“Me preocupan más los seres humanos que la Inteligencia Artificial”. Carissa Véliz en entrevista para Ciberdiálogos.
Tres textos críticos para desarmar el cruce entre la escuela tradicional y el avance digital. A través de un tríptico ensayístico, Leandro Hidalgo propone reflexionar sobre el rol de la enseñanza frente a la aceleración técnica. Hoy publicamos el tercero: ¿En qué momento la búsqueda de nuestra singularidad terminó convirtiéndose en un pensamiento estandarizado? Frente a un ecosistema que exige utilidad inmediata a cada tramo del saber y reduce la experiencia a una mera predicción matemática, este texto desarma la ilusión de la autonomía digital. Una toma de posición urgente sobre el valor del esfuerzo, y la fricción del aprendizaje real.
“Me preocupan más los seres humanos que la Inteligencia Artificial”. Carissa Véliz en entrevista para Ciberdiálogos.
Somos seres emocionales, estamos atravesados de picos y bajonazos que nos distribuyen, nos parten al medio, y las tecnologías nos son emocionales. Nosotros patinamos los objetos, los revestimos de una luminosidad que vuelve lo que quiera que veamos, en algo sintiente y que opera en nosotros de un modo afectivo.
Algunos años después de la segunda guerra mundial, mientras la Educación se impartía desde una tarima, y los conceptos de la modernidad se vertían en todo su esplendor, desde un saber cierto y seguro que se tenía sobre los hechos, paralelo a eso, Alan Turing inventaba un test para poner a prueba a las máquinas gigantes que se tenía por aquella época. A través de una habitación con paneles, la persona evaluada tenía que determinar si la respuesta escrita provenía de la máquina, o de otra persona escondida en la sala contigua. Un experimento que se llamó “El juego de la imitación”. Otro estudio famoso que se publicó apenas pasados los 50, fue conocido como el “experimento de conformidad”. Allí, en una sala con “actores”, la prueba demostraba cómo la presión social (lo que dicen muchos) instaba a las personas a pensar lo mismo, aun convencidas de lo contrario. La fuerza de lo que dicen y piensan los demás es tan atrayente, que terminaban por decir una mentira, incluso en contra de la propia evidencia que tenían adelante.
Años después, mientras los estudiantes salían a la calle, y la Educación consolidaba tiempos de conquista y el mundo se abría, los Beatles publicaban Abbey Road, y en Argentina aparecía el primer single de Almendra, en paralelo, en el Smith College de Massachusetts, los psicólogos Fritz Heider y Marianne Simmel, exponían su propio experimento que consistía en mostrar un breve video de un rectángulo, con una puertita abierta, y tres formas geométricas moviéndose por toda la pantalla. El hallazgo confirmaba que las personas humanizaban las figuras con solo verlas moverse en una pantalla, les asignaban valor emocional, los triángulos eran hombres, por ejemplo, el círculo estaba indefenso, o la puerta se cerraba si pasaba tal cosa. Es decir, inventaban una narrativa. Así somos. No figuras geométricas sin nada que decir ni qué contar, si no que somos la historia que recreamos en esas figuras, el valor subjetivo que damos a sus movimientos completamente aleatorios. Eso hacemos, asignamos rasgos y emociones. Eso hacemos cuando todos dicen una cosa, la repetimos. La Educación debiera estar también para señalar todo esto.
Estas nociones pueden ser un inicio para pensar dónde estamos parados en el cruce entre tecnologías y Educación. No tanto a dónde vamos a ir a parar, sino más bien de dónde venimos. Hay algo en la cultura humana, en el arte y sus representaciones, en sus disfraces, en los ritos, en las celebraciones, que permanece siempre. No hay nada sin ese embrollo cultural, sin esa red densa de significados, hacia atrás y hacia adelante. Se teje la ropa, se escribe, se canta, mezclamos, decoramos, y en todos esos aspectos existe la huella de nuestro paso, de quiénes somos, o quiénes fuimos, no existe separación de lo que se es, con lo que quisieron ser los demás, hay un continuo dimensional, disperso y desordenado que incluye absolutamente todo, aquello que podría ser llamado la cultura. Las tecnologías no están por fuera de eso. Los lugares a dónde se producen, sus intenciones, no permanecen fuera de la historia, es más, están situados, bajo paradigmas y razones. Parece obvio, pero es necesario recordarlo, sobre todo cuando la lisura de un smartphone, el tapizado de un sillón o el piso de un banco o de un aeropuerto, parecen ser neutros, higiénicos y desculturizados.
Todo lo que hacemos está arrancado desde las entrañas, está aprendido desde antes. La Educación está adentro. Hace a la vez que reproduce. Tiene sus himnos, sus formas, sus maneras de ser. No es acompañante (de lo “tecnológico”), está inmersa. El profesor y la profesora son humanos. Enseñar y aprender es una forma de hacer que los sentimientos ocurran, se magnifiquen, se inventen, se liberen. La tecnología de los libros, por ejemplo, la que hemos refinado tanto y que nos habla del mundo y nos lo explica, contiene toda nuestra experiencia milenaria, y se puede conocer, se puede percibir, se puede estar donde nunca habíamos estado, se aprende a empatizar, y aunque no se haya tenido la experiencia real, sí nos permite estar y vivir multiplicados. Es la tecnología de la memoria. Hay algo ahí del plano de la fricción, de lo que cuesta y demora, y exige mecanismos reales para sacarle lo que tiene, e incorporarlo a la armadura, algo que no se presenta como insulsa solución, sino que requiere algo más sólido, más entero de parte del que lo usa. En esa fricción se esconde la conquista del conocimiento, el hallazgo, de ese crujir que al principio se opone, resulta lo bello, lo crucial, lo determinante. Entonces debemos analizar y discutir cómo hacer para que la respuesta inmediata, la delgada línea digital y su viaje por los cables nos adelanten, pero también nos eduquen, también nos enseñen a observar una piedra, a detectar belleza en un guardapolvo, a crear instrumentos que sirvan a nuestra especie.
Dentro del mundo actual acelerado y receptivo, nos interceptan las máquinas. Nos cruzan asépticas, pero también amigables, diseñadas para parecer personas dentro de los chats, personas como nosotros que alguna vez mordieron una manzana o acariciaron a un perro. Pero no. Su lógica matemática es mera predicción, que no es sinónimo de justo, ni de neutral. Los experimentos salieron a su favor. Parecen, sí, pero no son. Nosotros tenemos que hacer, entre otras cosas, el esfuerzo de darnos cuenta.
Las redes sociales, los likes, los estudios neuronales que las empresas realizan a escondidas para darnos dopamina a cambio de que sigamos un ratito más, las respuestas amables a preguntas mal escritas, su compañía, el calor de cables, el “vocabulario de emociones”, como dice Eva Illouz, los emojis, abren el umbral a un mundo no sólo predicho por megaempresas, si no diseñado especialmente por ellas. Pronostican lo que va a pasar, anticipan los deseos de los usuarios, vaticinan, proponen un futuro, y en todas esas lógicas van construyendo el ahora.
El dominio que tienen, parte de poder profetizar lo que viene, ellos hacen el mundo, mientras que a nosotros nos queda participar de él. Estos nuevos oráculos tecnológicos funcionan, además de como nuevos rockstars, como mecanismos de control social, también por la vigilancia veinticuatro siete que llevamos en el bolsillo, pero, sobre todo, porque hacen el mundo con sus predicciones, lo auguran, y aunque después eso no ocurra, los demás hacemos como que sí, y no hacemos otra cosa que perseguirlos, incluso entregamos, por ejemplo, nuestra Educación humana de siglos. La potestad de orientar el futuro hace parecer que ya está hecho, que no podemos hacer nada más que entregarnos. El asunto es pensar cómo podemos fabricarlo nosotros también. Me recuerda al pedagogo Carlos Skliar, “Educar es conmover. Educar es donar. Educar es sentir y pensar no apenas la propia identidad, sino otras formas posibles de vivir y convivir”.
Cuando algunos lineamientos de Educación se enfocan solo en estos modelos, ven a la escuela y a sus estudiantes bajo una lógica clientelista, la institución deja de ser integral y pasa a ser subsidiaria, vendible como objeto, empaquetada. En su libro “Artificial”, Mariano Sigman y Santiago Bilinkis afirman que este enfoque exige “justificar, en cada uno de los tramos, la utilidad inmediata y evidente de lo que se está enseñando”. El para qué me sirve ya, como si afuera de lo empresarial, de lo económico y productivo, no hubiera ninguna otra vitalidad esencial. Advierten, además, que este modelo cortoplacista corre el riesgo de hacer que “dejemos de enseñar el valor del esfuerzo y de la concentración [...] Podemos incluso olvidar que, para llegar a lugares bellos, es indefectible a veces pasar por lugares difíciles y oscuros y que para eso hace falta tenacidad y resiliencia”. Nada, o casi nada, puede alcanzarse sin tiempo, sin demora, y sin esfuerzo. Las lógicas edulcoradas del sentir, del estar, así lo hacen parecer, pero es falso. Para educarse, nada que no cueste trae el desenlace.
Por un lado, hay (¿o había?) un orden, una institución que estructura(ba), que norma(ba), la escuela, por ejemplo. Y por otro, individuos con sus inclinaciones personales, llenos de sí mismo, con sus biografías a cuestas. Son burbujas que chocan entre sí pero que no conectan en la actualidad. El filósofo francés Eric Sadin advierte en “La era del individuo tirano” que la nueva pasión es una “práctica desenfrenada por la expresividad”, por narrarse a sí mismo, pretendiendo dar testimonio de la propia singularidad. Aparecen múltiples lugares donde poder hacerlo, donde decir quién soy y lo que pienso, cuánto hago, cómo soy, califico un servicio, un local, una comida, un chofer, puntúo la mensajería. Todos instrumentos que el mundo técnico puso en juego en algún momento para reforzar nuestra expresión pero que no mejoraron en absoluto nuestro sentido del futuro como humanidad, tampoco mejoraron el ahora mismo. Algo cambió, porque parecía que venía a dar voces y pluralidad y dejó ovejas mansas esperando siempre la nueva señal.
¿Por qué mientras más nos expresamos en sus apps, el mundo retorna a los momentos fascistas de la historia? Cuando la gente no tenía (o no existía la posibilidad) el ánimo de expresar su subjetividad todavía había algo que se aceptaba, una idea más grande que uno mismo, y que era reconocida por el bien de todos. La Educación tenía mucho que ver con eso. No podés hacer lo que se te dé la gana. Ni el niño, ni el estudiante, ni el adulto. El límite. La libertad está coartada por un bien menos eficaz en lo singular, pero mucho más amplio, para vivir en una comunidad, en una ciudad, el concepto de democracia, por ejemplo. Lo irónico es que cuando pensamos que teníamos todo para decir y expresar, en el momento cúlmine de nuestra autonomía, nos cae la forma ilusoria de esa verdad en forma de chasco, de farsa, de totalitarismo. Cuanto más me expreso en sus ambientes tecnológicos, más entro a la cárcel de sus vigilancias. Cuánto más subo mis ideas a los dispositivos que me dan voz, más se estandariza mi pensamiento. Qué paradoja, entro por la libertad individual y salgo por la cárcel algorítmica.
Es evidente que este ecosistema sociocultural está produciendo transformaciones y hay que intentar desenredar sus virtudes y engaños, y que esa máxima no es nueva. La ensayista argentina Paula Sibilia recupera una pregunta fundamental que se hacía Hannah Arendt a mediados de los años 50, en el prólogo de “La condición humana”. ¿Qué pasaría si los frutos del conocimiento tecnocientífico perdiesen todo vínculo con el pensamiento filosófico? Esa respuesta sigue resonando, no solo porque no está resuelta, sino porque la punta de lanza de los modelos tecnológicos se incorpora cada vez más al sector productivo y económico de las compañías, pero se desengancha de la faz de ser pensados. Y necesitamos las dos en soberanía, de “fierros” y epistémica. Es decir, infraestructura desde y para nuestra área geográfica, y ciencia y Educación para incorporarla.
Nosotros permanecemos aquí, nadando (cuando no, ahogándonos) en medio de pantallas, selfies, teclados, aplicaciones, buscadores, imágenes, fakenews. Todos esos elementos fueron diseñados para que hiciéramos lo que hacemos. Estamos cumpliendo. Así fueron pensados. No se trata de que podamos torcer ese paso. Se trata de entender que están llenos de subjetividad e historia contemporánea, cargados y recargados para ser usados así. Somos fáciles y ahí estamos, ahí nos vemos, por momentos en avatar girando, scrolleando, consumiendo la píldora una nueva vez, por momentos escribiendo un relato como este, viéndonos los dedos gatillar el teclado, resistiendo, incorporando, dando fuego real. Cuando el humo se disipe, aun volarán los dinosaurios.
* El autor es escritor y sociólogo.