22 de marzo de 2015 - 00:00

Ni un asesor más

“Que no existan más los asesores. Ni de los políticos, ni de los diputados, ni de los fiscales, ni de los ministros de Cultura, ni de lo que sea. Sonará demagógico pero si ni los profesores, maestros, enfermeros ni ingenieros necesitan uno, ¿por qué a los

Como a los niños, que cuando no hay manera de que entiendan que eso es para tratar bien, con cuidado, con responsabilidad, se lo sacamos de las manos, por más que pataleen y nos claven sus llantos agudos por el centro de los tímpanos. Pero el ejemplo no es el indicado, porque aquí no hay ingenuidad ni carita triste sincera.

Del otro lado tenemos a un tipo mayor, probablemente abogado, soberbión, que no ha venido a este mundo para ser retado si no más bien, a hacer lo que se le cante. Del otro lado hay un político.

La propuesta en cuestión es abolir la existencia de esa figura llamada “asesor” y que -con suerte- sólo ha servido para poblar oficinas de los tres poderes, con mayor prominencia de asistencia los días 29. Sacarles el juguetito, porque lo usaron mal. Por irresponsables.

Ya está. Que no existan más los asesores: ni de los políticos, ni de los diputados, ni de los fiscales, ni de los ministros de Cultura, ni de lo que sea. Sonará demagógico pero si ni los profesores, maestros, enfermeros ni ingenieros necesitan uno, ¿por qué a los señoritos dirigentes les vamos a conceder un ejército de opinadores? ¿Acaso no les alcanza el sueldo para prepararse ellos mismos e incluso costear por su cuenta una asesoría en tal o cual tema?

Es más, seamos generosos, y ni bien retiremos todos los asesores del territorio (aumentando la desocupación de las clases más pudientes en varios puntos), asignemos partidas presupuestarias para que cuando los dirigentes políticos tengan una duda con algún temilla, puedan licitar la asesoría puntual en academias o institutos privados, con profesionales idóneos, a precios de mercado.

Si éste es el sistema que vale en temas tan sensibles como el arreglo de techos de las escuelas, por ejemplo, ¿por qué no ponerlo en práctica para que los ministros, diputados o juristas se desburren en tal o cual tema?

“Vos sos un ingenuo...”, dice una vocesita contrera que se escucha de fondo. Me la llevo a tomar un café a la vocesita, y mientras sopa la medialuna en el cortado, expone: “Ya sé lo que querés decir: que los asesores sirven sólo para que retorne plata a los bolsillos del dirigente que les da el carguito”. “Eso nunca se puede probar pero todos lo dicen…”, le digo a la vocesita, aburrido. Con la boca llena de masa azucarada, continúa:

“¿Qué te creés? ¿Que el aparato corrupto va a dejar de funcionar con la sola abolición de los asesores? ¡Tenemos la obra pública, la realización de espectáculos musicales o deportivos, y un interesante sinfín de contrataciones diversas! -sigue la vocesita- ¡Tenemos los empresarios amigos!” “¡Bingo! -le digo, siguiendo una libre asociación de ideas- Sabía que ibas a venir con ese argumento: igual, algo hay que hacer, por eso empecé esta columna con lo de los niños. Prohibir asesores hasta como un correctivo…” A esta altura tengo que decir que la vocesita iba tomando temperatura y quería dar por terminada la charla, sabiendo que ese deseo de la abolición del sistema de asesores tiene menos futuro que el videoclub.

“¡Sabés lo que pasa! Que ustedes quieren Estados flacos, quieren debilitar la democracia para que los poderes fácticos hagan lo que quieran”, se envalentonó. “¡Pero dejate de joder! -pierdo la paciencia- ¿Vos creés que si sacamos a todos los asesores al otro día pasa algo? En realidad sí pasaría algo: contaríamos con más presupuesto para hacer lo que sí vale la pena… Que el Estado se ocupe de lo que se tiene que ocupar, que encima es bastante evidente. ¿O le vamos a pedir a algún asesor que les ayude a pensar todo lo que falta?”.

De repente, la vocesita ya no era una sola. Eran cientos de vocesitas, clonadas, como los agentes Smith de “Matrix”. Entre todos, en coro, me sugirieron muy amablemente que los periodistas estamos para contar cositas, no para proponer. Que no sabemos nada. Que, en todo caso, si tengo algo que plantear, que me presente y que gane una elección. Las vocesitas dejaron de ser vocesitas, para empezar a ser risitas.

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