8 de enero de 2026 - 00:20

Millones de moscas no pueden equivocarse

Dicen que millones de moscas no pueden equivocarse. "El tiempo de las moscas" puede tener su público, su nicho, su algoritmo complaciente. Pero para algunos que todavía creemos que el audiovisual puede ser algo más que un producto de consumo rápido, la serie se parece demasiado a eso que uno prueba por compromiso y no se vuelve a servir.

¡Feliz Año nuevo!!

El 1 de enero, cuando el cuerpo todavía acusa recibo de copas y bailongos, nos sentamos frente al televisor con mi esposa. Cómodos. Esperanzados. Con esa mezcla de ingenuidad y militancia que implica elegir contenido audiovisual local, apostando —una vez más— por un sector cultural que en los últimos tiempos viene castigado, precarizado y, aun así, sorprendentemente resiliente. Netflix ofrecía El tiempo de las moscas, recién estrenada y dijimos: ¡veámosla!

Elencos que prometen(?)

Había razones para la expectativa. El elenco, encabezado por Nancy y Carla, invitaba a creer. El texto de Claudia sugería espesor literario. La dirección compartida entre Ana y Benjamín, alternándose capítulo a capítulo, sonaba a riesgo creativo. Y la producción de Vanesa aportaba ese toque de profesionalismo con buenos antecedentes. (El lector sabrá ponerle apellido a cada nombre del staff, porque tampoco es cuestión de subrayar obviedades.) Todo parecía alineado para una experiencia digna, al menos respetable.

Cuando la ilusión dura menos que el espumante abierto

La desilusión fue grande. No inmediata, en cómodas cuotas. Actuaciones pretenciosas, personajes que parecen más preocupados por el Martin Fierro que de su humanidad. Un relato que, como bien señala Diego Batlle en Otros Cines, “quizás funcione bien en términos literarios, pero no tanto en el terreno audiovisual, donde por momentos luce demasiado recargado y forzado”. Y cuando el relato se fuerza, el espectador se cansa. Y cuando se cansa, mira el celular. Y cuando mira el celular, la batalla está perdida.

Thelma, Louise, tan lejanas

Batlle también afirma que “el guion seduce desde el humor y hasta con un espíritu propio del cine de aventuras a la Thelma & Louise, con dos mujeres en busca de la libertad”. Noble intento. Pero poco tiene que ver esta miniserie con la brillante obra de Ridley Scott, con las inolvidables actuaciones de Susan Sarandon y Geena Davis. Compararlas es asumir que todo lo que pasa por una cocina pertenece a la misma categoría.

Uno entiende, claro, a los muchachos de la crítica en CABA. Hay cierta benevolencia porteño centrista estructural para no quedar mal con el starsystem del audiovisual. Nadie quiere cerrarse puertas, nadie quiere ser el aguafiestas del cóctel posterior a la redcarpet sudaca. Entonces se escribe con algodones en el teclado, se sugieren virtudes donde apenas hay pretensiones y se llama “riesgo” a lo que muchas veces es simple desorden.

Plataformas fast food y cultura cajita feliz

Dicho esto, y al menos para mí, la experiencia deja una sensación incómoda. Dan más ganas de ir a leer un buen libro —de esos que no necesitan tráiler promocional— o de volver a ver las abundantes y excelentes joyas del cine nacional que ya existen, que perder el tiempo en estas plataformas fast food, más preocupadas por el negocio que por el contenido. Un business del que también participan ciertos cipayismos culturales, obnubilados por el cash y los espejitos de colores que se promueven desde la N mayúscula fundada por Hastings.

Moscas, gusto y consenso

Dicen que millones de moscas no pueden equivocarse. Moscas insistentes, molestas, que incomodan siempre; moscas que uno siempre preferiría evitar. El tiempo de las moscas puede tener su público, su nicho, su algoritmo complaciente. Sin dudas habrá gente que guste de esto y recomiende el contenido: Respetable y sobre gustos no hay nada escrito. Pero para algunos que todavía creemos que el audiovisual puede ser algo más que un producto de consumo rápido, la serie se parece demasiado a eso que uno prueba por compromiso y no se vuelve a servir: -No gracias, no tengo hambre. Todo bien con el Año Nuevo, pero algunas propuestas ya nacen viejas.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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