únicas en las que él cree.
El canadiense Carney en Davos: la resistencia al caos
La refutación de la estrategia trumpista que hizo en Davos el líder político de una de sus potenciales víctimas, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, fue muy inteligente: Caracterizó al mundo actual diciendo que "estamos en plena ruptura, no en plena transición". O sea, que el pasado se está cayendo a pedazos, pero que nadie, y mucho menos Trump, está construyendo el futuro. Además, sostuvo que "si no estás en la mesa estás en el menú". Vale decir que, si permitimos que el mundo sea manejado solo por la rivalidad entre EE.UU. y China, todos los demás seremos víctimas, nunca beneficiarios. Dos frases brillantes que postulan la idea de que Trump no nos está llevando a ningún lado nuevo ni mejor, sino que lo único que está haciendo es rompiendo todo lo anterior. Ahora bien, en vez de meramente quejarse, Carney reconoció que el mundo está en crisis y no por culpa de Trump: "Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias, entre otras la OMC, las Naciones Unidas y la COP, que constituyen la arquitectura de la resolución colectiva de los problemas, se han debilitado considerablemente". admitió.
Lo bueno de Carney es que reconoce que el mundo tal como existe hoy, con o sin Trump, está en crisis, que sus organismos internacionales no funcionan y que hay que pensar un nuevo mundo. Pero la debilidad, por lo menos todavía, del planteo del canadiense es que admitir que no se puede volver atrás no implica mecánicamente que se sabe cómo ir hacia adelante. Su propuesta por ahora es poco novedosa y de muy difícil concreción: una alianza de potencias intermedias que impida que las grandes potencias se las lleven por encima. Es una especie de tercera vía similar a la del inglés Tony Blair (o más domésticamente, lo que propuso Provincias Unidas en la Argentina para enfrentarse al mileismo y al kirchnerismo a la vez). Es muy poco todavía, aunque es meritorio aceptar la realidad tal cual es e intentar modificarla desde estrategias a futuro, no desde ningún intento de regreso al pasado. Pero no idealicemos lo que todavía dista mucho de coincidir con las posibilidades reales de este mundo selvático que sigue buscando líderes selváticos para que se pongan al frente. Y mientras eso sea así, el mundo seguirá siendo Mundo Trump.
Milei en Davos: el hombre que mató a Maquiavelo
Javier Milei devino en Davos una especie de Fukuyama defensor a ultranza de Trump: piensa que ya se acabó la transición del mundo woke al mundo Trump-Milei, con el triunfo rotundo de este último. Y que, por ende, otro fin de la historia ha llegado. Que ya, en lo fundamental, se le ha ganado al "comunismo woke" y que estamos entrando en una nueva era con la llegada del Mesías, que sería el Trump de su segunda presidencia, mientras que Milei sería su San Juan el Bautista, el profeta que lo antecedió un año y predicó su credo en las dos versiones anteriores de Davos (en 2024 atacando a todos los organismos internacionales y en 2025 librando la batalla cultural contra el wokismo comunista). Lúcido profetizador autoproclamado, que ahora, en compensación, recibe todos los favores del nuevo amo del mundo.
Para explicar su teoría, dijo exactamente lo contrario de lo que está pasando en la realidad: afirmó que Maquiavelo ha muerto y que América ha vuelto a ser el faro que ilumina al mundo. El capitalismo de mercado y su sujeto el empresario al ser eficiente, es el único justo y ético, afirmó. Por eso la defensa irrestricta del libre mercado es la única moralidad posible. Las fallas de mercado no existen (absolutamente ninguna), las virtudes del Estado tampoco (absolutamente ninguna), sostiene el argentino. Su versión del liberalismo no es la clásica, sino la anarcolibertaria, que tributa a personajes excéntricos, sectarios y minoritarios como Murray Rothbard pero que está alejadísima de la versión liberal alberdiana de la historia y la economía.
Así, de profeta del advenimiento del mesías Trump en los dos Davos anteriores, ahora se propone como su principal apóstol, el que le edificará su Iglesia a partir de sus ideas anarcolibertarias que expuso exhaustivamente en el foro de Davos 2026 buscando que se conviertan en la religión oficial del nuevo imperio. De ese modo, si Donald Trump llega a conquistar el mundo y se transforma en su emperador, en una de esas nombra como su Papa a Javier Milei.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]