Hace semanas escribíamos, en el contexto de la fallida ley de tierras, que Milei debía cuidarse de tocar un nervio sensible en la sociedad: el del nacionalismo, despertado en estos días, entre otras razones, con la famosa bandera de Malvinas exhibida por la selección nacional. Una encuesta reciente muestra que hasta un 85% de los argentinos se siente algo o muy nacionalista. Es un sentimiento más que una creencia política, menos aún una doctrina o un programa. Pero mueve a la mayor parte de la sociedad. Es el valor que tienen los sentimientos: suelen motivar reacciones de manera más rápida y efectiva que una idea bien concebida y planteada.
La decisión de Milei, creemos, fue movida sobre todo por un bienvenido oportunismo. No es que Milei no sienta los temas nacionalistas, pero estos suelen ser secundarios frente a las cuestiones económicas que son las de su predilección y preocupación. De todos modos, logró confirmar la tendencia a revertir un proceso de desgaste y descrédito que ya llevaba bastante tiempo. Qué consecuencias futuras tendrá para el reclamo argentino no lo podemos saber, ni tampoco si Milei mantendrá esta política nacionalista más agresiva, más allá de que sigue insistiendo que la vía política argentina respecto de Malvinas es diplomática y no otra.
Sin embargo, el principal enemigo de Milei es él mismo. Lo comprobamos por la constante tendencia a dejarse dominar por su mentalidad “ideologizada”, algo sobre lo que ya hemos escrito y es bastante evidente. La última muestra fue la polémica despertada la semana pasada por algunos puntos del proyecto de presupuesto para 2027.
Repasemos: el gobierno necesita del apoyo de gobernadores de provincia y de sectores políticos que lo apoyan ocasional o habitualmente -la UCR, el PRO y partidos menores-. Por lo tanto, debe estar dispuesto a negociar, sin renunciar a su dogma del equilibrio fiscal. Lo que Milei necesita es cintura política, capacidad de negociación y una buena cuota de pragmatismo, para lo que está Santilli. Pero sobre todo no pegarse más tiros en el pie o tomar decisiones que puedan enajenar a propios y aliados.
Por eso sorprende el fallido del presupuesto, sobre todo por tocar temas sensibles como la discapacidad. Fue la propia tropa la que se mostró alarmada y sorprendida. Patricia Bullrich públicamente se quejó de que se hubieran incorporado en el proyecto modificaciones no acordadas que estaba segura iban a hacer saltar a la oposición, sensibilizada por estas cuestiones. Los términos de Bullrich fueron impactantes: no me tomen por tonta, dijo, aclarando que en la mesa política -que según parece sólo se reúne para las fotos- esos temas no se habían tratado. Las malas lenguas atribuyeron el cambio en el proyecto a los Caputo. La modificación provino de economía, lo que parece lógico, o salió del asesor Santiago Caputo, para muchos el ideólogo más radical del mileísmo.
Como sea, muestra un grave cortocircuito dentro del gobierno. Hasta Martín Menem se enojó por haber quedado en offside. Y lo más grave es que empezaron a aparecer rumores acerca de la dinámica discursiva tanto en el corazón del gobierno como en la mesa política. Se llegó a hablar de estalinismo: no hay debate, sólo bajada de línea. Cómo se acopla esto con la necesidad de acuerdos para los apoyos legislativos es algo muy difícil de entender.
Gran parte del problema está en Milei y su mentalidad ideologizada, acostumbrada a moldear la realidad para hacerla calzar con sus ideas y esquemas. Además, como buen economista, se preocupa sobre todo porque los números cuadren. Suele repetir la frase “los datos mandan”; el problema es que le resulta fácil no tener en cuenta que detrás de los datos hay personas reales que no solo son los que sufren la situación, sino que son los que el año que viene tienen que votar.
Una reflexión final. En una alocución pública reciente, el presidente afirmó que no cree que la gente sea tan tonta de votar nuevamente a los que nos llevaron al fracaso. Hasta ahí bien. Y que, si eso sucedía, a él no le importaba porque se volvía a la actividad privada. Es un tanto peligroso e imprudente tratar de tonta a la gente en términos electorales, pero más peligrosa resulta la explícita amenaza: si las cosas no salen bien dejo todo y me vuelvo a mi casa; va a ser por culpa de ustedes, no mía. El problema es que, al ser elegido presidente, Milei aceptó una responsabilidad que no fácilmente se puede abandonar, y menos acusando a los ciudadanos de torpeza o irracionalidad. En todo caso, la investidura lo obliga a actuar de manera prudente e inteligente para lograr el bien común; es decir, que lo fines que se propone le hagan bien a toda la sociedad, y no a algunos en detrimento de los demás. Algo que no siempre parece tener en claro.
* El autor es profesor universitario de historia de las ideas políticas.