14 de marzo de 2016 - 00:00

Nisman, nuevo escenario

Ya no se habla de “la muerte” del fiscal Alberto Nisman; mucho menos de “suicidio” o “suicidio inducido”. Se habla de “homicidio”. No es un presente que se le deba agradecer a la jueza Palmaghini ni a Jaime Stiuso. Estos dos han sido actores de un nuevo escenario, una nueva atmósfera, que ha hecho posible el contacto de los argentinos con la realidad sin temores o con menos temores.

Ni Palmaghini ni Stiuso hubieran actuado de la manera como lo han hecho ahora si el 20 de noviembre pasado Daniel Scioli hubiera ganado la elección presidencial. En ese caso, la Argentina hubiera continuado en un estado de virtualidad, de “realidad inducida”, donde nadie se hubiera atrevido siquiera a ver las cosas a través de un cristal transparente. Todo era según el color del cristal que decidía usar la doctora.

La causa marchaba decididamente a su cierre definitivo, calificada de “suicidio”.

Respecto del homicidio de Nisman, así como en relación con tantas otras cosas, la Argentina pasó un año -¡¡años!!- extravagante. Baste recordar que la doctora salía por televisión a cada rato a decir disparates, agraviar personas e instituciones, poner distancia con el mundo civilizado, en un tono, con una mirada, con una gestualidad, con una ironía, cuyo diagnóstico lo dejo a los profesionales de la conducta. Tenía el poder de instalar una visión enfermiza.

Esa visión que trastornó tantas mentes y atemorizó a tantas otras y que compró, además, tantas voluntades, impuso que un homicidio fuera otra cosa, que la inflación fuera otra cosa, que la pobreza fuera otra cosa, que la destrucción del empleo y la recesión fueran otras cosas; que la corrupción y la inseguridad también fueran otras cosas; que Venezuela era otra cosa y que el fanatismo fuera virtud. No fue magia.

Sin embargo hoy, con naturalidad, puede verse que Nisman era un objetivo, que estaba bajo amenaza de muerte, ¡que era un fiscal general de la Nación y que debía ser protegido especialmente por el gobierno! Que antes de morir acababa de formular una denuncia gravísima contra la Presidente y se disponía a ampliarla en el Congreso de la Nación; que sus sistemas de comunicación y computadora fueron intervenidos; que alrededor de su vivienda y el propio edificio en el que vivía, el día de su muerte fueron áreas liberadas de custodia; que funcionarios del gobierno y dependientes del Ejecutivo llegaron al lugar del hecho tres horas antes que la representante judicial con su carterita en el antebrazo; que el departamento de Nisman fue limpiado y ensuciado, ambas cosas deliberadamente, la misma noche en la que fue hallado su cuerpo; que en la mano del fiscal no quedaron rastros de pólvora del arma que se disparó para darle muerte; que el cuerpo tenía golpes y que fue movido respecto de cómo lo halló el médico del servicio privado, que fue quien primero lo vio. Y que siendo un abogado, un hombre de letras, que escribía, que tenía por lo menos hijas y madre a quienes decirles algo si hubiera decidido poner fin a su vida, no dejó una línea de explicación ni de manifestación de amor. El compacto, como se ve, es contundente.

Todos ellos eran indicios de una muerte provocada por terceros, pero en el período extravagante en el que gobernó la doctora, el aparato oficial, enfermo de fanatismo o comprado, multiplicó las versiones maliciosas y desinformativas para tratar de desorientar a la sociedad y encubrir el homicidio. Se intentó instalar la idea del suicidio y, mucho peor aún, por medio de información insidiosa, se trató de hacer ver que, por sus hábitos de vida, Nisman merecía morir.

Baste ver cómo se defiende la corrupción y cómo se defiende un homicidio para comprender el grado de perversión que contagió esa mujer. Sin decir que hoy todo esté bien y que no haya cosas que corregir del nuevo gobierno y mucho menos que no haya necesidad de estar vigilantes, el 10 de diciembre se produjo un cambio de aire en la Argentina que hace a la atmósfera más respirable; se disipó la neblina que confundía y distorsionaba las figuras.

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