La reciente entrega del Doctorado Honoris Causa al enólogo italiano Roberto Cipresso, a propuesta de la Universidad Nacional de Cuyo, fue mucho más que un reconocimiento académico. Fue también una oportunidad para poner en valor una conversación que Mendoza necesita sostener: la relación entre conocimiento, producción y territorio.
No se trata solo de distinguir a una figura internacional de gran trayectoria en el mundo del vino. Se trata, además, de reconocer una manera de pensar el desarrollo. En una provincia como la nuestra, cuya identidad productiva, cultural y paisajística está profundamente ligada a la agricultura y, en particular, a la vitivinicultura, esa relación no es accesoria. Es estructural.
Cada vez resulta más evidente que los desafíos del presente ya no pueden abordarse desde miradas fragmentadas. El uso eficiente del agua, la sostenibilidad de los sistemas productivos, la preservación de los suelos, la calidad de los alimentos, la innovación tecnológica y la competitividad de las economías regionales forman parte de una misma agenda. Y esa agenda exige instituciones capaces de formar, investigar, transferir conocimientos y construir puentes con la sociedad.
Allí radica, precisamente, uno de los aportes más significativos de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNCUYO a Mendoza. Desde hace décadas, la Facultad acompaña procesos que exceden el ámbito estrictamente universitario. Lo hace formando profesionales que se insertan en bodegas, empresas, fincas, organismos públicos, municipios y emprendimientos privados. Pero también lo hace generando conocimiento aplicado, promoviendo innovación y sosteniendo una presencia activa en temas decisivos para el desarrollo provincial.
Hablar hoy de ciencias agrarias no es hablar de un campo aislado ni de un saber encerrado en tradiciones del pasado. Es hablar del futuro. Es pensar cómo producir mejor, cómo agregar valor, cómo cuidar los bienes naturales y cómo responder, con inteligencia y responsabilidad, a transformaciones que ya están ocurriendo. Los cambios en los mercados, las nuevas demandas de consumo, las exigencias ambientales y la incorporación acelerada de tecnología obligan a revisar prácticas y a proyectar nuevas respuestas.
En ese contexto, la universidad pública tiene una responsabilidad central. No solo porque forma recursos humanos altamente calificados, sino porque puede ofrecer una mirada integral, crítica y comprometida con el bien común. Cuando esa tarea se realiza en diálogo con el territorio, sus resultados se vuelven visibles: más innovación, más articulación institucional, más oportunidades para jóvenes profesionales y más capacidad para pensar estratégicamente el desarrollo.
La distinción a Cipresso también permitió recordar algo valioso: que detrás de cada gran producto, de cada paisaje cultural y de cada economía regional con identidad, existe una trama de saberes, experiencias y trabajo colectivo que debe ser cuidada. La singularidad de un terroir, la calidad de un vino o la proyección internacional de una región no ocurren por azar. Se construyen en el tiempo, con formación, investigación, sensibilidad y visión.
Mendoza conoce bien esa historia. Y sabe también que el futuro de sus principales actividades no dependerá solo de su tradición, sino de su capacidad para innovar sin perder identidad. En esa tarea, el papel de las instituciones académicas sigue siendo irremplazable.
Por eso, más allá del homenaje a una figura destacada del mundo del vino, el acto reciente deja una reflexión más amplia. Cuando una universidad pública reconoce trayectorias que dialogan con su territorio y, al mismo tiempo, fortalece sus vínculos con los sectores productivos y sociales, está cumpliendo una función esencial. Está ayudando a pensar la provincia que viene.
Y en Mendoza, esa conversación entre conocimiento, producción y territorio no es un lujo. Es una necesidad.
* Ingeniera Agrónoma. Decana de la Facultad de Ciencias Agrarias. UNCuyo.