En los últimos años las grandes ciudades se han convertido en gigantescos palomares en los que viven inmensas cantidades de estas aves con la máxima comodidad debido a la abundancia de comida, ya sea por alimentación deliberada de la gente o por basura expuesta. También por la disponibilidad de agua, sin la cual no pueden vivir, de protección contra sus depredadores y de variaciones climáticas bruscas.
Disponen allí de excelentes refugios donde hacen sus nidos, en los que nacen, se desarrollan y viven sus pichones hasta la independencia de estos.
En algunas ciudades son consideradas potenciales plagas y en otras directamente se las considera de ese modo debido a que generan conflictos de convivencia con los seres humanos, en particular con la higiene edilicia y poblacional.
Debido a esta realidad, muchos intendentes en casi todo el mundo están preocupados y ya han comenzado a tomar medidas para evitar que dicha proliferación derive en problemas estéticos para las fachadas y muy especialmente sobre edificios y monumentos a los que tanto cuesta mantener, pero fundamentalmente a la preservación de la limpieza y contaminación de paredes, ventanales y veredas por la enorme cantidad de excrementos que estas aves producen.
Se sabe que una paloma deposita durante un año catorce kilos de materia fecal, principalmente en los lugares donde vive. Además, cuando vuelan sueltan o esparcen un polvillo o plumones que llegan a producir alergias a personas con esa predisposición natural.
Además son portadoras de garrapatas y otros ácaros. No obstante, su principal daño a la salud humana llega por efecto del viento, que disemina los excrementos secos por doquier. Las consecuencias pueden derivar en enfermedades generalmente respiratorias.
En las principales ciudades españolas como Madrid y Barcelona, por ejemplo, se le pide a la población colaborar para reducir el número de aves que pueblan su ciudad mediante la prohibición de darles comida o dejársela en lugares de fácil acceso, al mismo tiempo que embolsar la basura de manera que no quede a su alcance.
Se sabe que esto también ayuda a eliminar o disminuir otras plagas urbanas, como las ratas y cucarachas que se sirven de las mismas fuentes de alimentación.
Varios métodos se han diseñado para evitar la proliferación pero no todos parecen ser los adecuados, algunos por exageradamente agresivos, como la matanza o el envenenamiento, y otros por ineficaces, pero en lo que la mayoría de las ciudades están de acuerdo es en que es prioritario buscar una solución para este asunto que parece cada vez más preocupante.
En Alemania, las autoridades municipales son más sensibles y a la vez más ejecutivas por estos cuidados, no sólo por sus reliquias, sino también por la salud de su población, por lo que ya han comenzado a implementar en las principales ciudades el uso de mallas plásticas muy finas con las cuales cubren los frentes de los edificios, así como sus estatuas y monumentos que, en general, son los preferidos de estas aves para construir sus asentamientos. De este modo se les impide acceder a esos refugios.
Otros recursos municipales son usados para dificultar la vida de las palomas en sus ciudades, por ejemplo púas o pinches de punta en dinteles, terrazas o barandas, pastas repelentes o geles, así como sistemas electrónicos de sonidos u olores.
En general, se está observando que el método más empleado para este propósito es el uso de semillas anticonceptivas, con el objetivo de bloquear su proceso reproductivo, que parece ser una de las más fuertes causas de ese crecimiento masivo.
Con esto se busca, en lo posible, llevar la vida de las palomas a su hábitat natural como la mayoría de las aves, donde no dependan de la comida que les da la gente o sus desperdicios como ocurre en muchos casos y de ese modo volver a una ingesta natural basada en granos. Pero como este propósito parece inalcanzable, se pretende por lo menos reducir su cantidad hasta niveles que cada ciudad determine como el máximo razonable.
Desde otra mirada, puede aceptarse que es una pena motorizar esta persecución por tratarse de un animal silencioso y pacífico, amigo de niños y ancianos, pero a la vez muy peligroso por los riesgos sanitarios que lleva a ciudades densamente pobladas. Por esto, no se trata de matar a las palomas; pero sí es claro que debemos seguir buscando mecanismos de convivencia para que ellas no nos maten a nosotros.