16 de octubre de 2026 - 00:30

Los dilemas de un peronismo desorientado

Quizá el tiempo de peronismo esté pasando, porque el mundo está cambiando de manera irreversible. Las tres verdades -nunca demasiado originales, por cierto- siguen estando ahí, pero han perdido fuerza para movilizar voluntades y transformar la realidad.

Profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas

    Pocas veces se ha visto al peronismo, en las vísperas de una elección nacional, tan dividido y desorientado. No termina de encontrar un candidato que pueda unificar las tendencias, ni tampoco logra definir una propuesta que pueda hacer frente al proyecto libertario de Milei. Esta inédita situación permite pensar y aventurar algunas hipótesis más como estímulos a la reflexión y la discusión que diagnósticos certeros.

    1) Nadie duda de que el peronismo se muestra desorientado frente a los cambios sociales de los últimos años, independientemente de la profundidad y duración que le queramos otorgar a estos. Probablemente sea un déficit propio, una incapacidad para leer las coordenadas de una sociedad en transformación. Le está costando adaptarse a novedosa situación en la que incluso, sólo como ejemplo, está perdiendo parte de su sustento electoral: el voto joven y pobre del conurbano.

    ¿O será que el peronismo es en sí mismo incompatible con los nuevos tiempos? Tal vez, por su histórico antiliberalismo, se haya quedado sin capacidad de adaptación, sin instrumentos para afrontar una sociedad más liberal como la mileísta. Recordemos que la única vez que el peronismo se aproximó al liberalismo fue con Menem. Pero en dicha ocasión el acercamiento se hizo desde el poder, y terminó limitando casi exclusivamente al ámbito de la economía. Si bien se produjeron algunos cambios sociales e institucionales que expresaron un clima más liberal, la estructura corporativa de la sociedad argentina poco cambió. Ahora es distinto, porque el cambio parece provenir de la sociedad misma y su hastío frente al pasado. Y es ahí donde tal vez se muestre una incompatibilidad esencial del peronismo con un mundo más liberal.

    Ante las cada vez más habituales derrotas electorales, suele atribuirlas a un problema de comunicación, el famoso “no logramos hacernos entender”. ¿No será que en realidad ha sido por un agotamiento de sus políticas en doble sentido? ¿Que sus políticas ya se muestran agotadas como respuesta a los problemas, y que la sociedad está agotada de sus políticas? Es plausible. El tema es que hoy parece lejana una adaptación y renovación exitosa.

    2) El problema puede ser de identidad. Las últimas versiones del peronismo son una degradación del original, una fotocopia que ha perdido calidad y nitidez. Y para colmo ni siguiera del original sino de una copia previa; en este caso la versión más izquierdista de los 70. La copia no sólo se ha degradado, sino que además ha incorporado modificaciones que traicionan el original. Por ejemplo, asumir como verdad que el peronismo es el verdadero socialismo, idea arrojada en los 60 del siglo pasado por un astuto Perón, más interesado en contener dentro del movimiento a los sectores más radicales de izquierda que en hacer un verdadero ajuste ideológico del peronismo. Esa versión fotocopiada hoy pone al peronismo casi en la misma casilla que la izquierda de Bregman.

    3) Hay casos interesantes como el del “peronismo streamer”, ese conjunto de jóvenes muy activos en redes sociales y medios de comunicación. Los caracteriza una exagerada preocupación por el debate interno. Postulan que hay que sentarse a discutir sobre la situación, el liderazgo, las ideas, etc. De la mano de cierta obsesión por la pureza de la doctrina, o al menos con encontrar una doctrina clara y precisa para encarar la realidad. Pero olvidan que el peronismo es más decisor que discutidor, y que funciona con liderazgos que bajan la línea política que encolumna y disciplina a todos. Pero ese líder hoy no aparece. La única es Cristina, quien además de estar presa no logra que su conducción y su discurso sean aceptados por todos.

    Otro pequeño sector, ejemplificado en Moreno, se autoproclama custodio de la ortodoxia peronista, con la escala a mano con la que medir la pureza ideológica de propios y ajenos. Es un gesto romántico pero inútil, que al vivir de una especie de cristalización teórica de la edad de oro peronista obtura cualquier posibilidad de renovación. Además de hacer evidente la incapacidad del peronismo para entender la nueva realidad y adaptarse exitosamente a ella ofreciendo una alternativa electoralmente atractiva.

    En el medio hay un revuelto de liderazgos utilitarios de todo tipo, entre los que intentan hacer pie Kicillof y Massa, hoy las dos propuestas más relevantes; mescolanza en la que prima la preocupación por no quedar lejos del calor del poder, aunque sea a costa de una adaptación forzada y caprichosa del acervo peronista.

    4) El problema de los puristas como Moreno es que siguen pensando en el peronismo como una doctrina perenne, válida para cualquier tiempo y lugar. Pero quizá el tiempo de peronismo esté pasando, porque el mundo está cambiando de manera irreversible. Las tres verdades -nunca demasiado originales, por cierto- siguen estando ahí, pero han perdido fuerza para movilizar voluntades y transformar la realidad. La soberanía política es cada vez más difícil en un mundo globalizado, y tal vez pueda esgrimirse como gesto romántico en gestas como la de Malvinas. La independencia económica es incluso más ilusoria en un mundo en el que cada vez más dependemos de compradores para los frutos de nuestras actividades extractivas, única manera de generar recursos. Solo, me parece, quedaría la vitalidad de la justicia social, principio de la doctrina social de la Iglesia, siempre y cuando no la reduzcamos al asistencialismo clientelista.

    Mientras tanto, a pesar de sus tiros en el pie y sus pasos en falso, el oficialismo sigue con chances competitivas, ante el páramo de la oposición.

    * El autor es profesor universitario de historia de las ideas políticas.

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