A cincuenta años del 24 de marzo de 1976

Se cumplen cincuenta años del golpe militar que dio comienzo al Proceso de Reorganización Nacional, última dictadura de la historia argentina. Un particular aniversario de un hecho profundamente significativo de nuestra historia reciente, que lleva a preguntarnos si medio siglo es tiempo suficiente para valorar un acontecimiento tan trascendente.

No hace falta repasar aquí los hechos históricos que son de sobra conocidos. Sí nos interesa compartir algunas reflexiones que la conmemoración despierta. En primer lugar, queremos poner en debate una interpretación muy extendida. Es habitual concebir el 24 de marzo de 1976 como el momento en que el Mal –así, con mayúscula- irrumpió repentina y cruelmente en la vida argentina. Eso permite descalificar moralmente al gobierno militar sin mayor reflexión y, al mismo tiempo, justificar todo lo que lo antecedió, como así también lo que le sucedió. Grave error. Desconocer el proceso de radicalización y violencia que llevó al golpe es una equivocación tan funesta como pretender negar o minimizar los crímenes cometidos por el Proceso con la excusa de la necesaria represión. Ambas posturas acarrean consecuencias terribles tanto para la memoria histórica como para el presente.

Es indiscutible que el siglo XX argentino -sobre todo los años 60 y 70- muestra una progresiva radicalización e intensificación de la violencia como recurso político. No resulta extraña en esos años la proliferación de ideas socialistas revolucionarias que incluso penetraron en amplios sectores del peronismo, mayoritariamente juveniles. La opción por la guerra revolucionaria como vía de acceso al socialismo se difundió ampliamente.

Se la suele justificar argumentando la bondad y justicia intrínseca del socialismo; oponerse a él era moralmente injusto y perverso. Esto es controvertible. Es discutible que el socialismo sea justo en sí mismo, o, en comparación, más justo que cualquier otro modo de organización política y social. Eso es hoy el objeto de la “batalla cultural”. Independientemente de ese debate hay otro punto a considerar: nuestro país tiene una larga tradición republicana y democrática, que arranca en 1810 y se proyecta hasta la actualidad, y que en aquellos años se mantenía aún firme a pesar de los embates. Eso, creo, justifica que una mayoría de la sociedad se expresara contra el planteo revolucionario de una minoría cada vez más violenta y alienada de la sociedad. La popularidad de los gobiernos de Cámpora y Perón no contradice el carácter minoritario de las expresiones revolucionarias.

Ello no justifica sin más el golpe de Estado y la represión subsiguiente. Debe admitirse que el desorden generalizado caracterizó al gobierno democrático de Isabel Perón, entre la acción de las guerrillas, los grupos paramilitares y la creciente presión militar. Ante la falta de respuestas institucionales, cundió la certeza de que sólo la intervención de las Fuerzas Armadas podía restaurar la paz social. Pero ello no anula la inconstitucionalidad del gobierno de facto, ni justifica el recurso a medios ilegales y crímenes aberrantes para aniquilar la subversión.

Podemos también preguntarnos si los medios usados fueron los más adecuados al fin propuesto. Claramente no lo fueron en términos de legalidad. Tampoco en términos morales: la necesidad de aniquilar la subversión y así evitar la instauración del socialismo no justifica la inmoralidad de unos medios contrarios a toda consideración humana. Pero tampoco fueron los más eficaces. Las Fuerzas Armadas derrotaron a las organizaciones político-militares revolucionarias en una guerra que estas habían declarado al sistema republicano y democrático burgués. Pero los crímenes cometidos terminaron justificando moralmente a los revolucionarios, convenciéndolos de estar absueltos de su responsabilidad en la gestación de la violencia, y de verse en la necesidad de autocrítica. Si agregamos el uso interesado de una sesgada y mentirosa memoria histórica, llegamos al panorama actual en el que cualquier intento de dilucidar responsabilidades por el abismo moral en que los argentinos nos vimos sumidos se choca con el dogma: los idealistas militantes por un mundo mejor fueron barridos por la encarnación del mal absoluto en los militares y civiles que hicieron el golpe.

Volviendo a la pregunta inicial, pareciera que medio siglo no ha sido tiempo suficiente para poner en su justo lugar un momento tan crítico de nuestra historia. Es necesario que se multipliquen las voces que con valentía y objetividad puedan iluminar el pasado, aunque intereses ideológicos y personales todavía oscurezcan la verdad histórica.

* El autor es profesor universitario de historia de las ideas políticas.

LAS MAS LEIDAS