Al margen de que los mundiales de fútbol dejan para Argentina siempre alguna estadística memorable y el mundo lejano manifiesta su locura por este país que conoce solo por televisión -fuera de la fiebre de fiesta u odio que se apodera de todos y en todo- algunos hermanastros latinoamericanos aprovechan esa fiesta para colarse con su desprecio y especialmente vestir lo que mejor los representa, al menos en los deportes: la envidia. Y Chile es el ejemplo o el peor de ellos, porque está más cerca, comparte la más extensa costilla andina.
La distancia y la ignorancia pueden ser una justificación, la cercanía nunca. Chile sabe lo que es Argentina. Su independencia del reino de España se la dio Argentina en 1818 y hasta el coro de su himno nacional, lo hizo un argentino. Debe ser que ahí empezó la cosa. En esa desventaja. Por esa deuda indeseada.
Mirando los portales y los diarios de estos meses mundialista 2026, el periodismo chileno, sus voces representativas y el público en general, desprecian las victorias argentinas, ensuciaron con críticas falsas y memes arteros el arduo camino de la selección nacional. Ellos, los y las chilenas, estaban con el europeo, el de afuera, el egipcio o el desconocido, el colonizador, el amo, siempre.
Justificación del chaqueteo
Decían que Argentina iba a ganar la cuarta copa (y ellos estaban informados desde el principio). Se decía que el presidente de aquí había pagado por ella. Se decía que la FIFA amaba solo a Messi. Terminada la fiesta, el torneo lo ganó España con poco fútbol porque Argentina tuvo menos, y delante de Trump se premió al país que más había combatido este año a Trump. Es decir, no hubo nada a favor de la celeste y blanca. Ganó el mundial el equipo que resistió con y sin fútbol el espectáculo bizarro en que han convertido este deporte maravilloso.
Aun en lo evidente, los diarios de Chile días después de la final, insisten en acusar a la selección argentina de violenta, faltas no sancionadas, de una viveza que ellos entienden no es parte de un juego de vivezas. Hay un resto de saña.
¿Qué es lo que pare tanto odio? Cinco siglos de penetración política (en el continente), un nacionalismo mezclado con vino malo, una educación masiva limitada por los bancos norteamericanos y por supuesto «el chaqueteo» es el corolario de esa desgracia de país chico. Los chilenos (excluyo a los míos), apuestan a que se gana solo por azar o comprando. Una conclusión lógica en una sociedad que en el fútbol (tema de esta nota), solo ha obtenido dos copas América por penales. Argentina ha ganado 16. El mejor mundial de Chile (organizador) fue el año 62, con un tercer puesto. Argentina ha ganado tres mundiales en su historia, cuatro veces quedó en 2° lugar. Solo como chiste: Argentina ha ganado seis mundiales Sub-veinte, aparte.
Los jaguares del Pacífico. En el Obsceno pájaro de la noche de José Donoso –escritor chileno ahora funado, vilipendiado- uno de los grandes temas es la envidia. En Martín Rivas, la novela más importante del romanticismo chileno del XIX, el provincianismo genera envidiosas sanciones. No debe ser casual.
Es cierto que casi al principio del mundo, dioses y diosas reflejaban la más antigua de las envidias, Caín y Abel. La envidia no la inventaron al otro lado de Los Andes. Es vieja, humana, en general, secreta. Aunque se alimenta. La envidia jamás está a dieta o vive del aire.
Los manuales viejos, los gobiernos de derecha, los periodistas huérfanos de mundo, el que repite porque el aire es gratis, los que piensan que la gran Historia de su patria se escribió con injusticia y los malos son bárbaros, extranjeros. Esos están en las primeras líneas de la envidia. Son su presa.
Hay engaños que se instalan en la mente de los pueblos y no se pueden corregir jamás. Para Argentina los chilenos los traicionaron en Malvinas, año 82. Solo cuatro después de haber amenazado con invadir y cortar Chile en pedacitos. No ven que ahí está la explicación. Y se justificaba en ese contexto de amenazas y conflictos latentes («el enemigo de mi enemigo»). Para los chilenos, Argentina robó la Patagonia, que estaba en disputa cuando ellos, los chilenos, peleaban su guerra contra Perú y Bolivia (auspiciados por los ingleses). En fin. Pocos se acuerdan o quieren recordar que Argentina había propuesto a los hermanos peruanos que invadieran Chile por el norte, para Argentina entrarle por el sur (Operación soberanía, 1978). Cosas de la historia, de las malas juntas y las malas compañías, cierto. Pasado. ¿Pisado?
Volvamos al chaqueteo. Para desgracia de mis hermanos chilenos, Argentina volverá a disputar finales y torneos muy pronto. Y puede ganar o perder, porque estará jugando, no mirando por tevé. Así es el deporte y la ecuación que lo rodea. Se puede tener enemigos y simpatías, pero hay un punto donde se está solo con sus propios demonios, porque: «en la cancha es donde se ven los gallos». Por streamings le hacemos a cualquiera, chaqueteamos sin clemencia, premiamos el mejor recuerdo.
Ahora nos acusan de racistas
Siempre se quiere hacer otro atado de leña del equipo caído. Lo curioso es que nos tilden de racismo los países que fundaron la esclavitud y no la abolieron hasta los años 60 del siglo XX, y en otros continúa, sin colores. Lo curioso es que la Europa que hunde diariamente botes de goma que vienen de África, la saqueada, la que se repartieron y siguen explotando, levanten su dedo arrugado y tembloroso y nos señalen por un pecado que ellos inventaron.
Seguramente somos racistas. Tanto como el Vaticano, miles de rincones en el planeta que exudan su odio hacia las minorías o los débiles o los que no entiende o los que propone el algoritmo. ¿Somos racistas? Sí, tanto como los pálidos del norte, los negros, los amarillos, los marrones, los ciudadanos promedios de Kuala Lumpur. El racismo es intrínseco, de caverna y perverso, solo cuando cuelgan carteles de los baños, o los micros, en las escuelas, en los misiles, es para denunciar. Nada de eso tenemos acá.
Los chilenos, que hace doscientos años quieren borrar de la tierra a los mapuches (única cultura profunda y sobresaliente que resistió españoles y luego criollos mestizos en ese lado), castigan con tribunales militares a los que se levantan contra la usurpación o abuso. Y esa comunidad fuerte, original, es acusada de terrorista porque incendia camiones, galpones, tiran piedras a los blindados de la policía. O a las respetables familias alemanas que los despojaron de sus campos legalmente concedidos -por edicto de la corona española-, antes de retirarse del mundo, vencida. Ahí no habría racismo. Que los criminales de la Gran Guerra reinen y hasta tilden a sus privadísimas colonias de “Dignidad”, no tiene nada de reprochable para el chileno que odia al vecino porque nunca, casi nunca, le ha podido ganar en una cancha.
«Ningún chileno es mapuche/aunque todos parecen mapuches», dice un poema. En ese desprecio eterno con el pueblo araucano, ellos no ven racismo. En la elección presidencial del hijo de un nazi de carrera, no hay racismo. En el desprecio con que tratan a los inmigrantes pos Bachelet, no hay racismo. Cuando te rompen un vidrio estacionado en Viña o Papudo -por el puro gusto de vengar sus derrotas en todos los deportes existentes-, no hay racismo, hay gracia. Hay picardía.
Tanto gameplays que tienen en directo los ha confundido con que ellos también juegan. Tal vez por eso optan por el chaqueteo. A simple vista se puede pronunciar que respetan demasiado el paso de cebra (y además de la muerte, en Chile nadie se salva de los tacos); sus desfiles militares impuestos por los imperios; la estúpida creencia de que el ojo del patrón engorda el ganado y que hay que trabajar hasta los 80. Es por eso que no tienen nada: ni copas grandes, ni ganado, ni un equipo que sepa correr con el alma en pena los 90 metros donde se decide la gloria deportiva.
Ese mar que tranquilo los baña ¿a quién se lo entregaron? Y sus ríos, ¿a qué país les pertenecen? No se distraigan con las tragedias ajenas, muchachos, al igual que a nosotros, hay una larga fila esperando por caerles como agua que baja de sus cerros o los incendios que Uds. mismos se arman para poder trabajar en algo en el verano.
Dios nos libre de festejar cuando caen nuestros hermanos.
De «chaquetear» al que también es arrodillado en este tiempo de traidores y banderas sin patria o al revés.
No se cuelguen de la cruz, sola ya pesa demasiado.
* El autor es docente y escritor chileno-argentino radicado en Mendoza. Ha publicado entre otros Sábanas sin flores, Últimas oraciones, Las otras caras del puerto (Valparaíso, 2018); Promiscuos &Promisorios (Antología de Poetas en Mendoza); Cómo perder citas en Thinder (2025); Calles too sincere. Ensayos (2025); La sombra de Jung (2026).