Resulta que el coronavirus nos ha cambiado tanto la bocha que ya no somos los que éramos. Hemos aprendido algo muy importante, a estar con nosotros mismos. Esto le viene bien a aquellos que se llevan bien con sí mismos, pero puede ser torturante para aquellos que se llevan mal.
Hemos tenido que pasar cinco meses acompañados por lo que tenemos adentro y eso, más allá de recuerdos plácidos, puede llevar a un examen de conciencia que realmente nos afecte.
Porque el tipo, al revisarse, puede llegar a la conclusión de que es alguien muy lejano a lo que una vez planeó, y esto lo puede hacer incursionar en los complejos. Los complejos son malos salvo el complejo del Chocón Río Colorado.
Pero hay otras cosas que nos ha enseñado el virus. Por ejemplo, a hablar o a respirar con el tapabocas puesto. No es lo mismo: tenemos como un filtro delante de la cara que no permite la buena transmisión de aire y entonces cuesta respirar con normalidad, cuesta hablar con normalidad, porque ambas cuestiones se deforman.
Una de las cosas menos deseadas es estornudar con el tapabocas puesto, es algo que nos agrede en vez de aliviarnos.
Y no nos quedemos con esto, resulta que el virus, cuando se declara nos hace perder el olor y el sabor y esto ya es el colmo de delicado.
El sabor es el que nos hace apreciar las características de cualquier ingesta. Saboreamos un pancho, saboreamos una mollejita bien asada, saboreamos un chocolate, saboreamos todo lo que se nos ponga a boca. Es uno de los placeres del tipo. Lo llamamos “el gusto” porque es gustoso sentir esa sensación que nos hace encontrarle el lado positivo a la vida. ¿Cómo hacemos para darnos cuenta si le falta sal a la comida?¿Cómo nos damos cuenta de si le hemos puesto mayonesa al carlito? ¿Cómo hacemos para apreciar si le hemos puesto azúcar al café?
Es un serio inconveniente que trae aparejado este bichito que nos tiene en jaque, con perdón de nuestro exgobernador. Tendría que estar gobernándonos él porque nunca antes como ahora hemos estado tan en (Celso)Jaque.
Pero no se queda con eso, también nos afecta el sentido del olfato y eso es un inconveniente difícil de sobrellevar porque se nos alejan los olores, los olores quedan en blanco y uno no sabe si está oliendo un perfume de 15 lucas o el desprendimiento de un inodoro. No podemos distinguir.
Llegamos a casa y hay una pérdida de gas (lo digo para hablar de pérdidas): ¿cómo hacemos para darnos cuenta si tenemos el naso que no funca? Es muy difícil.
Y ambos impedimentos están ligados porque por ejemplo, cuando uno va a la cancha -otra de las actividades que tenemos vedadas-, el olor de los choripanes que pueblan toda la zona es lo que nos lleva a comprar un choripán. Entonces entra en juego el gusto. El gusto fue atraído por el olor y entonces uno entra a las tribunas a ver como lo golean a su equipo favorito totalmente satisfecho con lo que se ha mandado para adentro.
Son varias las cosas de las que nos ha privado este asuntito microscópico que nos tiene acorralados. Pero perder el gusto y el sabor son dos tópicos realmente incómodos de carecer. A ver si todavía el bicho nos quita el placer sexual... ¡sería el colmo!