10 de enero de 2026 - 00:15

San Martín agricultor

Para el Libertador, el ejercicio de las armas fue la misión de su vida impuesta por la época de las revoluciones y las ansias de libertad que inspiraron las guerras de independencia en vastas regiones del mundo, sin embargo, concluida la misión que lo elevó durante años como figura pública, mostró su verdadera inclinación: la de agricultor.

La historia ha inmortalizado a José Francisco de San Martín sobre el bronce de su caballo de batalla a veces con su espada, otras con su catalejo o en pinturas con los mapas desplegados en pos de la estrategia de liberación continental, pero existe una faceta más profunda y humana que define su verdadera esencia, sus principios y un legado de austeridad casi espartana: es su anhelo por la vida sencilla del campo.

Ya en 1816, mientras organizaba la epopeya transandina en Mendoza, San Martín confesó de puño y letra: “El estado de labrador es el que creo más análogo a mi genio”, definiendo la agricultura como su asilo ante las turbaciones de una vida ocupada al servicio de la causa de la independencia. En aquel entonces, su visión de futuro de su vida personal y familiar era clara: “La quietud feliz de una vida privada forman el centro y único punto de vista de mis aspiraciones”. Este deseo no era una exclamación romántica, sino una convicción ética inspirada, quizás, en la figura del patricio romano Lucio Quincio Cincinato, quien regresó a su arado tras salvar a la República, y tal vez, también, en los preceptos de la sociedad de los “cincinatos” estadounidenses que honraban al fundador George Washington quien luego de guiar en la guerra y en la paz los designios de Estados Unidos, se retiró a su plantación de Mount Vernon para terminar allí sus días.

Su “Tebaida”, como llamaba a la chacra de Los Barriales en Mendoza (en alusión al retiro místico de los antiguos ermitaños), ubicada en la Villa Nueva que luego llevaría su nombre, representaba su puerto de calma tras la tempestad revolucionaria. San Martín solicitó oficialmente cincuenta cuadras en este paraje, un rincón que él mismo ayudó a transformar mediante la promoción de canales de irrigación, convirtiendo terrenos incultos en tierras productivas. La generosidad del pueblo mendocino fue tal que el gobierno añadió doscientas cuadras adicionales a nombre de su hija, Mercedes Tomasa. Sin embargo, demostrando su eterno desprendimiento, el General aceptó la donación a nombre de su hija, pero pidió que parte de las cuadras fueran distribuidas entre los oficiales y soldados que más se distinguieran en la campaña libertadora.

El fin de su vida pública no fue solo un acto de cansancio, sino de profunda responsabilidad política. Al abandonar el Perú en 1822, dejó una sentencia que aún resuena en la arquitectura institucional de América: “La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se constituyen”. Con una humildad estoica, se despidió del poder afirmando: “He dejado de ser hombre público. He aquí recompensados con usura, diez años de revolución y de guerra”. Para San Martín, la verdadera victoria no era el mando, sino la capacidad de renunciar a él para dejar que la soberanía del pueblo y sus leyes ocuparan el lugar de la espada. Un gran legado donde “logra vencerse a sí mismo”, dejando la cumbre del poder al que las “circunstancias lo habían empujado”.

Hoy, el Museo Las Bóvedas, ubicado en el histórico departamento de General San Martín, se erige sobre lo que fuera parte de aquella antigua heredad. Este sitio constituye un pilar fundamental del patrimonio tangible de la región, custodiando no solo la tierra que el prócer eligió para el cultivo, sino también la actual estructura edilicia, homenaje, no réplica, que, a pocas cuadras de la Plaza del Olivo histórico, donde se encontraba la Casona original, evoca su presencia como vecino. Así, su valor más profundo reside en el patrimonio intangible: la lección de desprendimiento y humildad de un hombre que, habiendo gobernado naciones y voluntades, aspiraba únicamente a dejar sus huesos en un rincón de su patria luego de los últimos años viviendo de forma sencilla y esclarecida dedicada a una de las actividades más nobles, la agricultura. Para el Libertador, aquella propiedad no era el patrimonio de un rico hacendado, sino un surco abierto hacia la plenitud; así como el agricultor prepara la tierra para la siembra, él preparó aquel rincón en su querida Mendoza para cultivar la paz que el mando y la gloria le habían negado.

Los meses de estadía del Gran Capitán en su Tebaida, entre Febrero y Noviembre de 1823, fueron relatados por el viajero Robert Proctor en su crónica “Narraciones del Viaje por la Cordillera de Los Andes”, entre 1823 y 1824, donde escribió: "Bajo los auspicios liberales del general San Martín, y el cuidado científico del doctor Gillies, - Mendoza- es un ejemplo de progreso para las otras ciudades sudamericanas... – continuando luego – Como tenía cartas para este hombre célebre, tuve oportunidad de verle mucho. Ciertamente nunca contemplé facciones más animadas, particularmente cuando conversaba de acontecimientos del pasado; y aunque se felicitaba de su retiro en Mendoza, imaginé ver inquietud de espíritu en su mirada, que solamente esperaba oportunidad propicia para volver a salir con su acostumbrada energía. Llevaba vida muy tranquila, residiendo habitualmente en una propiedad suya a ocho leguas de la ciudad, que estaba mejorando rápidamente. Parecía muy apegado a Mendoza como los habitantes lo eran a él; y sin duda como este lugar fué el punto donde comenzó su brillante carrera, érale el más querido. Por la tarde, con frecuencia venía a nuestras reuniones y nos divertía mucho con cantidad de anécdotas interesantes que tenía manera fácil de narrar, anima- da por su rostro fuertemente expresivo…”.

Años después, ya en el exilio europeo, San Martín dedicaba su tiempo y pensamiento a tareas manuales y al cultivo de un jardín. En sus propias palabras: “Vivo en una casita de campo, a tres cuadras de la ciudad, en compañía de mi hermano Justo; ocupo mis mañanas en la cultura de un pequeño jardín y en mi taller de carpintería; por las tardes salgo a paseo y las noches en la lectura de algunos libros alegres y en papeles públicos; he aquí mi vida. Usted dirá si soy feliz. Sí, amigo mío, verdaderamente lo soy. A pesar de esto ¿me creerá usted si le aseguro que mi alma encuentra un vacío que existe en la misma felicidad? ¿Sabe usted cuál es? El de no estar en Mendoza. Usted reirá, hágalo, pero le protesto que prefiero la vida que seguía en mi chacra a todas las ventajas que presenta la culta Europa y sobre todo este país, que por la libertad de su gobierno y seguridad que en él se goza le hace un punto de reunión de un inmenso número de extranjeros. Incluso lejos de su tierra, allí, en la soledad de Bruselas primero y Grand Bourg después, aplicó su máxima de vida: “Serás lo que hay que ser, si no, eres nada”.

Al recordar La Tebaida de San Martín, no recordamos solo su vida en aquella finca, sino la opción por una existencia austera luego de los años de servicio de un líder que prefirió ser un ciudadano común antes que un tirano con corona que se perpetuase en el poder. Como él mismo afirmó al despedirse del mando: “Los hijos de mis compatriotas darán el verdadero fallo”. Ese fallo hoy se traduce en la vigencia sempiterna de su legado que a través de la preservación y puesta en valor de los sitios históricos sanmartinianos como el Museo Las Bóvedas, nos acerca al espíritu del San Martín agricultor, que de alguna forma sigue labrando la conciencia de la posteridad.

* El autor es docente y escritor. Director del Centro de Estudios de Desarrollo Sostenible y Turismo.

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