La ciencia, un bien común al que no se puede renunciar

Cada aproximadamente una década volvemos a las aguas tormentosas en donde se pone en duda si la ciencia y desarrollo tecnológico es útil en el marco de otras necesidades.

La ciencia, un bien común al que no se puede renunciar
Desarrollo en ciencia y tecnología

Cada aproximadamente 10 años algo sucede, por lo cual empezamos a escuchar los cantos de las sirenas, que nos invitan a suicidarnos en temas de ciencia y tecnología.

Recuerdo siempre la travesía de aproximadamente 10 años de Ulises desde Troya hasta Itaca plagada de desafíos y distracciones. Inclusive existen relatos que van más allá de Ulises y trabajan con algunos protagonistas que sucumben al influjo del canto de las sirenas.

Tres hombres, según el mito, se enfrentaron al canto de las criaturas marinas: Ulises, que atado al mástil de su navío las escuchó, pero sobrevivió; Orfeo, que neutralizó su canto con su citara, algo tal vez vinculado con viejo dicho que se le atribuye al médico griego Esculapio, “Lo que te mata…te cura,” y Butes, compañero de Orfeo que simplemente se arrojó de la nave, siguiendo su voz hipnotizadora, se suicida.

Los cantos de sirena se enfrentan de diversas maneras. Lo que no es posible hacer en nuestra época, es elegir el suicidio. El acceso a la educación es un derecho, el conocimiento es soberanía y la ciencia es un bien común al que no se puede renunciar.

Cada aproximadamente una década y de la mano de gobiernos que se comportan como sirenas, volvemos a las aguas tormentosas en donde se pone en duda si la ciencia y desarrollo tecnológico es útil en el marco de otras necesidades. No incluyo en esa lista a la educación; creo que a pesar de lo que se dice por ahí, a nadie se le ocurre que no debe haber un sistema educativo robusto que permita el progreso de la sociedad asegurando mejores condiciones para el desarrollo humano.

Sin embargo, lo que sucede es como esa característica de los resortes y elásticos, que si se estiran nunca vuelven al mismo punto. Es un tira y afloje en donde al tirar de la cuerda hay cada vez más gente que no forma parte del “gremio de la ciencia y la tecnología” que arriesga una palabra de apoyo, o defiende algunos de los logros que hacen de nuestras vidas un poco mejores y más dignas: tratamientos contra el cáncer, vacunas, comunicaciones, alimentos de mejor calidad, textiles más eficientes, energía sin la cual sería imposible siquiera estar leyendo estas palabras...o mitigando las temperaturas a las que estamos sometidos durante el verano. Y si alguien dice que no sabe nada de estas cosas y de que las mismas están relacionadas con ciencia y tecnología nacionales, que me disculpen, pero no creo que sean sinceros.

Tal vez alguien piense que todo esto salió de desarrollos en el exterior o en el ámbito privado, pero no: sin ciencia y sin aplicación de esa ciencia no hay país. Parece raro tener que decirlo nuevamente, repetirlo y repetirlo, explicar que esto se mantienen solo porque se financian trabajos de investigación y en ese marco hay formación de becarios, que luego serán investigadores formados quienes, a su vez, en el futuro dirigirá nuevos becarios y así siguiendo una especie de cadena de producción científica que, si se corta no se arregla tan fácil.

Intentemos pensar por un momento cuánto dinero representa el sistema de ciencia y técnica en la Argentina. Intentemos visualizar cuál es la relación costo/beneficio y nos daremos cuenta de que no solo no mueve en absoluto la aguja de lo que podría ser un ahorro significativo, sino que no vale la pena romper algo que funciona, que da rédito, que produce beneficios, que nos identifica como especie, que nos permite hacer realidad sueños, que finalmente mejora nuestras vidas.

Tal vez debamos atarnos de pies y manos al mástil del navío para no ser arrastrados por estas voces que nos invitan a mejorar las cosas sino a suicidarnos en masa. Habría (y lo estamos haciendo) que manifestar a viva voz lo que hacemos, lo que han hecho otros y otras antes que nosotros para que estemos aquí; recordar que aquí, en Argentina, trabajaron y formaron becarios y becarias Cecilia Grierson, Bernardo Houssay, Florentino Ameghino, Luis Federico Leloir, entre muchos cuyos nombres son emblemáticos, nombres que todos conocemos y creemos, que todos admiramos. Ellos también nos están interpelando.

*La autora es doctora en Astronomía

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