James Lynch Fitzstephen, alcalde de la ciudad irlandesa de Galway, hizo ahorcar en 1493 a su propio hijo, acusado de asesinato. De allí viene, al parecer, linchamiento, aunque algunos autores sostienen que el padre etimológico de la palabra no fue este Lynch sino otro, un juez norteamericano que en 1780 mandó a matar a varias personas sin juzgarlas antes.
Ya se sabe que la voz guillotina honra al más curioso opositor a la pena de muerte que haya habido, el médico Joseph-Ignace Guillotin, que no fue quien inventó el artefacto sino el que lo promovió, sólo porque quería terminar con el mal de las ejecuciones lentas.
El daltonismo, alteración visual que impide distinguir ciertos colores, se llama así porque el daltónico (sic) John Dalton estudió sus propios ojos (que a pedido suyo se conservan hasta hoy) y elaboró la primera teoría sobre el asunto.
Le debemos el término boicot, un epónimo no menos célebre, al capitán Charles Cunningham Boycott, quien durante los conflictos agrarios en la Irlanda de la segunda mitad del siglo XIX resultó ser el primer boicoteado.
Mucho más fresca -y criolla- es la palabra borocotización, nacida del tránsfuga Eduardo Lorenzo, Borocotó, el diputado recién elegido que entró a la Casa Rosada para tomar un café con leche como macrista y salió kirchnerista.
Así las cosas, ¿no habría que pedirle a la Real Academia que incorpore el argentinismo cabandié?
Esta semana el legislador porteño y candidato a diputado nacional de La Cámpora dejó asociado su apellido con algo que no tiene nombre (valga el doble sentido), el aprovechamiento de la condición de víctima de derechos humanos para la obtención de exenciones legales.
Claro que en el mismo acto consumó otra pulsión innominada, ésta más arquetípica, una remake del tic del capataz de estancia que reclama sanciones ejemplificadoras para un peón desubicado (desubicadito, diríase) que se creyó aquello de que las reglas son parejas para todos.
Si el pedido lexicográfico prosperase, dentro de muchos años podría leerse en los diccionarios algo más o menos como esto:
Un cabandié es un alarde de impunidad hecho desde una posición gubernamental frente a la requisitoria de un inspector del Estado mediante un reclamo de sanciones para éste, formulado en su cara, en forma despreciativa, con propósitos ejemplificadores. Sólo se consagra cuando trasciende al público.
El sustantivo deriva del apellido de Juan Cabandié, un diputado oficialista cuya notoriedad, en la primera década del siglo XXI, estaba asociada en forma casi excluyente a su condición de hijo de desaparecidos, la cual lo había convertido en político y le había creado a él la ilusión de que gozaba de privilegios victimocráticos.
Su ira en estado crudo, purgada en 2013 durante un control de tránsito, se encastró de manera asombrosa con el hastío de buena parte de la sociedad argentina respecto de la prepotencia oficial y la banalización de los derechos humanos.
El episodio marcó un hito en el proceso de declinación del kirchnerismo, que gobernaría el país durante 12 años.
Por esos días, un documento del grupo de intelectuales orgánicos Carta Abierta había reaccionado con furia contra el concepto de “fin de ciclo”. La verificación de que ese concepto era correcto expandió la idea errónea de que el cabandié provoca la decadencia. En realidad, es al revés.