Mientras usamos aplicaciones que prometen (o creemos que prometen) ordenar la vida, escribir mejor o pensar más rápido, en algún lugar del mundo se está discutiendo quién manda. Hernán Borisonik en su última entrevista en Pagina 12, lo pone sobre la mesa al analizar los modelos de regulación de la inteligencia artificial y las tensiones entre China, Europa y Estados Unidos. Es una discusión técnica pero también cultural. La IA como modelo de un mundo en construcción.
La fantasía de la élite
El modelo dominante, el que conocemos mejor porque lo consumimos a diario, es el de Silicon Valley: una élite tecnocrática que se piensa a sí misma como neutral, eficiente e inevitable. Es un lugar donde la regulación molesta, el Estado estorba y el mercado aparece como único posible. El problema es que detrás de esa aparente libertad hay una concentración obscena de poder, de datos y de decisiones.
China no quiere parecerse a California
Borisonik señala que China rechaza ese modelo, porque los muchachos asiáticos responden a otra lógica. Allí la tecnología forma parte de un proyecto político y sin dudas no es un territorio autónomo. La IA no es libre, está subordinada al control del Estado y desde allí tienen la idea clara de que la tecnología, sin dirección, es un riesgo.
Eurocentrismo
Europa, como suele ocurrir, intenta regular desde el derecho, desde la ética y desde la memoria de sus catástrofes. Quiere frenar antes de que sea tarde pero el problema es que regula lento, con dudas y muchas veces sobre tecnologías que ya se volvieron irreversibles. En esos países, los que siempre se la supieron todas, corren detrás del algoritmo.
Cosmotécnica
Aquí Borisonik aparece con una idea fascinante: la cosmotécnica. Cada desarrollo técnico lleva implícita una visión del mundo, una relación con la naturaleza, con el tiempo y con el otro. Silicon Valley propone eficiencia y disrupción, China propone orden y previsibilidad y Europa propone derechos tardíos. Ninguna es inocente y en el fondo todas son formas de poder codificadas.
El capital frenando al capitalismo
Paradójicamente, el capital parece haberse convertido en el principal freno del capitalismo. La concentración extrema, la automatización sin límites y la captura de datos están erosionando las propias bases del sistema: trabajo, consumo, sentido.
Se dice que 2026 será un año bisagra y muchas decisiones ya estarán tomadas sin consulta. Infraestructuras, normas, dependencias. Lo que no se discuta ahora se naturalizará después y lo naturalizado deja de preguntarse. Ese es el verdadero peligro de la IA: no tanto que piense, lo terrible es que deje de hacernos pensar.
El territorio que viene
Al mismo tiempo, otras predicciones circulan con menos ruido, pero no menos peso: este lugar que habitamos —al sur del sur— será territorio de migraciones. En algún momento llegarán cientos de miles de personas buscando lo que empieza a escasear en otras latitudes: tierra, aire, agua. Pero también algo más difícil de medir: cultura, calidad de vida, tiempo.
La pregunta entonces no es solo qué modelo tecnológico adoptaremos, cabe pensar si estamos preparados para lo que viene. Qué infraestructura, qué ideas de comunidad, qué noción de hospitalidad y de conflicto estamos construyendo. Porque no basta con regular algoritmos, hay que pensar territorios habitables en un mundo que se recalienta y se fragmenta.
Marginalidad creativa
Y nosotros, ¿seremos un apéndice de la pelea de los gigantes? ¿un mercado de prueba, un proveedor de datos baratos, un consumidor tardío de modelos ajenos? Puede ser. Pero también existe otra posibilidad: construir desde la aldea; lejos de competir en escala, construir sentido y no resignarnos a poner en el comité de bienvenida al agente más vivo de inteligencia artificial que tengamos.
Es prematuro sacar conclusiones, pero no lo es hacerse preguntas. En este laberinto que recorremos a diario, quizás no podamos operar sobre las grandes variables globales, pero sí sobre cómo usamos, enseñamos y pensamos la tecnología, la cultura, el territorio y el futuro. Porque, como siempre, la verdadera disputa no es por la técnica: es por posibilidad de ser y de construir identidad.
* El autor es presidente de FilmAndes.