Me despierto, estoy desorientada. No sé qué día es. Miro el celular. Es sábado a la tarde. Ya está por llegar. Vamos a ir a cenar o a bailar, en eso habíamos quedado.
Me despierto, estoy desorientada. No sé qué día es. Miro el celular. Es sábado a la tarde. Ya está por llegar. Vamos a ir a cenar o a bailar, en eso habíamos quedado.
Abre la puerta, llega hasta la habitación. Le sonrío, me mira. Lo quiero, pero a veces no entiendo por qué toma tanto cuando va a comer un asado al club con los amigos. Esto no era así al principio, pero bueno, yo sé que quiere estar bien. Lo entiendo porque no está pasando un buen momento en el laburo.
Se acuesta al lado mío, lo abrazo. Ya veo que no vamos a salir a ningún lado porque está cansado. Me enojo. Nos besamos. Y no sé en qué momento me empieza a sacar la ropa. No sé qué quiero. Y casi sin darme cuenta abusa de mí. Lloro. Voy al baño, me ducho. Lloro. Me vuelvo a acostar y al otro día empiezo de cero como si nada hubiera pasado.
Ya ha pasado mucho tiempo de ese día. Por qué no lo denunciaste me pregunto. No pude. No podía. Es tan fácil identificar al agresor cuando es un desconocido, un tercero que se entromete en nuestras vidas y nos lastima. Pero cuando el dolor lo provoca una persona a la que le tenemos afecto las líneas se desdibujan. Yo fui cómplice y no me enorgullece. Fui víctima de violencia de género, tampoco me enorgullece. Me violó mi novio. Quién me iba a creer. ¿La policía, mi familia, sus amigos, mis amigos? Si yo me había ocupado de presentarles su mejor perfil: un tipo bueno, gentil, amable. Y mi orgullo nublándome la mirada: “Si sos fuerte, a vos no te pueden pasar estas cosas, no sos una víctima”.
Ya es tarde. El daño está hecho y las heridas ya cerraron. Entonces pienso qué puedo hacer. Y recuerdo las veces en que me decía a mi misma “no puedo”. No puedo vivir sin él, no puedo dejarlo, no puedo amar a nadie más, no puedo imaginar el mundo sin su presencia. Y descubrí que no eran mis pensamientos, que no era mi voluntad, que estuve en una especie de telaraña pegada a los hilos que se fueron tejiendo a mi alrededor.
Hoy repaso los hechos y no hubo un solo momento bueno espontáneo, todos vinieron como actos reparadores. Y hubo muchos episodios malos que prefiero no enumerar.
Sumado a que no fui sumisa, al contrario, despertó las más oscuras aristas de mí. Y pienso en las miles de personas que hoy están en ese lugar pensando “no puedo”. Y no puedo prometerles que todo va a pasar, que muchas cosas buenas están por venir. Eso es mentira. El camino es arduo, doloroso, las heridas queman, la tristeza agobia. Te van a cuestionar, no te van a creer. Por qué a mí, por qué yo, qué le hice. No hay respuesta. Si hoy estás ahí y no te contesta el teléfono, no te cuida cuando estás enferma, sale con otras personas, le manda tus fotos a sus amigos, te ignora, abusa de vos, te hace sentir culpable. Te hace sentir que no podés vivir sin él. Andate. Dejalo. Denuncialo. Buscá ayuda. Contá lo que te pasa aunque te mueras de vergüenza. Nunca más le contestes el teléfono ni lo saludes. Salir del círculo de la violencia es poder.
Según los datos del Registro Único de Casos de Violencia contra las Mujeres, el año pasado se registraron 86.700 denuncias en el país y en el 45,8% casos el agresor fue la pareja.