15 de agosto de 2026 - 00:35

La zanahoria de un viaje sin guion

La vida es la que te toca, pero sobre todo es la que se busca. Desde lo elemental, como el alimento o el refugio, hasta lo que nos define como personas: el amor, el aprendizaje, la justicia. Es un periplo sin fecha fija de salida ni de vencimiento, un territorio donde nada está escrito (para bien y para mal) y todo permanece abierto a la construcción diaria.

La vida es la que te toca, pero sobre todo es la que se busca. Desde lo elemental, como el alimento o el refugio, hasta lo que nos define como personas: el amor, el aprendizaje, la justicia. Es un periplo sin fecha fija de salida ni de vencimiento, un territorio donde nada está escrito (para bien y para mal) y todo permanece abierto a la construcción diaria. Tarea que, nadie ignora, depende de cada uno.

Nadie está en condiciones de garantizar el resultado de tamaña búsqueda. En esa misma falta de certezas radica la adrenalina del desafío. La posibilidad de encontrar aquello que perseguimos opera como un impulso constante, una fuerza que nos sostiene cuando los planes se desmoronan y las circunstancias se vuelven adversas. Sin dudas, hay una cuota indispensable de fe y tenacidad en ese avanzar contra los propios miedos, la mirada ajena y los previsibles escollos del camino. Un camino que no es una simple línea entre dos puntos.

Esa obstinación por un propósito encuentra un reflejo preciso en la pantalla grande con Viktor Navorski, el personaje de Tom Hanks en la película La Terminal. Varado de manera indefinida en un aeropuerto, Navorski custodia con celo una común lata de frutos secos. Sin revelar de entrada sus motivos, el protagonista soporta la burocracia, el encierro y el absurdo con una calma inquebrantable. Al final entendemos que el tipo cruzó el océano por un solo motivo: conseguir el último autógrafo de jazz que le faltaba a su padre fallecido y así completar una colección personal. No hay una gran ambición material ni una gesta heroica; hay apenas la búsqueda silenciosa y tenaz de una promesa que da sentido a la espera.

Al completar la firma, la misión concluye y la historia se resuelve. Sin embargo, la vida fuera de la pantalla rara vez se ordena con la precisión de un guion de Hollywood. Conseguir lo que buscamos no garantiza un desenlace definitivo ni clausura las preguntas de fondo, acaso las esenciales. A menudo, simplemente nos deja desorientados en la calle, bajo la lluvia, esperando un taxi sin saber bien hacia dónde ir ni llegar.

Tal como nos enseñó Clarice Lispector, «no se trata de encontrar algo, sino de no dejar de buscar. La vida es movimiento o no es nada». Buscar, entonces, como ese verbo que nos define a todos aquellos que no nos resignamos a quedarnos en la dulce espera.

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