Durante los últimos años, buena parte del debate educativo se concentró en una pregunta casi excluyente: ¿celulares sí o celulares no en la escuela? La discusión es necesaria, por supuesto. Los dispositivos modificaron la vida cotidiana de las aulas, alteraron los modos de comunicación, multiplicaron las interrupciones y pusieron a docentes y familias frente a una escena nueva. Sin embargo, tal vez el problema más profundo no sea la pantalla en sí, sino aquello que las pantallas hicieron visible: la dificultad creciente para sostener la atención.
Hoy no se trata solo de evitar que un estudiante mire una notificación mientras el docente explica. El desafío es más amplio: entrenar la atención. Fomentar el desarrollo de habilidades para que niños y adolescentes (y algunos adultos, también) fortalezcan la concentración, la comunicación, la comprensión, la reflexión, el pensamiento. ¿Cómo enseñar a esperar? ¿Cómo enseñar a escuchar una idea hasta el final? ¿Cómo enseñar a leer un texto extenso sin abandonarlo en el segundo párrafo? ¿Cómo enseñar a conversar sin responder de inmediato, a tolerar el silencio, a revisar una consigna, a volver sobre una frase, a pensar antes de contestar?
Atención y aprendizaje
La atención suele pensarse como una condición previa para aprender: si un chico atiende, aprende; si no atiende, no aprende. Pero quizá necesitemos invertir esa lógica. La atención no es solo un punto de partida, también es una habilidad que se construye. Se educa, se practica, se acompaña. Nadie nace sabiendo sostener la concentración durante una lectura compleja, participar de una conversación argumentada o resolver una tarea que exige varios pasos. Eso también forma parte del aprendizaje.
Vivimos en la cultura de la celeridad. Las plataformas compiten por nuestra mirada, los mensajes demandan respuesta inmediata, los videos se acortan, las conversaciones se fragmentan, la lectura se saltea, el aburrimiento se evita y el silencio parece una incomodidad. En ese contexto, pedir atención como si fuera una obligación moral no es suficiente. Hay que enseñar cómo se hace. La atención se entrena, se puede trabajar. No como una receta mágica ni como una moda, sino como un ejercicio cotidiano.
Un primer paso es hacer visible la atención. Muchas veces los chicos no saben qué significa atender. Creen que atender es mirar al docente o no hablar. Pero atender implica involucrarse con el aquí y ahora. Es preguntarse: ¿entendí lo que leí?, ¿puedo repetir la consigna con mis palabras?, ¿qué parte me resultó difícil?, ¿en qué momento me distraje?, ¿qué estrategia puedo usar para volver? Enseñar atención supone ponerle palabras a esos procesos.
Es necesario crear rituales de inicio. Antes de leer, escribir o trabajar en grupo en la escuela se pueden dedicar dos o tres minutos a preparar la mente para la tarea: ordenar materiales, anticipar el propósito, leer la consigna completa, respirar, hacer silencio, formular una pregunta inicial. Son gestos pequeños, pero ayudan a marcar una transición entre la dispersión y el trabajo intelectual.
En relación con la lectura, es importante enseñar a abordar textos extensos, acompañando y modelizando ese recorrido. Muchos estudiantes no rechazan la lectura porque no les interese, sino porque no tienen estrategias para sostenerla. Dividir un texto en tramos, hacer pausas para reconstruir sentido, subrayar ideas clave, anticipar hipótesis, conversar sobre lo leído y volver sobre fragmentos difíciles son modos concretos de entrenar la atención lectora.
Otro aspecto fundamental es recuperar la conversación profunda. En tiempos de respuestas rápidas, poco reflexivas, conversar también necesita entrenamiento. Escuchar sin interrumpir, esperar el turno, retomar lo que dijo otro, disentir con argumentos, hacer preguntas, cambiar de opinión: todo eso educa la atención y enseña a pensar con otros.
También es clave diseñar momentos sin multitarea. No todo puede hacerse al mismo tiempo. Hay momentos para buscar información, momentos para producir, momentos para debatir, momentos para usar tecnología y momentos para dejarla a un lado. La atención se fortalece cuando los adultos ayudan a los más pequeños a distinguir esos tiempos. Usar tecnología con sentido también implica saber cuándo no usarla. Las familias, en este punto, tienen un lugar fundamental, en el fortalecimiento de prácticas y desarrollo de hábitos que distingan momentos y tareas: lectura compartida, comidas sin pantallas, conversaciones sin interrupciones, horarios de descanso, espacios para aburrirse, juegos que requieran espera, tareas que demanden continuidad. La atención no se entrena solo frente a un cuaderno; también se cultiva en los hábitos cotidianos.
Entrenar la atención como forma de inclusión
Educar la atención también es una forma de inclusión. Porque no todos los chicos llegan a la escuela con las mismas condiciones para concentrarse, leer, esperar o autorregularse. Algunos viven en contextos de sobreestimulación permanente; otros, en hogares donde no hay espacios tranquilos para estudiar; otros atraviesan situaciones emocionales, familiares o sociales que afectan su disponibilidad para aprender. También hay estudiantes con dificultades específicas vinculadas con la atención o con funciones ejecutivas que necesitan apoyos concretos, no simples llamados de atención. Por eso, cuando hablamos de entrenar la atención, no hablamos de disciplinar cuerpos quietos ni de volver a una escuela rígida, silenciosa y obediente. Hablamos de ofrecer herramientas para que cada estudiante pueda estar más presente en lo que hace. Atender no es quedarse inmóvil. Atender es poder orientar la mente hacia una tarea, sostenerla durante un tiempo, volver cuando uno se distrae, escuchar a otro, organizar una respuesta, leer con profundidad, regular el impulso de abandonar. El punto no es idealizar el pasado. Antes también había distracciones, desinterés y dificultades para concentrarse. Pero hoy la distracción tiene una arquitectura mucho más sofisticada. Está diseñada, medida, personalizada y disponible todo el tiempo. Por eso, el ámbito educativo no puede responder únicamente con prohibiciones o regulaciones de uso de pantallas. Se necesita construir una pedagogía de la atención.
Quizá uno de los grandes desafíos educativos de este tiempo sea enseñar algo que parece simple, pero no lo es: permanecer. Permanecer en una lectura. Permanecer en una conversación. Permanecer en una pregunta. Permanecer en una tarea aunque no produzca gratificación inmediata. Permanecer lo suficiente como para que aparezca el pensamiento. En una época que empuja a pasar rápido de una cosa a otra, educar la atención es enseñar a detenerse. Y detenerse, hoy, puede ser una de las formas más profundas de aprender.
* La autora es especialista en innovación educativa.