En 1925 tuvo lugar en Dayton, una localidad en el estado de Tennessee, el caso Scopes o “juicio del mono”. Se procesó a un profesor que enseñaba la teoría de la evolución de Darwin, cuestionada por quienes creían en la lectura textual de la Biblia y que bregaban por la prohibición de enseñarla.
Ese juicio convocó para parte de la fiscalía y la defensa a dos notables abogados de ese país, William Jennings Bryan, quien fuera candidato presidencial en tres oportunidades del partido Demócrata y secretario de Estado un par de años del presidente Wilson. Era un biblista que se atenía a la lectura literal de la biblia y se oponía a la enseñanza de la teoría de la evolución; asesoró a la fiscalía.
La defensa de Scopes estuvo a cargo de Clarence Darrow, también vinculado al partido demócrata, era un decidido defensor de los derechos civiles y la libertad de expresión.
Sobre este juicio se escribieron libros y se filmaron varías películas, la más famosa protagonizada por Fredric March y Spencer Tracy con el nombre de Inherit The Wind (Heredarás el Viento).
Esta introducción viene al caso por lo sucedido días pasados en una Universidad de Texas en la que se censuró parte de los textos de Platón que llevan el título de El Banquete, afectando un principio esencial en la Universidad que es la libertad de cátedra.
La cultura de la cancelación sigue vigente, la practiquen los llamados woke o los nuevos reaccionarios, como se titular el grupo financiado por Peter Thiel, el inversor alemán neo nazi que respalda al vicepresidente Vance.
Algunos pensaban que esto no podía pasar en los Estados Unidos, por eso en las líneas iniciales el que esto escribe recuerda ese episodio que divulgara el film, premiado con los Oscar, con su escena culminante: Cuando el abogado Bryan afirma que el mundo fue creado hace casi 5 mil años y cita para darle precisión meses, días y horas, replica Darrow “hora del este o del oeste” generando la carcajada general.
La generación que vivimos la noche de los bastones largos en 1966 sabemos del retroceso que significó el período que se inicia en ese año y concluye en 1983. Juan José Sebreli contaba a sus contertulios de los jueves en la Biela, que abandonó en el primer peronismo sus estudios en la facultad de Filosofía porque advirtió que no se enseñaba sobre los filósofos de la ilustración o los del siglo XX, era la Universidad que exigía el carnet de afiliación al partido oficial.
Es la historia de los obstáculos que se vencieron para lograr más libertad y la construcción del mundo moderno. Lo soportaron un Galileo Galilei abjurando de sus conocimientos para salvar su vida o Giordano Bruno que se fue de Italia pensando encontrar la libertad de pensar y escribir en la Ginebra calvinista o la Inglaterra protestante y percibió que la censura era similar a la romana regresando para ser condenado en su tierra. Es la de Baruch Spinoza, expulsado por los rabinos de su comunidad y recién reivindicado por Ben Gurion, cuatro siglos después como lo hizo Juan Pablo II con Galileo y manifestando que no veía incompatibilidad entre la teoría de la evolución y la religión católica.
Hoy aparece un movimiento reaccionario que cuestiona los aportes de la ilustración, como lo observamos con los movimientos anti vacunas, que hasta han logrado encumbrar a un secretario de Salud en los Estados Unidos, uno de los peores de la dinastía Kennedy, obteniendo el retorno de enfermedades que estaban controladas. Cuestionamientos que se extienden a la democracia.
Nuestro país tiene antecedentes valiosos desde sus tiempos iniciales como país independiente. Juan Martín de Pueyrredón cuando organizó el Colegio de la Unión nombró a Crisóstomo Lafinur como profesor de filosofía, el primero en la América hispana que no usaba sotana y enseñó sobre los filósofos del siglo XVIII. Y con la fundación en 1821 de la Universidad de Buenos Aires su inspirador y primer rector el sacerdote Antonio Sáenz, que tomo una cátedra de filosofía no puso inconvenientes para que Pedro Alcántara de Somellera se hiciera cargo de otra donde se enseñaba el utilitarismo de Jeremy Bentham.
Años fundacionales en los que Rivadavia trajo profesores y científicos desde Europa, laboratorios de Física y Química, Telescopios, abandonados durante el rosismo hasta la etapa que inicia Juan María Gutiérrez promovido por Mitre al rectorado de la UBA.
Crisóstomo Lafinur también fue profesor en el Colegio de la Trinidad, impulsado por San Martín cuyas hazañas militares a veces obscurecen otras facetas como su creación de bibliotecas, con aportes personales, o la difusión de la vacuna contra la viruela, la primera que la ciencia creó de tantas que han permitido enfrentar epidemias y enfermedades diversas.
En 1825 fue expulsado Lafinur de su cátedra, falleciendo poco después en Chile.
Estos avatares, nos recuerdan que ciertos valores deben defenderse siempre pues la ignorancia encuentra terreno fértil para demagogos, mitos, supuestas conspiraciones y que ahora se potencian con las redes sociales.
Los avances sobre las Universidades que ante todo tienen por misión buscar el conocimiento hacen recordar un párrafo del discurso de Emilio Civit en el Congreso apoyando la ley de educación pública 1420: “Sin libertad de conciencia no hay libertad de pensar, no hay libertad política ni libertad social”.
* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.