El hecho sucedió esta semana. Parece trivial, pero si se acumulan otros similares a este —en cada día, cada aula, cada escuela— el efecto es desalentador. Pasó así: una alumna de secundaria pidió a su profesora que le explicara un tema que no le había quedado claro. Estaban (profesora y alumna) frente a frente, con escasa distancia entre ellas debido a las magnitudes escasas del aula. Se miraban a los ojos y la docente se preocupó por ser más clara y explícita para, de ese modo, contribuir mejor a la comprensión.
Sin embargo, de pronto, la alumna bajó la vista de la profesora, quitó la atención del diálogo destinado a ella en exclusividad, sacó sus manos de los apuntes que tomaba y todo eso tan sólo porque vibró su teléfono celular por alguna ignota notificación. Pudo ser un mensaje de WhatsApp. O un “me gusta” en Instagram. Quizás el aviso de que una cuenta en TikTok subía un nuevo video. Tal vez, la alarma de la aplicación BeReal que la instaba a subir una foto del momento. Lo cierto es que bastó esa distracción, pequeña y potente, para que lo que podría ser una instancia educativa clave se convirtiera en nada, en algo que había que reiniciar como si de una computadora fallada se tratase.
Este caso es ilustrativo, pero no el único ni el más explícito del daño evidente e imparable que está haciendo el uso excesivo de los teléfonos móviles en nuestros niños y jóvenes, especialmente en las escuelas.
La situación es preocupante, pero lo peor es que parece seguir su curso sin obstáculos. Es decir, lo parece en un ecosistema cultural como el nuestro, el mendocino (y el argentino en general), en el que la degradación se sigue dando sin que el toro mayor sea tomado por las astas y sólo algunos terneros sean llevados al corral.
Desde hace un buen rato, desde este espacio, venimos levantando la voz sobre este asunto. No hace tanto, de hecho, hacíamos este reclamo —en una columna titulada "Conspiremos contra los robots"— con la esperanza de que los responsables del gobierno provincial atendieran a lo que viene siendo un problema cada vez más notorio. Lo que decíamos entonces, y no resulta ocioso repetir, es que lejos de detenerse, el deterioro de atención, el perjuicio contra la capacidad de discernimiento, el desapego por el esfuerzo propio, la falta de enriquecimiento intelectual por la lectura, todo se va acentuando en manos del intruso telefónico.
Esto, que desde nuestro gobierno educativo pareciera verse de manera exactamente opuesta (ya que se avala el uso del celular), no es una excentricidad ni un gesto autoritario de este columnista: es lo que ya descubrieron hace rato en otros países. Países que ya avanzaron en la directa prohibición del uso de los celulares, cuanto menos en el aula, sino directamente en toda la escuela. Francia (desde 2018), China (2021), Italia, Países Bajos, Hungría y países de América como Ecuador ya dieron el necesario paso. España lo generalizó este año, luego de aplicaciones parciales en diversos niveles cuyos resultados eran alentadores.
A nuestra provincia le caben sólo las excepciones. A poco del inicio del ciclo escolar, se contaba en este medio que el colegio privado San Luis Gonzaga, de Ciudad, había decidido aplicar la prohibición: los alumnos deben dejan el celular cuando ingresan al colegio y retirarlo a la salida. En otro colegio privado, en este caso de Maipú, es inminente la aplicación de una medida similar. En ese caso le agregarán el fundamental incentivo a la lectura de libros. Nada de PDF o fotocopias: libros reales y en formato físico (¡aleluya!).
Un informe de la UNESCO devela que ya un 40% de los sistemas educativos del mundo han prohibido el uso de teléfonos inteligentes en las escuelas. “Tener un teléfono inteligente en clase puede interrumpir el aprendizaje”, reconoce un reporte que analiza ese informe. En el mismo artículo se consigna un término develador que ya se usa en inglés para nombrar los daños del celular: brain rot. Es decir, “ podredumbre cerebral”. ¿Hace falta aquí que la putrefacción expela más hedores para que las narices de los que pueden detenerla reaccionen?