“Lo más probable es que él esté vivo y todos nosotros muertos”. Rayuela.
El 26 de agosto del año 1914 nació el gran escritor Julio Cortázar. Para recordarlo, en el día de un aniversario más, el autor de esta nota realiza una interpretación de su célebre cuento "Casa Tomada", comparando los tiempos en que transcurre y los acontecimientos que narra el escrito, con la época actual.
“Lo más probable es que él esté vivo y todos nosotros muertos”. Rayuela.
Aun es tan hermoso escucharte leer que se quedaron escuchando los “juidos” de este lado de la puerta. Que apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel sin volver atrás. Me pregunto qué cosa es lo que los cubrió tan repentino y distinto a lo que nos cubre ahora. Nunca supimos qué fue aquello, pero mucho menos sabemos qué es esto, porque ahora también nos toman una parte.
Quizá porque se sigue resbalando nos mantiene a su lado, porque lo que nosotros queremos es tener, y tu Casa Tomada no se tiene, ni se detiene nunca. Parece un atardecer que hubiera llenado de sombras primero el patio, y después el living. Parecen abuelitos sombreando con lápiz una circunferencia de 80 años de distancia entre el texto y ahora. Cuánto ha pasado del nombre Irene. Qué porcentaje de inscripción del nombre en el Registro Civil. Ya casi nadie se llama Irene. Y van quedando pocos que se llamen mi hermano.
Se escuchaban ruidos. Al parecer podían oírse los detalles de lo cotidiano. Una casa sin ondas de router ni wi-fi atravesando los órganos de sus habitantes. Una casa sin durlock, sin cargadores, sin antena satelital. Irene hoy revisaría Instagram a cada minuto. Tendrían fibra óptica desde la esquina. Habría quizá una primera voz en el cuento, angustiada por las deudas, por un trabajo miserable, con boletas de luz impagas sobre la mesa, un hermano running, una Irene viajera, un hermano con novia despótica, una Irene que dijo en la cena todo lo que pensaba, un hermano me caso, un hermano no te metas, una Irene hacé tu vida.
No le creo a Cortázar que todo eso lo soñó. Tampoco tiene importancia si lo escribió de un tirón estando borracho en Lunlunta, si se lo terminó Borges, o si lo hizo en Mendoza. Casa tomada es como Mazinger Z, ha saltado las casas, los barrios, y es el obelisco casi siempre.
Lo importante es saber qué cosa venía del fondo, una alimaña o lo que sea, que por otra parte es lo que nunca supimos. Ni siquiera distingo si lo que les hizo abandonar la casa es algo malo en sí mismo. Yo una vez con mi familia quise abandonar el departamento por unas lauchas monstruosas que venían a nuestro balcón por las noches. Es probable que haya podido ser algo así el tema ruido. El arte transforma lauchas en mil cosas.
Les gustaba la casa porque guardaba la memoria de los abuelos y de los padres y de la infancia y además era grande. Les gustaba saberla espaciosa y limpia. Hoy parece imposible que algo se mantenga en pie con todo eso adentro. Parece imposible que la memoria sea tan elefantástica, que puedan entrar allí los bisabuelos, pero también la propia infancia y también el día a día. El margen del ahora contemporáneo y el yo me lo merezco, rompería la casa antes de ser contada por Cortázar o por las inmobiliarias. Antes del vínculo incluso, antes de esas vidas compartidas en soledad, con mantelitos tejidos, con galletas caseras, con las compras de un sábado por la mañana.
Irene tejía cosas necesarias. A ella se le iba el tiempo en eso, y a su hermano mirando las agujas ir y venir a gran velocidad. Me pregunto cómo se llamaría Irene ahora, y en qué se le iría el tiempo, y qué miraría su hermano.
Cuando todo arrancó eran las ocho de la noche y cuando todo terminó, las once. Escucharon algo entre el comedor y la biblioteca. Él había puesto la pavita, como decía. Pienso que a la pavita y la hornalla podrían haberse atribuido el sonido que escucharon. Ahora no sería la pavita, si no la pava eléctrica. En un suspiro calienta Cortázar, si la vieras. Y ese ruido quizá vendría deformado, como subido a una onda magnética de internet, y bajaría espiralado por tus orejotas más cibernéticas que analógicas. Dicen que el sonido venía impreciso y sordo. Hoy vendría fijo y claro, casi un pitido. Corriste el cerrojo para mayor seguridad. Hoy hubieras esperado a que el agua llegue a 90 grados en el reloj digital para verterla en el termo.
Tomaron la parte del fondo. Ella dejó caer el tejido. Lo cierto es que nadie tiene el derecho de tomar lo que no es suyo. Ni antes ni ahora. Pero ahora menos que antes. Podrían haber sugerido papeles, abogados o policías de ser necesario.
El mate es lo primero que emerge lejano de allá y cae acá. El mate es el primer contacto real que nos va quedando. Conservamos esa noción del cuento. Quizá no haya sido Stanley el mate, probablemente ni siquiera hayan usado termo. Me pregunto cómo habrá sido la bombilla, bien distinta seguro, o el color del paquete de la yerba. Es casi infinito el teatro trastocado de Casa Tomada hasta nuestros días. Me pregunto si así van quedando las cosas en el camino hasta que un día un chico bien joven ya no entiende nada de nuestro mundo.
Habían dejado en la otra parte de la casa varias cosas, libros y pantuflas, una pipa, una botella de Hesperidina. Cosas que hoy no estarían perdidas si no que a propósito estarían guardadas en el fondo para que no estorbasen. El cuento hoy es una casa más que tomada, abandonada, como si las telarañas contaran los hechos, la humedad los dibujara, los objetos a los que se les impregnó todo el sonido de esos años anteriores, se expresara nostálgica. Es una foto vieja la casa ahora, fantasmagórica, sin filtros, con grandes habitaciones que no se ven. Irene sentada en una hamaca y el hermano parado, a su lado, antes de entrar al pasillo. Es una foto en un portarretrato de pared dado vuelta, en un altillo, para que no impresione a los inquilinos, cuando de curiosos, abren donde no tienen que abrir y se meten a donde no se tienen que meter
La limpieza se les simplificó. Irene haría la cena mientras el hermano el almuerzo del día siguiente. Platos suculentos, hay que revolver, condimentar, sazonar, cortar en rodajas. No puedo pensar en Irene comiendo una tostada con palta y huevo. La cocina llena de detalles y cubiertos desordenados, aunque los hermanos hayan sido obsesivos con el orden, no aparece la mesada reluciente y todo guardado. No hay minimalismo. Ni Iphone. Ni lisura de ningún tipo.
Irene pudo tejer todavía más. Él revisaba una colección de estampillas de su padre, así mataba el tiempo, porque había que matarlo, hundirlo en el espeso de la tarde sin whatsap. Las horas larguísimas, los días como un animal inmenso cruzando lentamente por la ventana de los hermanos en esos menesteres. Ahora no pasaría ningún animal inmenso por la ventana. Apenas un sonido de auto o un ladrido caniche. Los horarios para llegar y para irse de nuevo no dejan tiempo a los animales inmensos cruzar por las ventanas. La colección de estampillas debiera estar guardada también para que no estorbe, o publicada en marketplace o mercado libre.
Había insomnio. Eso sí, se desvelaban. Algo que ahora reconocemos bien. Había la voz de papagallo de Irene soñando en voz alta. Había el salto del hermano tirando de la colcha. Había presentimiento de qué ademán tenía que hacer el otro para encender el velador. Se levantaban a la noche sin saber por qué. Ese es el segundo elemento, se desvelaban.
Los ruidos prosiguieron. Yo pienso también que casi todo cruje. Es imposible abandonarse a los misterios. Casi todo en última instancia tiene una explicación. Y casi nunca son fantasmas. Más quisiéramos.
Ahora corrieron con otros ruidos a sus espaldas. En el zaguán. Los ovillos del tejido quedaron del otro lado. Las once de la noche en punto. Se alejaron de la casa. Se fueron, los dos de espaldas por una amarillenta calle de Buenos Aires de los 50. Dicen, o pareciera que hubieran dicho, que se fueron con lo puesto, que no tenían nada de nada. Este es el último elemento que nos comunica a nosotros con los hermanos, con Cortázar, con todo lo que aprendimos de él, el hecho de que tuvieron, pero ya no tienen.
* El autor es sociólogo y escritor.