Por suerte están los bomberos luchando contra los incendios y los médicos y enfermeros luchando contra la pandemia. La entrega abnegada de esos combatientes resulta redentora en un país donde el escenario político acumula actuaciones deplorables y donde mucha gente no está dispuesta a la incomodidad del barbijo ni a privarse de fiestas ni amontonamientos donde sea, a pesar del riesgo de causar brotes que perturban la economía y producen angustia y muerte.
Cuando la sensatez resulta crucial, en la política parece librarse una competencia para ver quien habla y actúa con más irresponsabilidad.
El presidente y un ex presidente marchaban a la cabeza del desquicio argentino. Mauricio Macri mandó fotos paseando sin barbijo por la Costa Azul y en lujosos hoteles parisinos. Y Alberto Fernández, que a esa altura coleccionaba fotos sin barbijo ni distancia social, pasó al frente con una infidencia imperdonable: afirmar que en una conversación privada, sugiriéndole no hacer cuarentena, Macri le dijo “que mueran los que tengan que morir”.
Como si no alcanzara, el presidente cometió otro estropicio al decir que “a los argentinos les fue mejor con el coronavirus que con el gobierno de Macri”; insensatez que el aludido ex presidente no puede repudiar porque antes él había dicho que “el populismo es peor que la pandemia”.
Parecía haberse alcanzado el pico de la irresponsabilidad, pero apareció Eduardo Duhalde batiendo records de desequilibrio al anunciar un golpe de Estado.
De todos modos, que en una clase dirigente en la que prima la codicia y la mediocridad se digan barbaridades peligrosas, no sorprende. Lo que genera desolación es que mentes lúcidas y bien intencionadas se dejen arrastrar por la radicalización.
Luis Brandoni es un gigante de la actuación, de probada honradez y entrega desinteresada a la política, con intenciones que nadie puede poner bajo sospecha. Pero su inmensa calidad como artista y como persona no implica que aglomerar multitudes en el marco de una pandemia no sea peligroso. Lo es.
Aún con buenas razones y las mejores intenciones, se puede aportar al desquicio. Sería también el caso del matemático y escritor Guillermo Martínez, quien al referirse al oscuro desvarío de Duhalde, lo calificó en un twit como “una prueba más de que hay que dejar de reunirse y esperar nada de los enemigos, y gobernar con y para quienes le dieron el voto”.
Como científico pasó por los claustros de Oxford y como novelista escribió piezas memorables como “Crímenes imperceptibles”, “Acerca de Roderer” y “Los crímenes de Alicia”, además de lúcidos ensayos como “Borges y las matemáticas”. Pero el autor de esos libros estupendos, se pronunció en consonancia con una lucubración de usina propagandística aceitada con los axiomas del filósofo del neopopulismo Ernesto Laclau.
Esos laboratorios de fórmulas ideológicas fabrican argumentaciones para justificar la construcción de poder hegemónico, que excluye al “otro” demonizándolo. El pensamiento excluyente es antidemocrático porque convierte al adversario en “enemigo”, el término usado por Martínez.
En su mensaje, “reunirse” refiere a dialogar, pero suena menos duro. Semejante categorización del que piensa diferente y semejante propuesta para tratarlo (la exclusión cortando el diálogo) desembocan en una propuesta antidemocrática: “gobernar con y para quienes le dieron el voto”.
En democracia, quien gobierna no es el presidente de una parte de la sociedad, sino de la totalidad. La democracia es el gobierno de la mayoría que incluye (en lugar de excluir) a las minorías. El gobernante lo es de todos los ciudadanos y no sólo de quienes lo votaron. Sostener lo contrario es sectario.
El sectarismo y su matriz, la cultura autoritaria, no desaniman demasiado cuando se manifiestan en personajes decadentes que buscan algún rédito o porción de poder, ni en las mentes que abrazan ideologías con fervor religioso, o sea con fanatismo. Pero cuando aparecen en personas bien intencionadas y con talento y lucidez, resulta desolador.
El matemático que creó personajes entrañables como Arthur Seldom y describió el lado oscuro del autor de “Alicia en el país de las maravillas”, Lewis Carroll, seguramente actúa convencido. Pero su tuit no está a la altura de su enriquecedor aporte a la literatura ni de la ética que nadie le pone en duda.
Su tuit esgrime el tridente lucubrado en cercanías de Cristina para obligar a Fernández a no dialogar, atacar al “enemigo” y gobernar exclusivamente “con y para” los votantes de la vicepresidenta, que son quienes lo hicieron presidente a él.
Al tridente lo empuñan “torquemadas” kirchneristas para desangrar el desfalleciente “albertismo” y expulsar del entorno presidencial a gente valiosa como Gustavo Béliz, Vilma Ibarra y Santiago Cafiero.
Es el arma del “vamos por todo”, que esta vez empieza adentro del gobierno.
*El autor es Politólogo y periodista.