“Y las causas lo fueron cercando/ cotidianas, invisibles…/
Pese al fervor del peronismo y sus dirigentes, la nueva rectora tendrá ahora el desafío de romper la lógica partidocrática que tanto criticó en campaña, pero también cumplir con su promesa de abrazar la diversidad universitaria perdida.
“Y las causas lo fueron cercando/ cotidianas, invisibles…/
Y el azar se le iba enredando/ poderoso, invencible…” Silvio Rodríguez.
La victoria de la fórmula Adriana García-Ana Sisti que significa el retorno del peronismo a la conducción de la Universidad Nacional de Cuyo (UNCuyo) supone poner en contexto una serie de elementos que terminaron siendo decisivos en este “cambio de mano” que impactó de lleno en el oficialismo provincial. Algunos, evidentes; otros no tanto.
Alfredo Cornejo nunca soslayó las elecciones universitarias. Un poco por nostalgia de su pasado como dirigente estudiantil, otro tanto porque entiende esa institución pública, de alto valor simbólico en el que sus autoridades forman parte del entramado del poder sobre el que es legítimo pretender influir. Una lógica que le permitió al radicalismo gestionar en paralelo la Provincia y la Universidad, con numerosos e intensos vasos comunicantes a lo largo de una década y tres sendas gestiones.
Se construyó así un vínculo tan estrecho que incluso la autonomía universitaria y la injerencia partidaria se transformaron en ejes de campaña del proceso que culminó esta semana. Todo eso quedó derrumbado y, sin dudas, un nuevo escenario se abre en Mendoza.
El resultado dejó en claro que la oposición supo construir no sólo una narrativa capaz de describir el delicado momento de desfinanciamiento y atraso salarial por el cual atraviesa el sistema universitario, sino también un armado electoral sólido que -además- consolidó en segunda vuelta el voto kirchnerista de la fórmula Ozollo-Bernabé.
Por otra parte, dio cuenta de las falencias de la gestión de Esther Sánchez que son las mismas que le achacó el oficialismo y que le impidieron ir por la reelección. La frágil situación del Departamento de Asistencia Médico Asistencial (DAMSU) se convirtió en el ejemplo palpable del castigo nacional pero también de la falta de soluciones: “De gobernanza”, decía García en sus recorridas.
Con el salario en crisis y la salud en retirada, la máxima que expresa que las “elecciones las pierden los oficialismos” quedó a tiro de cañón para el batacazo de la historiadora y ex decana de Filosofía y Letras que además, en el balotaje, mejoró su performance en facultades que en primera vuelta votaron decanos alineados con Fidel. Todo un mensaje respecto del sentido del voto y el clima social ante las opciones disponibles.
Pese al fervor del peronismo y sus dirigentes, la nueva rectora tendrá ahora el desafío de romper la lógica partidocrática que tanto criticó en campaña, pero también cumplir con su promesa de abrazar la diversidad universitaria perdida. De lo contrario, lo sucedido no será más que un mero cambio de signo político y está claro que los problemas (y los desafíos) exceden la grieta.
Desde la óptica de los perdedores, se asume el desdibujamiento del Interclaustro, el desgranamiento de sus integrantes que en muchos casos terminaron protagonizando o siendo funcionales a la oposición, pero también las señaladas falencias de gestión y -en especial- el desacuerdo interno que no logró encolumnar totalmente a su electorado detrás de Gabriel Fidel y María Flavia Filippini.
El frustrado intento de reelección de Sánchez fue todo un síntoma de los inconvenientes que en otro contexto ni se hubiera discutido. Aunque dentro del campus se le achaque además falta de visión política para construir desde la gestión un proceso virtuoso, contenedor de las diferencias, pero también con lazos hacia otras expresiones que fueran superadoras de la extrema paridad con el peronismo que la depositó en el poder en 2022. Nada de eso sucedió.
Fidel debió lidiar no sólo con el adverso clima nacional de asedio a las universidades, sino también con la asociación de su identidad radical con Cornejo y de éste con Javier Milei. Casi una “cadena de favores” que resultó en extremo adversa para sus aspiraciones. Y algo más: el desprendimiento de la fórmula Farrando-Estrella, cuyas adhesiones en primera vuelta no se trasladaron automáticamente al todavía vicerrector (perdió un 5%). El clásico internismo radical retaceó apoyos o direccionó otros, en especial del anti cornejismo.
Radicales y aliados se convertirán ahora en oposición con una sólida presencia en el Consejo Superior y en el control de 8 facultades; sin embargo, deberán procesar una severa autocrítica, renovar figuras, establecer modos de gestión y construcción más propios de una universidad que los de un municipio.
Pese a la mediada distancia con la que transitó este proceso, Cornejo y todo su gobierno sintieron el impacto de una derrota que no estaban acostumbrados a sufrir. Un cambio de época que pone al gobernador como el blanco de los cuestionamientos aunque en la debacle hay claros yerros de la propia conducción universitaria.
Cuatro años atrás, el Cuarto Piso se involucró decididamente en la bendición de la fórmula Sánchez-Fidel que no cumplió con los objetivos políticos de la continuidad radical. Y lo que a la luz de sus operadores parece ser aún peor: el resurgimiento del kirchnerismo desde la Universidad. Un dato que ahora será agitado como fantasma posible de un retorno provincial improbable.
Más allá de eso, la reacción cornejista de echar culpas al mileísmo por la asfixia presupuestaria (algo cierto aunque no explica la totalidad del fracaso) plantea una explícita crítica al socio nacional de una alianza que pretende llegar en condiciones de competitividad al 2027.
Por lo pronto, el adversario cansado de perder probó que hay un hueco donde los embates son certeros, algo así como tantear los límites de un fin de ciclo, que no necesariamente será peronista pero sí más o menos lejos de Cornejo.
* El autor es periodista y profesor universitario.