El jueves pasado, inmediatamente después del informe de que la Agencia de Seguridad Nacional había estado utilizando los datos de prácticamente todas las compañías grandes de internet en Estados Unidos, un emprendedor usuario de Twitter estableció una cuenta llamada “Nada que ocultar”, para reproducir los mensajes de quienes expresaban su jovial falta de preocupación por la posibilidad de que el gobierno leyera sus mensajes de correo electrónico, sus registros telefónicos, sus chats en video, o lo que fuera.
“Si eso nos puede salvar de otro 11 de setiembre, adelante”, declaró uno. “De todos modos, mis mensajes de correo electrónico y mis llamadas por teléfono no son nada interesantes”.
Otro comentó en Twitter: “Era inevitable que pasara algo así, vivimos en la era de la información. Además, yo no tengo nada que ocultar.”
Y otro más: “Si publicamos toda nuestra vida en los medios sociales, ¿a quién le importa que el gobierno eche un vistazo?”
Estos ciudadanos tienen un concepto algo flojo del funcionamiento de las libertades civiles. Pero entienden bastante bien la naturaleza esencial de la vida en internet. El dicho: “El que nada debe, nada teme” -o, si no, “Abandonad toda esperanza el que aquí entre”- podría grabarse en todos los teléfonos inteligentes y en la página de entrada de todos los medios sociales. Como escribió recientemente el experto en seguridad Bruce Schneier, no es que internet haya sido penetrada por un estado policíaco; lo que sucede es que internet efectivamente es un estado policíaco.
La ansiedad ante esta posibilidad ha estado entrelazada con la experiencia en línea desde un principio (véanse las películas que explotan a la Red de los tiempos de Clinton, como “Enemy of the State”), pero en los primeros tiempos de la era punto com, lo que a la gente le parecía más sorprendente de la vida en línea era precisamente su anonimato, en todas las salas de conversaciones, secciones de comentarios donde se permitía el uso de alias, nombres de pantalla y sobrenombres. Hay un célebre cartón de la revista The New Yorker, en el que un perro está ante una computadora diciéndole a otro que lo mira desde el suelo: “En internet nadie sabe que soy un perro”.
Este ideal de anonimato aún persiste en algunas comunidades de internet. Pero en muchos sentidos, el mundo en línea ha resultado menos privado que el ámbito de carne y hueso. Eso es en parte porque la mayoría de los usuarios de internet no quieren esconderse detrás de seudónimos.
Más bien se comunican en espacios en línea más o menos como se comunicarían en una sala con sus amigos más cercanos, y usan mensajes de texto y de correo electrónico del mismo modo que antes usaban las cartas y las llamadas telefónicas. Esto significa, inevitablemente, que están mucho más expuestos -a extraños y enemigos, ex amantes y ex novios- de lo que estaban antes de que su vida social estuviera en línea.
Por lo menos es posible participar de la cultura en línea limitando al mismo tiempo esta exposición horizontal, de igual a igual. Pero es prácticamente imposible proteger la intimidad verticalmente: de los proveedores del servicio, de las redes de medios sociales y ahora de las agencias de seguridad que tienen acceso hasta al último clic que demos, pasando por nuestros mensajes y correo electrónico.
Ni siquiera los poderosos pueden borrar sus huellas, como lo descubrió David Petraeus. En el estado policíaco, todo el mundo sabe que somos un perro.
Y cada avance tecnológico que se contempla, desde Google Glass hasta los autos sin conductor, prometen facilitar el rastreo de cada uno de nuestros movimientos y descargas. Las vacas sagradas del Valle del Silicio hablan de la privacidad más o menos en los mismos términos paternalistas que los voceros del gobierno. “Si usted tiene algo que no quiere que nadie sepa, quizá no debería de hacerlo, para empezar”, le recomendó Eric Schmidt de Google a un entrevistador en 2009.
El problema es que sólo tenemos un punto de referencia de envergadura cuando debatimos lo que podrían significar estas tendencias: el Estado policíaco totalitario del siglo XX, en el que toda invasión de la privacidad estaba al servicio del dominio tiránico del partido único. Ese modelo sirve para dilucidar cómo tratarán los Estados autoritarios de aprovechar la capacidad de vigilancia de internet, pero Estados Unidos no está por convertirse en Alemania Oriental con páginas de Facebook.
Para nosotros, la época de la vigilancia es más probable que se derive hacia lo que Alexis de Tocqueville llamaba “despotismo suave” o lo que James Poulos, columnista de Forbes, bautizó como el “Estado policíaco rosa”. Nuestro gobierno tendrá facultades extraordinarias, potencialmente tiránicas, pero la mayoría de los ciudadanos serán monitoreados sin que se sientan perseguidos o acosados.
Así pues, en lugar de un clima de miedo penetrante, habrá un efecto de crispación en las márgenes del discurso político, que afectará básicamente a los grupos y las opiniones de por sí de dudosa reputación. En lugar de un programa de arriba abajo de represión política, habrá una estructura más bien aleatoria de abusos políticamente motivados, posibilitados por el uso de los datos (piénsese en el reciente escándalo del Servicio de Recaudación de Impuestos, pero con información personal nociva en lugar de listas de donadores).
En esta atmósfera, el radicalismo y las protestas parecerán más arriesgadas, la paranoia será más razonable y van a proliferar las teorías de la conspiración. Pero ya que la gente realmente peligrosa va a ser anulada o atrapada más rápidamente, trocar la privacidad por la seguridad va a parecerles razonable a muchos estadounidenses. Especialmente porque no hay otra alternativa más que la de desconectarse de internet por completo.
¡Bienvenidos al futuro! Solo procuren no tener nada que ocultar.