Impactó a Mario Vargas Llosa. En la Argentina logró lo mismo con Jorge Fernández Díaz. Nos referimos al autor de la novela "Patria", el español Fernando Aramburu, quien tiene mucho que decirnos sobre el sentido final de las conductas humanas. En particular con su frase contundente y lapidaria: "Matar por un ideal es un asesinato, es un crimen".
En una entrevista otorgado al diario Infobae relaciona ese concepto con otro tan cotidiano para nosotros, los argentinos. El de "grieta". Y nos dice así: "Nosotros lo llamamos fractura, ustedes lo llaman grieta, pero creo que la idea es la misma, es el hecho de que se establece una convicción general sobre la cual las ideas, las abstracciones, están por delante de la dignidad humana".
Aramburu nos cuenta en su libro la experiencia de la ETA pero sus interpretaciones pueden calcarse para los movimientos guerrilleros latinoamericanos, como aquí aconteció con los Montoneros o el ERP, y que hoy, lamentablemente, están siendo reivindicados desde aquello que tan duramente se critica en "Patria".
Las ideologías nunca han sido más que modos de interpretar el mundo, que han heredado el estilo abarcante de las religiones antiguas, que pretendían explicar absolutamente todo el sentido de la vida y tener respuesta para cada acto individual o social. Pero lo han hecho no en nombre de la fe sino de lo que se supone es la racionalidad. Por lo que suelen sintetizar en su seno lo peor de la fe (el querer traer el cielo a este mundo) con lo peor de la razón (el querer sustituir a la fe).
De ese modo, al ideologizarlas se altera el sentido de las ideas, que no son más que instrumentos, mediaciones entre mi interior y mi exterior y su única validación está dada por si son útiles para hacernos entender mejor el mundo. Pero sabiendo que lo importante es su tarea de mediación, no las ideas en sí.
Sin embargo, ha renacido una tendencia creciente a cosificar las ideas, a hacerlas fines en vez de medios. A considerarlas, en vez de que nos aproximan a la verdad, como la verdad en sí misma. A ideologizarlas como si se tratara de religiones, de verdades reveladas. Y llegados aquí, cometemos el peor de todos los pecados: hacer de las ideologías nuestros ideales, aquello por los que vale la pena vivir o morir, o matar.
Cuando, como finaliza Aramburu, las abstracciones no pueden, no deben estar por delante de la dignidad humana, de los valores por los que vivo y trasciendo. Los que hacen al sentido del ser humano. Los principios y los fines de la vida. Lo ético, lo universal. No lo instrumental sino lo finalístico.
No matar, no robar, no mentir, no traicionar. Esos valores están en todas las religiones y en todas las ideologías, pero los trascienden porque permanecen mientras que las ideas cambian, deben cambiar cuando dejan de ser medios, cuando en vez de acercarnos a la realidad nos obstaculizan llegar a ella. Cuando se desactualizan o cuando se comprueba su falsedad, porque, entre otras cosas, las causas producen efectos contrarios a los buscados.
Así las cosas, la grieta se ha profundizado en la Argentina en los últimos años porque hemos reinstalado un relato según el cual vale la pena considerar enemigo a todo quien no comulgue con tu ideal. Una remake menos cruenta (al menos por ahora) que la de los años 70 pero que es heredera directa de esos tiempos, cuando directamente se moría y se mataba por meras ideas, ideologías o ideales, hoy en su mayoría olvidados por anticuados, estériles o intolerantes, pero que produjeron muertos que no se olvidarán nunca.