29 de junio de 2026 - 01:00

Gloria y ocaso del primer, último y único mileista virgen

Podrán los hermanos Milei haber sostenido durante cien eternos días a un Adorni insostenible por los más diversos temores. Porque temían que después fueran por ellos, porque temían que denunciara cosas inconfesables, porque temían perder autoridad política, y la lista sigue. Pero también puede haber existido una razón más psicoanalítica: la de no querer destruir al único ejemplar de mileista políticamente virgen de la "vieja política" que pudieron crear, aunque a la postre haya resultado un Frankenstein

Javier Milei hizo todo lo que pudo para sostener a Manuel Adorni, hasta la sobrehumano. Lo que pasa es que el presidente no lo puede todo, como a veces él mismo parece creer. Y sostener a este personajillo era, efectivamente, una tarea más que sobrehumana, imposible desde el punto de vista en que se lo mire. Su cargo estaba tan, pero tan encima de su capacidad, su talento, su experiencia, su experticia, que el milagro es que haya llegado hasta el tercer partido mundialista de la selección argentina luego de cien días de sangría y agonía ininterrumpidos.

Mauricio Macri se lo advirtió a Javier Milei en la ya legendaria cena en Olivos del 31 de octubre de 2025 cuando el presidente le anunció al expresidente que había designado nuevo jefe de gabinete a Manuel Adorni. Macri le dijo que era una locura, que el hombre carecía de experiencia y que, además, su nombramiento solo agrandaría las diferencias internas de su gabinete porque a las causas previas de las disputas entre los cortesanos del palacio monarco-presidencial, se le agregaría una aún mayor: la incapacidad del recién nombrado para poder contener o equilibrar o moderar nada entre funcionarios que más allá de sus pugnas entre sí, todos, absolutamente todos, se consideraban (y lo son definitivamente) políticamente superiores a Adorni, mejor dicho, ni siquiera consideraban políticamente existente a Adorni, excepto por el apoyo de los hermanos presidenciales.

Desde ese día la advertencia, el consejo, el reproche o como usted lo quiera llamar de Macri a Milei sobre Adorni se convirtió en profecía de características casi bíblicas, en el inicio de la crónica de una muerte política anunciada, que se cumplió como si se tratara de una tragedia griega.

Lo cierto es que desde ahora el flamante “ex” jefe de gabinete ya es historia. Y que el costo políticamente millonario que le costó al presidente mantenerlo en su cargo a partir del día en que se comenzó a descubrir la vida ostentosa del funcionario, no lo será tanto porque hoy por hoy Milei tiene capital con qué afrontarlos, ya que su desgaste por sostener al insostenible no irá a engrosar las arcas de nadie porque sigue sin tener a nadie que hoy pueda enfrentarlo en su eventual reelección.

Sin embargo, a juzgar por la personalidad de Javier Milei, el presidente en estos momentos debe ser un manantial repleto de furia contenida en su mente (ya lo expresará también públicamente como es previsible) arrojando rayos y centellas contra el mundo entero, en particular contra esos seres degenerados de la raza humana como son los periodistas… pero también contra Macri… pero también contra la Pato…. pero también contra la inmensa mayoría de los suyos que el sábado pudieron ver a Messi felices y contentos, ya sin el lastre adorniano.

Y, también, a juzgar por la personalidad compartida de los hermanos Milei (porque como venimos diciendo, Javier y Karina son dos en uno o uno en dos, sobre todo en los momentos críticos), aparte de la bronca, la decepción debe ser tremenda porque con Adorni sucumbe la única criatura nacida del vientre simbólico de tan extraña simbiosis fraternal. Podríamos decir, el único mileista de base, de origen, que no vino políticamente de ningún otro lado como sí vienen prácticamente la totalidad de los colaboradores principales de este gobierno nacional.

Nunca fue del PRO como la mayoría de los integrantes del gabinete de Javier ni del menemismo como la mayoría de los colaboradores de Karina, ni de partidos aliados, ni un converso, hasta podríamos decir, ni siquiera necesariamente un arribista, aunque se terminara comportando como tal. Lo máximo que pudo haber sido fue un buscavidas por necesidad. Pero también era un hombre común, como hay millones, lo que pudo haber sido su inmenso capital político si Adorni no se hubiera mareado al subir.

Como Javier Milei, aunque ni con un milésimo de su envergadura, provenía de los márgenes, sobre todo de los televisivos (Javier actuaba en programas bizarros, Manuel fungía de periodista económico sin brillo alguno cuya única distinción era siempre terminar con la palabra FIN). También ambos trabajaron en asesorías empresariales, aunque alejadas de todo poder decisorio. Y, además, los dos solían arrimarse a los márgenes de la política. Es cierto, también, que a diferencia de Javier que tenía una posición económica previa mediana (llegó a sortear su sueldo de diputado), Miguel nunca tuvo un céntimo hasta llegar al gobierno, por más juegos criptos que, en su desesperación final, se inventara haber jugado (y ganado) alguna vez, ni por más herencias familiares que adujera, de esas con que el 99% de los funcionarios sospechados suelen justificar los gastos injustificables, porque en su caso el padre si algo le dejó fue deudas.

Vale decir, era una criatura indefensa, mediocrona y medianamente fracasada, sin pasado político, sin talento conocido ni por conocer. Alguien que no parecía querer ni parecía tener posibilidad alguna de disputarle el poder a nadie y, por ende, dispuesto a obedecer sin condiciones y sin límites, dentro -claro- de las limitaciones personales propias. Alguien ideal para un experimento político crucial que requería esa pareja que había llegado al poder máximo del país por muchos méritos propios, pero con toda gente prestada porque desde que ganaron los hermanos Milei existen en la cima del poder (y vaya si existen) pero lo que nunca existió es el mileismo expresado en cuadros propios, porque, así como hoy tantos se llaman mileistas, mañana se llamarán con el nombre del nuevo dueño del poder. Algo usual en la disgregada política argentina actual. Pero en el caso de los Milei peor, mucho peor, porque llegaron sin un partido propio, ese al que desesperadamente la hermana Karina intenta crear apoyándose en la experticia de los menemistas afines (a buen árbol fue por leña).

Manuel Adorni, en cambio, a diferencia de todos los demás que se decían mileistas, era el político creado total y absolutamente por ellos dos, desde la nada, aunque a la postre resultó -en tanto creación ex nihilo- más parecido a la criatura de Frankenstein que a Adán y Eva, pero eso al principio -como también le pasó al doctor Frankenstein- los hermanos Milei no lo sabían.

La criatura se inició en los avatares de su nuevo mundo usando sus escasas dotes periodísticas para devenir, no obstante, un discreto vocero presidencial que defendía a ultranza al gobierno con un énfasis digno de elogio. Después del desastre de la vocera del aún más desastroso Alberto Fernández, Gabriela Cerruti, a Adorni se lo llegó a comparar con Carlos Corach cuando todas las mañanas éste recibía, durante el gobierno de Menem, a todos los periodistas sin escatimar respuestas. Con la única -y no menor- diferencia de que Corach todo lo comunicaba con firmeza, pero sin ironía ni soberbia ni falta de respeto. Mientras que, aun siendo el intermediario del gobierno con los periodistas, Adorni imitaba a su jefe máximo en su agresividad con los comunicadores. Lo cual (a diferencia de Corach) le restaba simpatía ante sus interlocutores, pero le acumulaba poder hacia arriba que era lo único que le interesaba. Pero, seamos sinceros, también supo lograr un conocimiento público interesante al aparecer tanto y al contestar -mejor o peor, con buen o mal estilo- todas las preguntas, por lo que podríamos decir que como vocero le fue políticamente bien.

Allí nació la gran esperanza virgen de los hermanos Milei: estaban engendrando un mileista puramente mileista, alguien no solo totalmente dependiente de ellos, sino absolutamente creado por ellos. Sumiso y obsecuente como a ellos les gusta. Y leal porque no podía ser otra cosa, siempre que no le exigieran una dote de la que carecía: la valentía. Entonces, se lo imaginaron a Manuel, si lo llevaban al triunfo, como el inicio de una raza de mileistas vírgenes, o sea no provenientes de la vieja política ni de ninguna política, sino del nuevo mundo que los Milei estaban creando para la Argentina y para toda la humanidad.

Tomaron entonces una decisión audaz, utilizarlo como candidato en la Capital Federal para socavar lo más posible a las Macri en su bastión central, en el corazón de su poder. Doble carambola: Javier mataba a su padre político utilizando como arma para el asesinato a su hijo político. Una elección cargada del máximo simbolismo.

De allí en adelante, en la expectativa creacionista de los hermanos Milei, todo iría de mejor en mejor con Manuel. Ya tenían un candidato “propio propio”, políticamente un hijo de sangre para gobernar la Capital en 2027 sin necesidad de recurrir a gente como Patricia Bullrich que nunca jamás será de nadie más que de sí misma.

Por su lado, Adorni, que desde el primer momento había aceptado de buen grado su adopción por los hermanos Milei como primer hijo de una larga lista de mileistas políticamente vírgenes, no sólo se imaginaba jefe de gobierno, sino también, después de la segura reelección de Javier, su probable reemplazo presidencial si Karina así lo quería. El mundo era enteramente suyo, aunque desde el primer momento que supo que había sido adoptado como hijo político de una pareja de hermanos políticamente millonaria, se dedicó a gastar a cuenta, no tanto por ambición de enriquecimiento excesivo como hacen los políticos corruptos de la casta, sino para ponerse a tono con su nuevo destino. No podía seguir siendo un pobretón entre ricachones.

Sin embargo, todos esos sueños de padres e hijos eran más o menos inofensivos hasta que se cometió el tremendo, horrible, gravísimo error político de nombrar jefe de gabinete (o sea, un cargo constitucional que de hecho implica ser, si no un primer ministro, cuando menos el jefe del resto de los ministros, el primus inter pares) a Manuel Adorni. Ese fue el principio del fin. Primero (y retornamos a la profecía de Macri del 31 del día de la cena con milanesas) por la total incapacidad del hombre para ese cargo y segundo, porque lo ponían al mando de un gabinete donde todos eran económicamente más ricos que él, políticamente más experimentados que él, intelectualmente más formados que él. Y la lista podría seguir. Pero el hecho es que éstos jamás lo respetarían por sí mismo (como sí lo hacían con su antecesor Francos) sino solo porque lo designaron los Milei.

El solo hecho de haberlo nombrado indica que los Milei no entendieron del todo estas valoraciones de sus principales espadas frente a la designación de Adorni, pero mucho menos lo entendió el susodicho que estaba convencido de ser un hijo de la providencia. Y actuó en consecuencia.

Bastó un pequeño detalle para que la tragedia comenzara. Apenas que Adorni, ya siendo jefe de gabinete llevara de colada a su esposa en un vuelo oficial. No era un pecado mayor, pero se transformó, por obra del inevitable destino, en la punta del ovillo para desenredar toda la madeja de los gastos desproporcionados con su patrimonio declarado que Adorni había efectuado desde que supo que los Milei lo habían designado simbólicamente como el primer hijo de una multitudinaria generación de mileistas vírgenes de toda política anterior a la única verdadera, la mejor de toda la humanidad, la que se inició con la era Milei.

Adorni era el primero, de millones que vendrían, de políticos no solo anticasta sino también antipolíticos. Además, tenía una virtud enorme que lo sumaba a esa nueva especie mutante y en gestación de la nueva política antipolítica: era, de todos los funcionarios importantes de Milei el único que tenía todas las características del hombre común (del “uomo qualunque”), vale decir, no estaba corrompido con la vieja política porque no había estado nunca en ella salvo quizá, marginalmente, como su jefe máximo, pero además, no tenía un mango partido en dos, como la mayoría de los hombres comunes a los que debería representar.

O sea, no tener experiencia política previa, y ser un hombre sin más recursos económicos que la gran mayoría de los argentinos, eran dos colosales instrumentos para el crecimiento político de un recién llegado a las cosas del poder, si éste contaba con inteligencia y ambiciones en serio.

Pero resulta que el personaje no lo entendió así. Apenas lo nombraron vocero y mucho más cuando lo nombraron candidato y muchísimo más cuando lo nombraron jefe de gabinete, solo se ocupó de parecerse lo más posible a los políticos tradicionales. Y para eso empezó a gastar todo el dinero necesario para cuando menos poder invitar a comer a sus ministros subordinados a una casa digna (no de medio pelo como la que tenía) o un country con sábanas de nivel y piletas con cascaditas. Dinero que, no seamos hipócritas, como el mundo entero sabe, lo consiguió enteramente todo recién desde que empezó a formar parte de la casta política que venía a destruir desde adentro, según querían sus padres políticos. No es que fuera mucha plata. En relación a la casta con la que se quería comparar, eran solo monedas, pero en relación a lo que fue Manuel toda su vida anterior era una fortuna enorme, como lo sería para cualquiera de los hombres comunes a los que pertenecía antes de ser adoptado por los Milei.

En palabras más religiosas, como un Judas que no traicionó a Cristo sino a sí mismo, vendió la posibilidad de la gloria por cinco denarios. Un hombre sin experiencia política pero con vocación para ella, hubiera aprovechado su precaria situación económica previa para presumir de ser el ejemplo viviente del nuevo político mileista. Pero en vez de enorgullecerse de una de sus principales ventajas personales para expresar esa nueva política, se avergonzó de ella y comenzó a juntar todo el dinero que pudiera para graduarse de casta. Tan torpe fue su objetivo como su instrumentación que se lo descubrió en un santiamén, con un lujo de detalles que da vergüenza ajena la precariedad de su desfachatez.

Por eso es incomprensible que los Milei hayan utilizado tanta agua para apagar tan poco fuego, cuando nada de esto hubiera ocurrido si lo hubieran despedido apenas empezaron a desnudarse todas sus pequeñas andanzas de corruptillo menor. Pero no lo hicieron -entre otras razones- porque sin él se venía abajo el modelo de político que ellos tenían en mente y que Adorni expresaba a la perfección. Lo que indica que Javier Milei podrá ser o no un exitoso presidente, pero no es un buen gestor de mileistas puros. Tampoco su hermana. Lamentablemente, por su modo de haber llegado al poder, tendrán que conformarse en gobernar con gente que -casi en su totalidad- viene de la vieja política para incorporarse a la nueva... hasta que aparezca otra más nueva.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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