Somos una cadena entrelazada de eslabones y nos cuesta tanto entenderlo. Décadas, siglos y no lo notamos. Un eslabón sostiene a otro y se sostiene por él, tan simple como eso. Pero seguimos dudando. Cuando comenzó la pandemia se mantuvo fuerte el mensaje: unidos o nada. Y luego aparecieron muchas otras versiones. La del barco fue sólo una de ellas, y detallaba que había personas viajando en un velero y otras, las más humildes, apenas flotando con un salvavidas. Cierto… y falso también.
Somos una cadena entrelazada de eslabones, sostengo. Una sencilla comparación para algo que se dice hace decenas de años con diferentes nombres. Que formamos parte de un universo interconectado, que todo lo que nos sucede tiene que ver con lo que hicimos nosotros y los otros y tantas más. Un eslabón sostiene al otro y nos sostiene, repito. El famoso (maldito) Covid-19 puso en evidencia esto.
Primero, intentamos mantenernos en aislamiento por nosotros, por el otro. Y la cuarentena funcionó a medias. Hubo eslabones que se salieron de la cadena. Unos tenían que trabajar (los más serios). Otros estaban aburridos, querían divertirse o no creían en la cuarentena o el virus. Se tejieron teorías de ovnis, comunismo, fantasmas… De todo. Ciertas o no, el tiempo dirá. Pero los eslabones se dispersaron y la cadena se rompió.
Luego vino el tiempo de la economía. “Coronavirus versus comida o necesidades básicas”. No supimos responder como cadena otra vez. El que no tenía tuvo que salir mucho más. Trabajar y sobrevivir. El que estaba en el medio, sostener a quienes lo necesitaban y sostenerse. Y quien tenía mucho, soportar la presión de mantener a decenas o a cientos de familias. Ganó la economía. No estamos en Europa, Estados Unidos o algunos países asiáticos.
Las salidas se repitieron más y más. El cansancio fue relajando a todos... Los eslabones se dispersaron y se fueron enfermando. La cadena estaba rota una vez más.
Y aun así, nuevamente somos una cadena con eslabones que se sostienen entre sí.
Las camas de las Unidades de Terapia Intensiva comenzaron a agotarse. Los médicos nos avisaron. Nos advirtieron. Pero nada se podía hacer, estaban el hambre y las necesidades de por medio.
En voz baja los expertos dijeron muy claramente: si la sociedad no se detiene, si no se cuidan, si no nos ayudan, no vamos a poder. Volvieron, entonces, las restricciones. Cierres de bares, de turismo interno, de gimnasios… Todo lo que ya se sabe. Y ahora tenemos que decidir cómo vamos a responder una vez más. ¿Lo entenderemos alguna vez?
Cientos de enfermos se suman todos los días pero cientos se recuperan. Los sanos, los que no tienen enfermedades de base, los que son mayores de edad, los que ya superaron el Covid-19 pueden donar. Un eslabón sostiene al otro. Pueden hacerlo con sólo llamar a los centros de hemoterapia. ¿Sería una utopía creer que si todos los que están en condiciones donan plasma y si el plasma llega a los enfermos que están graves las unidades de terapia intensiva se podrían desocupar mucho más rápido y así salir de la emergencia? No lo es.
Hasta el momento y en Mendoza el plasma (que es un tratamiento experimental) no ha generado ninguna contraindicación. Ayudó a los pacientes que fueron alcanzados a tiempo. Un grupo no evolucionó, a ellos les llegó demasiado tarde.
Fuimos una cadena de eslabones que debían quedarse en casa aislados durante un tiempo y algo logramos en ese momento.
Luego fuimos otra cadena cuando nos pidieron y pidieron que usáramos el barbijo y algo logramos también. Pero nada fue suficiente.
Ahora la cadena tiene que ser verdaderamente fuerte. Pensar en uno, pensar en el otro más que nunca. Sostener la cadena con todas las fuerzas. Estamos en el mismo barco porque en este momento -que es crítico- no se analiza la economía o la política o el más allá. ¡Es la vida! Sólo eso. No es tiempo de dudar. El que pueda hacerlo tiene que donar. Por amor, por deber, por lo que sea. Lejos del pensamiento naif me atrevo a decir que se acabó el tiempo de las mezquindades. Se terminó. El famoso (y maldito) Covid-19 también vino a demostrar eso.