Enero llega como un umbral, como chispa, inicio del movimiento, el punto donde la historia se reinicia, como una suerte de página en blanco esperando los trazos que darán forma al año, con la posibilidad de escribir un relato nuevo, cargado de emociones, experiencias y aprendizajes.
El aire se llena de proyectos, de la urgencia por empezar. Enero no es sólo un calendario renovado, es la invitación a lanzarse al vértigo de lo que todavía no existe –con la memoria de lo vivido-, es la energía que empuja hacia lo desconocido. Sin embargo, es importante detenerse, hacer un recuento, respirar y volver a barajar. El desafío está en mantener a lo largo del año éste impulso restaurado.
Es tiempo de hacer balance, de reconocer lo vivido y lo aprendido, y de permitir que la pausa se convierta en un descanso merecido. En medio de las exigencias del entorno laboral, la pausa se vuelve una especie de vacaciones interiores: un espacio para recuperar el equilibrio, agradecer lo transitado y abrirse con calma a lo que vendrá.
El comienzo del año nos invita a detenernos, nos recuerda que el equilibrio no está solo en lo que logramos, sino en la capacidad de pausar. La pausa es un silencio que nos devuelve al centro, un respiro que prepara el inicio de un nuevo ciclo.
El equilibrio no es solo físico, sino también emocional, un estado de armonía que dignifica la pausa y la convierte en un viaje interior, de introspección, esto es reflexión sobre el tiempo vivido, invertido. Un balance es mirar en lo transitado, los aciertos, errores y aprendizajes.
Tal vez allí en esa pausa, encontremos la respuesta al dilema ¿vivir para trabajar o trabajar para vivir?, ni vivir para trabajar, ni trabajar para vivir; sino aprender a habitar el equilibrio entre éstos.
En la vida, el equilibrio no es solo una meta, sino un camino. Encontrar el balance entre lo que damos y lo que recibimos, entre el movimiento y el descanso, nos permite vivir con mayor plenitud.
La pausa —como unas vacaciones— no es ausencia, sino una presencia distinta: un espacio para respirar, observar y reconectar con lo que realmente importa. Es el recordatorio de que el descanso también es productividad, porque nos devuelve energía, claridad, alegría y dirección.
Tomarse un tiempo es un acto de cuidado propio, en un mundo agitado y estresado. Es abrir un paréntesis en la rutina para volver renovados, con la mente más ligera y el corazón más sereno. Hacer foco en el aquí y ahora, para proyectarnos con más fuerza hacia el futuro, que por momentos es incierto, pero nos mueve a avanzar.
Es importante ser realistas con el tiempo, establecer metas pequeñas pero posibles, alcanzables, y que cada una de ellas se transformen en un paso concreto. Las metas deben estar alineadas con el bienestar y no sólo la productividad.
Es síntesis, para comenzar el ciclo con motivación y claridad, consideremos algunas claves para renovar las metas y encontrar equilibrio en el nuevo año.
- Revisar lo logrado y detectar lo pendiente.
- Redefinir prioridades y metas.
- Ajustar expectativas y definir acciones concretas.
- Celebrar logros parciales.
- Ejercitar la desconexión digital.
- Desaprender la productividad constante.
- Dignificar el descanso como necesidad vital.
- Resignificar el ocio como derecho y no cómo pérdida de tiempo.
- Considerar el cuerpo como brújula del equilibrio, entre el descanso y el deseo.
- Pausar, detenerse entre lo que fue y lo que vendrá.
* La autora es doctora en Educación, docente investigadora de la Facultad de Derecho y de la Facultad Filosofía y Letras. Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. mail: [email protected]