8 de agosto de 2026 - 00:35

La chispa humana en tiempos de simulación

Lo que ayer nomás era motivo de discusión en relación a la inteligencia artificial va dejando de serlo. La susodicha llegó para quedarse y ante ella vale aceptarla como una herramienta que debería facilitarnos la vida, no complicarla ni despertar instintos de venganza. Pero ni tanto ni tan poco. También ocurre que le asignamos una preeminencia un tanto exacerbada en lo cotidiano, a punto tal de delegar hasta lo más elemental.

chisVertiginoso como nunca antes, el tiempo ya no se mide en horas, días, odiseas de Nolan o Colapintos. Por eso lo que ayer nomás era motivo de discusión en relación a la inteligencia artificial va dejando de serlo. La susodicha llegó para quedarse y ante ella vale aceptarla como una herramienta que debería facilitarnos la vida, no complicarla ni despertar instintos de venganza. Pero ni tanto ni tan poco. También ocurre que le asignamos una preeminencia un tanto exacerbada en lo cotidiano, a punto tal de delegar hasta lo más elemental. De simplificar tareas repetitivas, complejas y demorosas pasó a resolvernos hasta la lista del supermercado, qué ropa ponernos para ir a una fiesta u oficiar de psicólogo ad hoc.

Tan rápido ha girado la rueda de la IA que ahora ya no está, por caso, para mejorar un texto sino para buscarle la vuelta hasta que la "humanidad" vuelva a ser parte de un escrito. Que no sea el resultado maquinal que deja migas obvias por todas partes: metáforas ñoñas, guiones largos, listas de tres elementos y esos malditos adverbios terminados en mente.

Tan preocupados están estudiantes (algunos, no muchos) y escritores en mostrar que lo suyo no es producto exclusivo de la IA que ex profeso escriben "mal". La clave, postulan, es evitar con cuidado los rasgos que suelen asociarse con la escritura generada por IA. La búsqueda es un texto que sea más real y auténtico, pero que cumpla su objetivo. Que quede fuera de toda sospecha, como si se temiera a un lector que fiscaliza todo lo que lee.

El mundo editorial está cada día más acechado por el uso indiscriminado de esta herramienta y son numerosos los casos donde la lupa se posa en autores sospechados de no haber sido los creadores de sus libros. Para despejar cualquier tufillo engañoso, hay escritores y escritoras que hoy le ponen un plus de esfuerzo para que la alarma no se encienda en el momento menos esperado. Lejos quedó aquello de potenciar la "voz propia" como síntoma de personalidad literaria, de sello inconfundible.

Los estudiantes, sobre todo los más chicos, desde el prompt mismo dejan explícito que en lo que se está pidiendo "no se note" la impronta de la IA. Sobrecargados como están, los docentes no pueden mutar en Agatha Christie para develar cuánto hay de propio y cuánto de artificial. Palo y a la bolsa, el pragmatismo ante todo.

En lo que más hincapié hacen sensatos periodistas y escritores respecto de la IA es que, más allá de todas sus bondades para corregir y sortear errores de todo tipo, es que la IA nunca va a tener ese "pulso" humano, la honda complejidad de los vínculos, por esos los textos resultantes suenan y sonarán demasiado prolijos, pero "sin alma".

«La inteligencia artificial está pensada para hacer cosas promedio. No puede generar una respiración nueva a la prosa, porque no la atraviesa la carne. No tiene deseo», teoriza Gabriela Cabezón Cámara, escritora que destaca por su prosa barroca, su ritmo poético y una mirada descarnada de todo y todos. Imposible de clonar por cualquier IA. Puro pulso y alma humanos, lo suyo.

A manera de providencial conclusión, digamos que no está en discusión la valía del recurso. En todo caso, que ni la precisión ni la prolijidad maten esa chispa única que todavía preserva la Inteligencia Humana (IH). Mal que nos pese, quizás por no mucho tiempo.

* El autor es secretario general de redacción del diario Los Andes. [email protected]

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