Desde una perspectiva del inconsciente territorial — siguiendo a Félix Guattari— el sueño no constituye un lenguaje encerrado sobre sí mismo ni una escena interior que deba descifrarse únicamente desde claves personales. Es también un territorio de inscripción sensible donde se cartografían y decodifican las lógicas sociopolíticas epocales .
Los regímenes de poder no operan solamente mediante normas, instituciones o discursos explícitos. También modelan atmósferas perceptivas, economías afectivas y formas de sensibilidad que reorganizan silenciosamente nuestra experiencia cotidiana.
En ese sentido, los sueños reunidos por Charlotte Beradt en El Tercer Reich de los sueños pueden leerse como un verdadero archivo micro político. Mucho antes de consolidarse plenamente como maquinaria estatal, el totalitarismo ya comenzaba a habitar el paisaje sensible de quienes lo soñaban. Sus registros muestran que el inconsciente no permanece afuera de la historia: registra, anticipa, metaboliza y elabora sus mutaciones. El miedo, la vigilancia, la obediencia o la culpa no aparecen únicamente como consignas externas, sino como modulaciones íntimas que afectan la experiencia subjetiva.
Un espacio de resistencia
Sin embargo, así como el inconsciente puede volverse superficie de captura, también puede convertirse en espacio de resistencia. La potencia política de una perspectiva territorial del inconsciente no reside únicamente en volver visibles las marcas del poder sobre la subjetividad, sino en habilitar condiciones para producir otras composiciones sensibles.
Pensarnos colectivamente a través de nuestra producción onírica aparece entonces menos como una consigna identitaria que como una práctica de creación.
Crear espacios de intercambio transdisciplinar, lecturas e investigación experimental a través de diversos dispositivos artísticos, permite afinar la percepción frente a los gestos —a veces mínimos— mediante los cuales los sistemas de jerarquización y administración de la vida cotidiana organizan nuestros modos de sentir, imaginar y actuar.
Porque las políticas del poder no operan únicamente en el plano de las ideas o de las instituciones: también distribuyen lo sensible. Delimitan qué cuerpos adquieren visibilidad, qué afectos encuentran legitimidad, qué dolores alcanzan su lenguaje expresivo y qué formas de vida permanecen invisibles o se vuelven impensables.
Las prácticas colectivas transdisciplinadas —artísticas, clínicas, performáticas, literarias— pueden constituirse como dispositivos de recomposición sensible: espacios capaces de producir otras escenas de escucha, otros devenires de elaboración y otras formas de habitar lo común.
Incubando las condiciones de emergencia de una revolución molecular que nos vuelva sensibles frente aquello que aprendimos a naturalizar.
Evitando reproducir las violencias que nos constituyen y abriendo en sus pliegues, nuevas posibilidades de imaginar otras relaciones de la vida colectiva.
* La autora es médica psiquiatra, psicoanalista, bailarina y creadora de Entre-Prácticas.