No existe una fuente documental cercana al segundo semestre de 1816 y los primeros días de 1817 que certifique cómo, cuándo y dónde se bordó la Bandera de Los Andes. Durante años, los únicos antecedentes fueron la carta de Laureana Ferrari de Olazabal y el libro “El Paso de los Andes”, de Gerónimo Espejo.
El relato de Laureana Ferrari es de 1856 –cuarenta años después de la confección y el manuscrito se conoció en octubre de 1933–. Ese texto adquirió una aceptación casi mágica de verdad para los que se ocuparon del tema. Tenía trece años y es la protagonista de la historia. Atribuye el bordado a Dolores Prats de Huisi, María de los Remedios Escalada de San Martín, Mercedes Álvarez de Segura y Margarita Corvalán y a ella misma.
La idea nació del propio San Martín, estando en su casa en las celebraciones de la Navidad; acompañó a Remedios a comprar el género, se bordó en su residencia y, luego de cuatro días con sus noches –esfuerzo que la enfermó– pudieron terminarla. Interrogante: ¿pudo bordarse –frente y reverso– en cuatro días con sus noches? Imposible.
Espejo dice –primera edición del libro de 1882– que las damas que compartieron la gloria de confeccionarla son Dolores Prats de Huisi, Mercedes Álvarez, Margarita Corvalán y Laureana Ferrari, y "algunas otras, cuyos nombres sentimos no recordar para consignarlas". Como datos curiosos: no conocía el escrito de Ferrari y no incluye a la esposa de San Martín.
Monjas de la Buena Enseñanza
Para sorpresa de los historiadores, en julio de 1963 toma valor la versión de Gregorio Puebla. Apaga el protagonismo de Laureanita y atribuye la gloria a la familia Corvalán. A los nombres conocidos de las patricias, agrega: Narcisa Santander y Manuela Corvalán de Segura, y las tres monjas del monasterio de la Buena Enseñanza –antiguo nombre de la Compañía de María–: las R.M. María de las Nieves Godoy, Andrea de los Dolores Espínola y María del Carmen del Niño Dios y Correas.
El manuscrito de Puebla, rico en detalles, es del 7 de octubre de 1830 y está dirigido al gobernador José Videla Castillo. Consta de seis hojas que parecen haber sido arrancadas de un libro de actas. Fija como fecha de la iniciativa agosto de 1816 y como escenario, el solar de la familia Corvalán Sotomayor. La idea de ofrecerla fue de Narcisa Santander. La confección se inició en septiembre y terminó en diciembre. La tela se compró en el Cariño Botao. No posee dos franjas celestes y una blanca, como lo había estipulado el Congreso de Tucumán. Tiene una azul y otra blanca "porque no había suficiente sarga azul".
Nada queda sin precisar. Menciona qué joyas donaron las damas y el destino que tuvieron para embellecer la bandera. Indica las dimensiones, el costo –140 pesos fuertes, sin brillantes ni piedras preciosas– y las fechas de las ceremonias de bendición.
Carta extraviada
La interpretación de Puebla aparecía "creíble", pero no había un documento o prueba de la participación de las religiosas en el bordado. Lo encontró el profesor Esteban Fontana en el diario mendocino El Ferrocarril. El artículo publicado el 3 de diciembre de 1889 –no tiene firma– expone a sus lectores la trayectoria del monasterio-colegio de la Compañía de María. En uno de los párrafos, menciona la carta que el Libertador envió a la priora del convento antes de abrir la marcha del Plumerillo: "Las monjas tienen el honor y la gloria de haber contribuido con el más noble desprendimiento a la formación del Ejército de los Andes y el gran privilegio de haber bordado la bandera de la patria". No fue la única contribución. Entregaron 12.000 pesos. El artículo da claridad y certifica que son las bordadoras.
La carta hoy no está en la Compañía de María. Hacia 1927 se la incorporó a la solicitud de un subsidio para ampliar aulas y realizar refacciones en el colegio, San Martín y Gutenberg. Con el vaivén de los trámites y el fallecimiento del síndico en 1929, se perdió. Fontana sostiene: "Sería la suprema e irrebatible prueba de la participación de las religiosas".
A dos siglos de la bendición y jura la Bandera tiene todo: estirpe, tradición, historia, gloria, leyenda y desde 1992 es nuestro emblema provincial fiel en dimensiones, colores y figuras heráldicas. Si se mira al 1800, existía el criterio: "El que hace por medio de otros, hace por sí". De las Damas había partido la iniciativa; donaron las joyas, pagaron los gastos y entregaron al Ejército como homenaje de la más alta clase social mendocina, y las monjas de la Buena Enseñanza la bordaron.
* Periodista y docente.