La moda que incomoda

Las tendencias políticas actuales de la opinión pública terminan haciendo retroceder el sistema a un estado pre-partidario, de facciones que dirimen sus diferencias desordenadamente en la virtualidad. Domina el chisme, fugaz y deformado. Y los grandes temas, especialmente el rumbo del país, quedan postergados. No es un indicio sano y habla de una sociedad enferma. Los partidos políticos, como la democracia, no son el mejor sistema, pero sí el mejor disponible.

Hay instituciones que parecen perder sentido en el sistema, en una trayectoria que va del carácter ornamental hasta ser percibidas como obstáculos, expresión de todo lo viejo, todo lo que está mal. El caso más representativo son los partidos políticos.

Las democracias modernas se estructuraron desde el inicio alrededor de partidos que organizaron el conflicto político: los tories y los whigs, antecedentes del conservadurismo y liberalismo británico; en ESTADOS UNIDOS los demócratas y los republicanos son la base de un sistema bipartidista; en nuestro país, desde el fin de la era del fraude, lo fueron el radicalismo y el peronismo.

Pero vivimos una era de vértigo, en la que el tiempo se acelera y el espacio se encoge por una virtualidad que lo está transformando todo, a partir de un eje que es la desintermediación: desde plataformas que desplazan comercios físicos, a ciudadanos que saltean los partidos políticos y conectan directo con un líder. Todo un cambio de época en el sistema político, que empezó a mostrar sus primeros indicios desde que OBAMA inaugurara en 2008 un modo de proselitismo electoral desde las redes.

No es casualidad que los partidos políticos sean las primeras víctimas sacrificiales de la nueva era. Tampoco los problemas que concita su sentencia de muerte, como se empieza a ver en varios países del mundo, especialmente en EUROPA y en INGLATERRA, con el surgimiento de facciones (más que partidos) de derecha extrema que desafían el statu quo. ARGENTINA no es la excepción, y hasta se podría decir que marcó tendencia allá por el 2001, cuando estalló una profunda crisis de representatividad.

Vamos a las consecuencias, hoy a la vista en lo que ya es una crisis política. Para entender mejor: los partidos políticos son la polea de transmisión del sistema; se grafica con la definición de CARLOS COSSIO: la democracia es el gobierno de la opinión pública a través de los partidos políticos. Son las instituciones que canalizan la tensión propia de un régimen democrático, su pugnacidad natural. En un movimiento casi dialéctico contribuyen a moldear la opinión pública, por definición de humor plástico y mutante. Y tienen algo más: aportan el cursus honorum que, aunque de manera imperfecta, tiende a proveer a una cierta escuela de formación política, previo a acceder a instancias de poder y decisión (basta ver el CONGRESO hoy, para notar la falencia).

Los partidos son entonces las cajas de resonancia para dirimir del mejor modo los conflictos, y adquieren más importancia en un mundo virtual dominado por la posverdad, que acrecienta las diferencias y sobre todo la irascibilidad de una opinión pública que es cada vez más impaciente, por aquello de la instantaneidad que las redes proponen como posible. Es así como ha devenido conversación fragmentaria y rumor, que por esencia es clandestino y termina haciendo retroceder el sistema a un estado pre-partidario, de facciones que dirimen sus diferencias desordenadamente en la virtualidad.

En este punto estamos. Domina el chisme, fugaz y deformado. Y los grandes temas, especialmente el rumbo del país, quedan postergados. No es un indicio sano y habla de una sociedad enferma. Los partidos políticos, como la democracia, no son el mejor sistema, pero sí el mejor disponible. Por algo la CONSTITUCIÓN NACIONAL los ordena: muchas veces la moda es lo que ha pasado de moda.

* El autor es abogado. Ex procurador del Tesoro de la Nación.

LAS MAS LEIDAS