23 de agosto de 2020 - 00:00

Constitución de Mendoza, ni de cristal ni de slime

La Constitución debe dinamizar el progreso, facilitar la adaptabilidad de la comunidad a los cambios conectando directamente con el pueblo que la debe sentir como propia.

Para los que no saben, el slime es un juguete que se hace con pegamento, agua y detergente; en las redes sociales hay miles de videos donde se ve cómo sin distinción de edad personas aplastan, le dan forma, hacen crujir estas masas tan simpáticas que luego de varios usos terminan en el tacho de la basura. El cristal ya sabemos qué es, esas copitas verdes para coñac, licor que le regalaron a tu abuela para el casamiento hace cien años, que nunca se usan por miedo a romperlas y porque ya nadie toma jerez….pero están ahí, bien guardadas.

En los últimos cien años pasaron muchas cosas, pero la velocidad e intensidad con que suceden los eventos, los cambios y alteración de la percepción de nuestra realidad se aceleró de manera inimaginable en las últimas décadas. La era de la información nos propone desafíos día a día, los avances tecnológicos nos sorprenden constantemente modificando nuestras conductas, valoraciones, deseos… y nos provoca una revisión permanente de nuestros proyectos.

Todos compartimos el concepto de que la Constitución debe reflejar la forma de ser de una comunidad, que es un proyecto político que tiene arraigo en las costumbres, la idiosincrasia de su pueblo y que debe contener un proyecto de futuro anclado en lo que esa comunidad es, debe reflejar el ADN colectivo.

La Constitución debe abandonar esa repisa donde se encuentra casi como un objeto sagrado frágil a la exposición y al tacto que se mira y no se toca. La Constitución debe dinamizar el progreso, facilitar la adaptabilidad de la comunidad a los cambios conectando directamente con el pueblo que la debe sentir como propia no para hacer de ella un objeto reciclable conforme a antojos e intereses sectoriales coyunturales sino una herramienta de utilidad diaria que brinde garantías a la Comunidad.

Resulta pretencioso hasta delirante pensar que es posible recrear una Constitución que nos alumbre los próximos cien años; en tiempos relativos esos cien años de ayer hoy son décadas. Debemos perder el miedo a reformar la Constitución si lo hacemos con intención virtuosa; hay que hacer de ella un continente lo suficientemente dúctil que le permita receptar normas sin colapsar en su estructura lógica original, sin contradecirse en valores, sin traicionar las costumbres y tradiciones atendiendo que estas últimas también están en movimiento. La vamos a tener que reformar quizás muchas veces más en este siglo que nos plantea escenarios, tendencias sociales, económicas y tecnológicas impredecibles que podrán dejarla obsoleta por incompatibilidad con los futuros sistemas.

Muchas cosas cambiarán en el futuro pero hay algo que permanecerá constante, los mendocinos seguiremos buscando la prosperidad y si hay algo que está en nuestro ADN es el apego por las instituciones y respeto a nuestra historia; son estas características las que nos deben dar confianza para animarnos a reformar la Constitución sabiendo que no la transformaremos en descartable y sin temor a que deje atrás su condición de cristal.

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