21 de marzo de 2015 - 00:00

No nos une el amor sino el espanto

El hombre, como ser social por excelencia, busca naturalmente relacionarse con sus semejantes. Primeramente nace un vínculo afectivo con su madre, padre, hermanos, tíos, primos y demás parientes. Conforme pasan los años se vincula con vecinos, amigos de su infancia, compañeros de estudio, de la mesa de un café, practica un deporte, un hobby o simplemente se identifica con un equipo de fútbol.

El raciocinio, que nos diferencia de los animales, lo acerca a quienes se identifican con sus ideas, principios, costumbres, hábitos, educación. Todo lo que nos hace ser felices, crecer, desarrollarnos, elegir una pareja, formar una familia, procrear. Un proyecto de vida siempre sobre bases optimistas y pensamientos positivos, armónicos y coincidentes.

Por lo general, trata de dejar una huella, tomar los buenos ejemplos y virtudes de los demás, especialmente de sus mayores, tener sus propias convicciones y valores, actuar en consecuencia y a la vez dejar una buena imagen, que justifique aún más su paso por la vida y existencia. Ello hace que muchas veces se diferencie de los demás, destacándose en alguna actividad ya sea laboral, profesional, deportiva e incluso política.

Así, muchas veces nos identifica la pasión por una camiseta ya sea de un determinado club, o la argentina cuando juega una Selección nacional, el festejo de un triunfo electoral y ni hablar del nacionalismo y patriotismo demostrado ante hechos como Malvinas.

Una catástrofe natural inesperada pone de manifiesto nuestra solidaridad con los que más necesitan. Nadie puede dudar que todo eso enriquece y hace a la persona como tal.

Sin embargo, nos ocurre a los argentinos que ya no nos convoca o acerca lo positivo sino lo negativo y esa circunstancia, desgraciadamente, se va agravando.

Paso a paso se acrecienta la desunión, la división ente nosotros y los otros, un inevitable camino hacia la disgregación, o conmigo o contra mí, la intolerancia al disenso, el pensar distinto implica ser facho, golpista o directamente un idiota.

Los centros neurálgicos de las ciudades servían para reunirse y festejar algún acontecimiento que despertaba nuestros sentimientos de algarabía y coincidencias. Hoy, esos mismos lugares son ocupados para la protesta, expresar nuestro descontento y disconformidad, ya no hay alegría que nos reúna. Las marchas son silenciosas y hasta tristes, las caras serias de desazón, desesperanza y desconcierto.

Unas veces nos convoca la inseguridad creciente que va diezmando nuestras familias y destruyendo a la sociedad. Otras, el cepo cambiario, la inflación que carcome nuestros bolsillos o la corrupción de nuestros gobernantes.

Recientemente, un hecho tan grave y vergonzoso como la trágica muerte de un fiscal de la Nación, el que seguramente como tantos otros jamás se esclarecerá, pone en peligro a las bases y esencia de todo el sistema republicano, la división de poderes, la igualdad ante la ley y por sobre todas las cosas las libertades y derechos individuales. Hemos llegado al quiebre de las instituciones fundamentales de la Nación.

La incertidumbre hace que sea impredecible lo que vendrá y cuáles serán los motivos de los futuros reclamos..
Ya no es el festejo, la afinidad lo que nos convoca, sino la protesta, el descontento, el enojo, la disconformidad, la falta de principios morales, el atropello, pero fundamentalmente de justicia, asociada con una impunidad ya sin límites.

Aunque el temor, la injusticia y la queja hoy nos unan, es el amor, los afectos y los ideales lo que nos sigue manteniendo vivos, sin bajar los brazos y esperanzados en la búsqueda de un país serio, justo y confiable, del que nos podamos sentir orgullosos ante el mundo y no avergonzados como hoy.

Paradójicamente, y aunque parezca un juego de palabras, nos une la división, producto de la soberbia, la prepotencia, la intolerancia de los que nos creen tontos, de los que no oyen, no ven y no escuchan, los que viven en un país irreal o por lo menos pretenden hacernos creer eso.

Han partido el país en dos y con él a sus habitantes

Los negociados, corrupción, enriquecimientos injustificables y procesos a los que nos gobiernan, eso que sorprende a propios y extraños, que asombra al mundo, hechos únicos, sin precedentes e inéditos como tener a una presidenta y a su vice denunciados y sospechados por diversos delitos como nunca hemos visto ni imaginado.

Los argentinos lloramos la desunión, la Argentina duele y sufre con una herida abierta que si no se cierra nos lleva inexorablemente camino a Venezuela, a la disgregación, descomposición y al enfrentamiento entre hermanos, eso que históricamente hemos sabido superar muchas veces, pero que ciertamente, a esta altura, no sabemos si lo volveremos a lograr. Nos quieren hacer creer que es normal lo que no lo es, que la inseguridad es una sensación, que la inflación no existe, que el cepo cambiario es un invento de los economistas, que no hay desnutrición ni desempleo, que la industria crece, que estamos entre los primeros del mundo, que hemos ganado una década (lo que no sabemos es a quién y en qué sentido). No existe política de Estado alguna, ni respecto a seguridad, economía, salud, defensa, ni siquiera en las relaciones internacionales.

Será que no sabemos elegir, que tenemos el gobierno que nos merecemos, que estamos adormecidos, desilusionados y sin capacidad de reacción, que no hemos tomado conciencia del punto hasta donde nos han arrastrado, o quizás se nos ha formado una costra que nos ha hecho perder toda sensibilidad y capacidad de asombro y reacción.

Es hora de despertar, de tomar conciencia, de despabilarnos, de tomar los ejemplos de los que han salido adelante, de hacer valer los derechos humanos de los ciudadanos comunes y no sólo los de los delincuentes, de saber elegir el futuro que queremos para las generaciones que vendrán, que es lo que está en juego, y son las que nos juzgarán y demandarán por nuestra pasividad, desidia e inacción.

De lo contrario la Argentina seguirá siendo un país con buena gente pero con pésimos gobernantes, y las palabras de Borges seguirán siendo tan vigentes como lapidarias: “No nos une el amor sino el espanto”.

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