De una voz lejana en la noche a una pregunta urgente: qué ocurre cuando el lenguaje de Dios se usa para justificar la violencia y la negación de derechos.
Tras la revolución de 1979, el nuevo orden político-religioso consolidó un poder sin contrapesos. Primero bajo el liderazgo de Ruhollah Jomeini, y luego durante décadas bajo el mando de Alí Jamenei, la figura del “líder supremo” quedó por encima de las instituciones electas. No se trata solo de una estructura política: es un sistema donde la ley se presenta como interpretación religiosa y la interpretación se vuelve herramienta de gobierno. La frontera entre fe y coerción se desdibuja.
De una voz lejana en la noche a una pregunta urgente: qué ocurre cuando el lenguaje de Dios se usa para justificar la violencia y la negación de derechos.
A veces, la memoria llega por los oídos. Cuando tenía entre veinte y treinta años, me gustaba recorrer el dial de la onda corta por las noches. Entre ruidos metálicos y voces lejanas, aparecía de tanto en tanto una señal inconfundible: “La voz de la República Islámica de Irán”, que transmitía también en español. La emisión comenzaba con una fórmula solemne: “En el nombre de Dios, el compasivo, el misericordioso…”. Era una frase bella en su musicalidad, cargada de promesa espiritual. Hoy, esa misma invocación vuelve a mi mente, ya no como una curiosidad radiofónica, sino como una pregunta incómoda: ¿cuántas cosas se han hecho —y se siguen haciendo— “en el nombre de Dios”?
Tras la revolución de 1979, el nuevo orden político-religioso consolidó un poder sin contrapesos. Primero bajo el liderazgo de Ruhollah Jomeini, y luego durante décadas bajo el mando de Alí Jamenei, la figura del “líder supremo” quedó por encima de las instituciones electas. No se trata solo de una estructura política: es un sistema donde la ley se presenta como interpretación religiosa y la interpretación se vuelve herramienta de gobierno. La frontera entre fe y coerción se desdibuja.
En ese marco, la injusticia adquiere una coartada moral. Cargos jurídicos amplios, formulados en clave religiosa, permiten castigos extremos; la pena de muerte se aplica de manera extensiva; la disidencia se criminaliza; la vida privada se vuelve asunto del Estado. Para muchas mujeres, el control del cuerpo —el velo obligatorio, la vigilancia cotidiana— no es una tradición elegida sino una imposición. Para personas LGBTQ+, la ley no es un refugio sino una amenaza. El mensaje es nítido: la conducta aceptable no se negocia; se obedece.
El caso de Mahsa Amini, en 2022, una joven detenida por la llamada “policía de la moral” por llevar el velo de manera considerada “incorrecta” y que murió bajo custodia estatal, dejó al descubierto algo que muchas familias ya sabían: cuando la moral se convierte en policía, el abuso se normaliza. Y cuando el poder se reviste de sacralidad, la crítica se vuelve herejía.
No se trata de discutir creencias, sino de denunciar su instrumentalización. Los textos religiosos, como toda tradición viva, admiten lecturas. Elegir las más punitivas no es un destino: es una decisión política. Las leyes acomodaticias —flexibles para los poderosos, implacables para los débiles— no brotan del cielo: se escriben en despachos. Y sus consecuencias caen sobre cuerpos concretos: jóvenes, mujeres, disidentes, pobres.
Volver a escuchar aquella frase inaugural —“En el nombre de Dios…”— hoy produce un nudo en la garganta. No por la fe que invoca, sino por el uso que se hace de ella. Tal vez la pregunta que nos queda no sea cuántos crímenes se han cometido bajo ese enunciado —cifra imposible de cerrar—, sino algo más simple y más urgente: ¿qué responsabilidad tenemos, como comunidad humana, cuando el lenguaje de lo sagrado se convierte en licencia para negar la dignidad del otro?
Recordar es un primer gesto. Nombrar las cosas por su nombre, otro. Y no resignarnos a que la violencia se excuse con palabras que nacieron para cuidar la vida.
* El autor es abogado.