El efecto marginal de los desplazados

En el caso de Cristina, la pirueta de erigirse como principal opositora de su propio Gobierno ya está en marcha.
En el caso de Cristina, la pirueta de erigirse como principal opositora de su propio Gobierno ya está en marcha.

En el caso de Cristina, la pirueta de erigirse como principal opositora de su propio gobierno, ya está en marcha. Alberto va siendo desplazado de la escena central del poder.

Una resistencia persistente camina las calles del país, en medio de restricciones sanitarias que se dictan y se incumplen. Son conflictos fragmentarios, con consignas políticas que sólo coinciden, en última instancia, en enrostrarle al conjunto de la política -por motivos disímiles y contradictorios- el saldo trágico de la pandemia y sus efectos económicos.

El agro encrespado en San Nicolás, prevenido frente a políticos de cualquier color. Las voces opositoras rodeando el Obelisco. Alberto Fernández en Tucumán, otra vez fugitivo de protestas reprimidas en actos protocolares. La presión de las organizaciones oficialistas en Plaza de Mayo hostigando al Presidente porque no le franqueó la impunidad a Milagro Sala. Y la izquierda dura ganándole el espacio de los piquetes a los gerentes de la pobreza contratados por el Gobierno.

La misma turbulencia de la calle continúa en la deriva del discurso público. Desde las segundas líneas de la escena política, el coro ha comenzado a subir el tono de las diatribas.

El jefe de gabinete de Alberto Fernández, Santiago Cafiero, acusó a la oposición de inducir una mirada del país como si fuese un detrito sin ninguna expectativa de futuro. Su par en el gabinete de Axel Kicillof subió la apuesta calificando como “nazis” a quienes critican la gestión de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad -y exabogada de Milagro Sala- incluyó a los adversarios del Gobierno en el marco de una reacción “autoritaria, racista y misógina de las elites”.

El tiroteo verbal también incluye devoluciones. El jefe de los diputados del PRO, Cristian Ritondo, le contestó a Cafiero que es este gobierno el que convirtió al país en una excrecencia. Y el diputado cordobés Luis Juez -sin remilgos de investidura- le reprochó en los peores términos al Presidente por lo que el legislador considera una gestión onanista de las vacunas.

El clima de hostilidades no se limita a las declaraciones. Contra Mauricio Macri, el oficialismo descargó metralla judicial. A la quiebra del Correo Argentino, le sumará la del grupo Socma. Y si el expresidente pensaba tener suficiente con la persecución de las más de 150 causas penales que resolvieron iniciarle, el nuevo ataque tiene derivaciones diplomáticas similares a la acusación que ya le hicieron por sus gestiones ante el FMI.

El kirchnerismo quiere juzgarlo ahora como si fuese la reencarnación argentina de algún antiguo dictador de la derecha continental -por delitos imprescriptibles, inalienables y de jurisdicción global-, a partir de una nota de dudosa procedencia que le arrimó a Alberto Fernández, como devolución de favores, el jefe político de Bolivia, Evo Morales. Se sabe, desde la oscura Operación Maldonado, que a mayor incomodidad con opiniones y legitimidades ajenas el progresismo latinoamericano nunca acusa por menos que un delito de lesa humanidad.

Tanto movimiento sísmico en poco tiempo tiene una explicación vinculada a la proximidad electoral. Comenzó luego de que dos actores significativos de la política nacional fueran desplazados del centro a la periferia. La turbulencia bien parece ser el efecto colateral de esos desplazamientos forzados.

A Macri -que siempre se opuso a la idea conspirativa del lawfare- decidieron tirarle con todo el lawfare por la cabeza ni bien le comunicó a Horacio Rodríguez Larreta que se replegaba en el frente interno sin disputar liderazgo en las primarias de septiembre próximo.

La ofensiva judicial oficialista tiende a reponer el protagonismo de Macri sin el cual naufraga el relato de la herencia recibida. Y al mismo tiempo complica a la dupla de Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, a la que los votantes más intransigentes de la oposición ubican en el continuum que va de la tibieza a la deserción.

Ahora que ambos decidieron ecualizar la oferta opositora con los modales calmos y el reclamo de moderación declamado en las encuestas, Cristina ha resuelto ponerlos en un brete: buscará empatizar con el clima de indignación que la aflige, más allá de las encuestas.

¿Es lo mismo que está percibiendo Patricia Bullrich? ¿Pueden quedar Larreta y Vidal como prisioneros de la rosca mientras por izquierda y derecha otros le hablan de manera más directa a los ciudadanos, en un tono de mayor sintonía con la crisis? La paciente y riesgosa apuesta de Larreta y Vidal es que al final todo ese descontento entre en el circuito del voto y los consagre como la nueva oposición en Argentina.

En el caso de Cristina, la pirueta de erigirse como principal opositora de su propio Gobierno ya está en marcha. Como Macri, el otro desplazado de la escena central es Alberto Fernández. Una voz indiscutida de Cristina lo sacudió como a mayordomo por su decreto habilitando la compra de vacunas norteamericanas. Máximo Kirchner reveló que el Ejecutivo firmó ese decreto porque su partido no lo iba admitir en el Congreso. Por primera vez, el desplazado Alberto Fernández ensayó un tibio gesto de autonomía y rechazó el destrato del hijo vicepresidencial.

Pero Máximo Kirchner sinceró algo peor, de gravedad inusitada y consecuencias judiciales imprevisibles: las vacunas norteamericanas no se compraron en tiempo y forma -y tampoco se recibieron como donaciones- por la porfía irracional de un prejuicio ideológico.

Hubo miles de argentinos que murieron, víctimas de esa abusiva y patológica obcecación del poder.

*El autor es de nuestra Corresponsalía en Buenos Aires.

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