Perturbado por escuchar los razonamientos con que Hermann Göring justificaba los más aberrantes crímenes del nazismo, el psicólogo que entrevistó a los acusados en el Juicio de Nüremberg le dijo al jerarca nazi que en una democracia el pueblo no puede ser arrastrado a guerras innecesarias porque tiene representantes que le ponen límites al poder. El obeso criminal lo miró con sorna y le explicó que “haya o no voz para la gente, siempre se la puede hacer cumplir la voluntad de los líderes”, añadiendo que “es fácil, solo tienes que decirles que están siendo atacados y denunciar a los críticos y los pacifistas de falta de patriotismo y de exponer el país al peligro”. Por si faltaba algo, Göring agregó: “funciona igual en cualquier país”.
Más perturbado aún quedó Gustav Gilbert, sobre todo por quedarse sin palabras para refutar al criminal nazi. Y mucho más perturbado estaría aquel psicólogo si viera hoy cuantos liderazgos patológicos le dan la razón al más abyecto de los lugartenientes de Hitler, sobreviviendo en el poder mediante la creación de conflictos para refugiarse en ellos, tal como lo anunció el en siglo 18 el biógrafo y ensayista inglés Samuel Johnson, al escribir que “el patriotismo es el último refugio del canalla”.
Si no hay conflicto en vista, hay que inventarlo. Y si de una democracia se trata, las mayores posibilidades de invención la ofrecen las dictaduras. En la primera década de este siglo, George W. Bush justificó con una mentira la innecesaria y finalmente catastrófica invasión a Irak: la existencia de armas químicas, biológicas y bacteriológicas en los arsenales del sanguinario Saddam Hussein. Y ahora, Donald Trump repite la burda estratagema valiéndose de otro régimen ferozmente autoritario.
No lo dicen los críticos liberales y centroizquierdistas de Donald Trump. Lo dicen los aparatos de inteligencia norteamericanos que recopilaron y analizaron toda la información sobre el programa nuclear iraní.
Que la teocracia persa sea oscurantista y criminalmente represiva ayudó en la construcción de una falsa certeza. El régimen de los ayatolas no estaba encaminado en la construcción de un arsenal nuclear. Sin embargo, Trump justificó haber entrado a esta guerra repitiendo como un loro la falsa afirmación con que Benjamín Netanyahu engañaba a los israelíes diciéndoles que, si ni atacaban a Irán, pronto Israel sería blanco de una lluvia de misiles atómicos iraníes.
Igual que la oposición estadounidense, la disidencia israelí se quedó en silencio para no ser acusada, como decía de Göring, de “falta de patriotismo y de exponer el país al peligro”. Una manganeta que, increíblemente, sigue funcionado a esta altura de la historia, y funcionó ahora en Israel y en Estados Unidos, dos países que, a pesar de Netanyahu y de Trump, todavía son democracias.
Además de los analistas políticos de Occidente más celosos con preservar su soberanía intelectual de las presiones de poderosos lobbies y de extorsivos aparatos de inteligencia, lo dijo el ex director del Centro Nacional Contra el Terrorismo, Joe Kent, quien se fue de la administración conservadora dando un portazo y denunciando que Trump mintió al pueblo norteamericano al decir que Irán representaba una amenaza grave para Estados Unidos por estar embarcada en construir un arsenal nuclear.
Quién lo afirma no es Obama, Biden, Kamala Harris o Bernie Sanders; tampoco Robert De Niro ni Taylor Swift ni Mark Ruffalo ni Stephen King ni ninguna otra celebridad de las infinitas listas de intelectuales, artistas y dirigentes políticos que piden a gritos el juicio político que saque a Trump de la Casa Blanca por inmoralidad, corrupción, incapacidad mental y tantas otras posibles causas de impeachment. Es Joe Kent, el mayor exponente del nacionalismo militarista norteamericano. El comando de elite que integró el cuerpo de combate Rangers y combatió en Fuerzas Especiales en campos de batalla iraquíes, yemeníes y norafricanos.
Nadie osaría poner en dudas el nacionalismo extremo que representa Kent. Tampoco el conservadurismo recalcitrante que lo llevó al movimiento MAGA. Por eso su portazo al gobierno de Trump sonó como una bomba. También acaba de sonar como un bombazo su declaración de que los cuerpos de inteligencia de Estados Unidos que acumularon información y la analizaron a fondo, habían llegado a la conclusión terminante de que el régimen iraní no estaba avanzando hacia la construcción de un arsenal nuclear.
Mentir sobre el programa nuclear iraní no tiene en Israel la misma gravedad que en Estados Unidos. El régimen iraní se juró desde su nacimiento en 1979 “borrar del mapa” al “ente sionista”. No obstante, la justificación de Netanyahu que también le hizo decir a Trump cuando lo arrastró al actual conflicto, es falsa según un arco amplísimo de observadores internacionales al que ahora se sumaron halcones ultraconservadores como Joe Kent y Tucker Carlson.
Por eso las últimas revelaciones sobre los análisis de inteligencia norteamericana parecen gritar “piedra libre” por el primer ministro israelí y por el magnate neoyorquino, que están escondidos en “el último refugio del canalla”.
* El autor es politólogo y periodista.