Malvinas: La experiencia de nadar en el “corredor de las bombas”

En “el corredor de las bombas” desembarcaron las tropas británicas en 1982 en medio de un escenario de sangre y fuego.

Archivo. (AP)
Archivo. (AP)

Mendoza tiene 300 héroes. Son los que hace 40 años defendieron la patria en Malvinas. La provincia supo homenajearlos en varios sitios de interés. El Paseo Héroes Mendocinos de Malvinas, en Carrodilla; el monumento a los Veteranos y Caídos en la Guerra, en la rotonda del Cristo de San Rafael; y un memorial construido en la IV Brigada Aérea en Las Heras, que recuerda el nombre de cada uno de los mendocinos caídos durante ese conflicto bélico que nos marcó para siempre.

Mi relación con Malvinas llega desde un vértice diferente. En noviembre de 2014 tuve la fortuna de unir las dos islas a nado por el Estrecho de San Carlos en poco más de dos horas y con el agua a dos grados de temperatura. Esta experiencia, fue relatada en mi libro “Malvinas entre brazadas y memorias”.

Para el logro de este objetivo, fueron claves los consejos recibidos de Gustavo Oriozabala. Este tremendo deportista nacido en el departamento de Godoy Cruz y nadador del Club Mendoza de Regatas, fue el primer argentino en unir nadando las dos islas el 21 de marzo de 2006.

Al lugar elegido para el cruce a nado se lo conoce como “el corredor de las bombas” y allí desembarcaron las tropas británicas en 1982 en medio de un escenario de sangre y fuego.

Si bien existen precisas cartas náuticas de la zona, el capitán del barco que hizo el soporte de esta travesía, Alejandro “El Mono” Da Milano, decidió valerse de los mapas y de las instrucciones publicadas por Ewen Southby-Tailyour en su libro Falkland Islands Shores Hardcover.

El autor, un navegante experimentado, estudió las costas de la zona durante los años 1978 y 1979. Por entonces estaba lejos de saber que sus croquis serían utilizados por las fuerzas armadas británicas para planificar la operación de desembarco en las islas. Lo supo de una manera brutal a mediados de abril de 1982, mientras se encontraba en Australia, cuando poco menos que a la fuerza lo subieron a una sucesión de aviones y helicópteros que lo depositaron en el portaviones HMS Invencible, buque insignia de la flota naval británica que se acercaba a Malvinas.

El desembarco inglés en la isla Soledad se produjo el 21 de mayo de 1982 sobre las aguas en las que estuve nadando. Unos 5.000 hombres con fragatas, transportes, apoyos logísticos, lanchones, vehículos y helicópteros fueron recibidos por un minúsculo grupo de 42 soldados argentinos bajo el mando del por entonces teniente primero Carlos Esteban, de 28 años.

Desde el promontorio Güemes, el lugar donde culminé mi cruce a nado, con fuego reunido de fusiles FAL, los muchachos consiguieron abatir dos helicópteros enemigos y dos más huyeron humeando; lograron resistir 12 horas frenando el avance de los soldados ingleses hasta la noche cuando, amparados por la oscuridad, emprendieron la retirada. Casi sin alimentos ni municiones caminaron tres días por un territorio inhóspito en dirección a Puerto Argentino, hasta que el 24 de mayo fueron rescatados por cuatro helicópteros UH-1H del Ejército Argentino.

El teniente Esteban logró luego comunicarse con el comando en Puerto Argentino, dar la alerta del desembarco y solicitar el apoyo de la Fuerza Aérea y la aviación naval.

La operación de desembarco estaba a cargo del Brigadier Julian H. Thompson. El oficial, al ver cierto jolgorio entre sus tropas por la escasa resistencia argentina, lanzó una premonitoria comunicación por radio: “Permítanme recordarles que esto no es un picnic”. Las horas y los días que siguieron demostrarían cuán acertada era esa frase.

Cuesta imaginar que el sitio en donde estuve haya sido un dantesco escenario bélico que sólo se puede igualar con aquellas batallas aeronavales de la Segunda Guerra Mundial. Justo allí, y tras 8 días de combates, se decidió el destino de la guerra de Malvinas. Por ese verdadero “callejón de las bombas”, como se llamó a ese lugar plagado de actos heroicos, tuve el honor de nadar 32 años después.

Como mosquitos, los aviones patriotas atravesaban las defensas enemigas en medio de balas, misiles, cohetes y proyectiles guiados por radares de última tecnología. Su única defensa eran los peligrosos vuelos rasantes a centímetros del mar. De esa forma, ni las unidades navales ni los efectivos abrían fuego por temor a impactar entre ellos.

Las principales armas utilizadas por los pilotos argentinos fueron su valentía y capacidad de maniobra. Ese 21 de mayo, la aviación argentina hundió la fragata HMS Ardent (22 muertos y 30 heridos) y averió las naves de guerra enemigas HMS Argonaut, HMS Broadsword, HMS Plymouth, HMS Antrim y HMS Brilliant. Desde tierra hubo dos aviones Harrier destruidos, otro huyó humeando averiado por un piloto argentino y cuatro helicópteros enemigos fueron destruidos, en tanto que un Sea King y un Gazelle resultaron averiados. El saldo del desembarco inglés fue de 34 oficiales muertos, aunque, según otras versiones, tuvieron como mínimo 300 bajas solo en el transcurso de ese primer día de operaciones.

Efectivamente, no se trataba de un día de campo para los británicos. A sólo dos días del desembarco habían perdido un par de buques, otros dos estaban fuera de combate por el resto de la guerra y dos más poseían daños menores.

La experiencia demostró en mi caso que la natación fue sólo un vehículo que posibilitó conocer de cerca y amar aún más la gesta de Malvinas y a cada uno de los héroes que entregaron sus vidas a la patria.

*Agustín Barletti: escritor y periodista. Autor del libro “Malvinas entre brazadas y memorias”.

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