Si algo nos ha dejado este estado de aislamiento (el obligatorio y el voluntario) que pretende combatir la pandemia ese algo es el aburrimiento. El aburrimiento, como ya todos saben, es la sensación de fastidio provocada por la falta de diversión o de interés por algo.
Así, al tipo no lo divierte nada, pero tampoco hace mucho esfuerzo para que ese estado de abulia pueda ser superado. “Estoy más aburrido que pescador en el Sahara”, dice el vago, dando un claro ejemplo para ilustrar su estado de ánimo.
Alguien le dice: “No te quedes ahí parado, haz algo para vencer el aburrimiento”. Porque para vencer el aburrimiento hay que hacer algo, claro. Y que yo sepa aún no se han inventado las píldoras contra el aburrimiento. Simplemente es algo que debemos soportar hasta que de una buena vez se nos pase.
Ahora, con la pandemia, el estado de aburrimiento es abarcativo. A todos nos pasa en algún momento del día, porque estar encerrado es estar alejado de cualquier posibilidad seria de distracción. Uno ve que la vida, tan escueta, le pasa por afuera y solo puede observarla a través de los vidrios, bastante sucios, de su habitación.
En los niños todo es más evidente, porque ya llevan 160 días si poder hacer lo que habitualmente hacían y entonces el “ma, toy aburrido” se desprende de sus labios como una conclusión de sus sensaciones.
El pibe no encuentra placer, satisfacción, ni en los botes de una pelota, entonces se queda quieto esperando que algún tipo de distracción lo abarque. Necesita jugar, y para jugar necesita espacio. Y eso es algo que está vedado en estos momentos: el espacio es del virus, no es de nosotros.
La solución está en hacer cosas que nos saquen de ese estado amorfo de no hacer nada, encontrar algo que despierte nuestro interés y dedicarle un tiempo a ello.
Pero ya hemos hecho tantas veces las mismas cosas en este tiempo de encierro que no encontramos nada grato que nos satisfaga.
Somos una manga de aburridos. Y es lógico que así sea, porque las posibilidades de distracción son menos que hinchas de Flandria.
No hay surtido para tales menesteres y nos quedamos sentado mirando el mismo cuadro de la abuela que ya hemos visto quinchicientas veces.
El aburrimiento está con nosotros y no hay antídoto para ese mal, es cuestión de que pase el momento nomás. Claro que el momento suele ser muy largo en estos días y más que rascarnos a dos manos no es mucho más lo que podamos hacer.
Podría estar la solución en probar cosas nuevas, cosas que no hayamos hecho o que, a lo sumo, hayamos hecho en muy pocas situaciones. A lo mejor, por ahí, encontramos un motivo para que se nos transforme la cara de poto en cara de felicidad. A lo mejor, digo.
El aburrimiento está con nosotros y tenemos que aprender a convivir con él. Difícil el día que no se presente, siempre hay algún espacio para estar aburrido.
Y aquí termino. Tengo miedo de que la culpen a esta nota de vuestro aburrimiento.