Usted lo pensó en más de una oportunidad. Dígame si no: en la tibieza del hogar, sintonizó el noticiario y ante una de esas declaraciones típicas de cualquier político de turno, se lamentó: “¡¿Pero este tipo no se da cuenta de que es un imbécil?!”. Quédese tranquilo, usted está en lo cierto. Ese político es un imbécil. Y es verdad, no lo sabe.
Ciencia pura. Fue confirmado en el año 1999 por dos científicos: Justin Kruger y David Dunning, de la Universidad de Cornell (Nueva York). Ellos, tras un largo estudio (1), hicieron referencia a la existencia de una tara cognitiva. Una falla en la mayoría de las cabezas humanas. Un “problema de fábrica” que haría creer más inteligente que el resto a quien padece este problemita (la inmensa mayoría de la población).
Según este paper (2) “los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio, considerándose más inteligentes que otras personas más preparadas, incorrectamente midiendo su habilidad por encima de lo real”.
Es eso que seguramente usted vivió en su trabajo, en la calle o en reuniones familiares: el gil, además de ser gil, se cree vivo. (O, hay que decirlo, quizá sea a usted o a mí al que tuvieron que sufrir sus compañeros de trabajo, conciudadanos o familiares. Pocos zafan en realidad del síndrome citado).
Volviendo a la letra fría de la ciencia, este sesgo, según los Batman y Robin de la neuropsicología (Kruger y Dunning), es atribuido a una inhabilidad meta-cognitiva del sujeto de reconocer su propia ineptitud.
Pero hay algo mucho más grave aún: por el contrario, los individuos competentes asumen, falsamente, que otros tienen una capacidad o conocimiento equivalente al suyo. Es decir, el que sabe o conoce sobre un tema se siente cada vez más inseguro de sus propios conocimientos. Es eso que alguna vez espetó Sócrates, y no precisamente padeciendo falsa modestia: "Sólo sé que no sé nada".
Ya está escrito en el acervo popular: “El que sabe sabe, y el que no, es jefe”. O mejor dicho, es el contexto el que ayuda a que el ignorante que cree que sabe siga siendo un ignorante.
Ciertas personas neófitas pero en posición de poder (volvemos al caso de los políticos, muchas veces rodeados de lambiscones), al no contar con un entorno de pares que contraste sus dichos, refuerza su creencia de que es un “capo” en la materia que sea.
David Dunning y Justin Kruger lo ponen claro: “La mala medición del incompetente se debe a un error sobre sí mismo, mientras que la mala medición del competente se debe a un error acerca de los demás”.
Porque, así como el que está rodeado de chupamedias no hace más que reforzar su ignorancia, aquel que realmente conoce las temáticas sabe la profundidad real de los conceptos y todo lo que le falta por conocer.
Un verdadero drama para la humanidad: aquellos que debieran conducirnos por su cabal conocimiento de ciertos aspectos de la realidad se sienten inseguros, estiman que no manejan los temas con la suficiente autoridad. Y dejan en manos de otros ese rol. ¿Imaginen quiénes son los otros? Probablemente, esos imbéciles que no saben que son imbéciles (3).
Ya lo dijo Bertrand Russell: “Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”.
Notas:
(1) No se asuste, no se trata de la típica "científicos de la Universidad de Connecticut dicen que el amor revierte las caries" o "dos de cada tres tipos infelices tienen menos sexo que los felices". El Efecto Dunning-Kruger es riguroso, y ha ganado varios premios. Aunque también se llevó el Ig Nobel, una parodia del célebre galardón, entregado a lo más pavote de la ciencia (como si el Nobel fuese garantía de pureza. Obama se llevó el de la Paz en medio de guerras varias; algo así como darle el Nobel de Medicina a un doctor que envenena a sus pacientes).
(2) Tras varios estudios con evaluaciones a voluntarios (psicólogos), los autores encontraron que los participantes que recibieron las peores notas en las pruebas de Humor, Gramática y Lógica sobreestimaban en mucho su habilidad y su resultado en prueba. A pesar de que las puntuaciones de las pruebas los colocaban en el 12% peor, ellos se consideraban entre el 62 por ciento mejor. Mientras tanto, la gente con conocimiento real tiende a subestimar su competencia.
(3) Los autores sostienen que hay una sola manera de sortear esta tara cognitiva: preparándonos y estudiando cada vez más. Pero si el tipo es tan imbécil como creemos, nunca estimará esta opción.
Por Leonardo Rearte - Editor de suplemento Cultura y sección Estilo