Así como la década de los 90 la Argentina fue hegemonizada políticamente por el neoliberalismo, los primeros años del siglo XXI se pueden definir como hegemonizados por el neopopulismo. Dos versiones peronistas de las modas de cada época.
Así como la década de los 90 la Argentina fue hegemonizada políticamente por el neoliberalismo, los primeros años del siglo XXI se pueden definir como hegemonizados por el neopopulismo. Dos versiones peronistas de las modas de cada época.
El neoliberalismo es la adaptación a la Argentina (pero no sólo a la Argentina) de la “revolución conservadora” gestada por Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Inglaterra. Una versión extremista, bien a la derecha, del liberalismo clásico. Neoliberalismo más económico que político, antiestatista y privatista a ultranza.
El neopopulismo puede tener versiones de derecha como Berlusconi en Italia, o los Le Pen en Francia, pero en su vertiente latinoamericana se apoya en ideologías de izquierda, un tanto anticuadas conceptualmente pero reactualizadas políticamente en una media docena de países, lo que hace decir a muchos intelectuales “progres” de Europa que por estos pagos es donde mejor se está luchando contra el neoliberalismo. aún dominante en casi todo el resto del mundo.
En realidad este neopopulismo es un caudillismo no tradicional porque en vez del conservadurismo popular típico de los caudillos de antaño, toma prestado el pensamiento de izquierda de las décadas de los 60 y 70. A eso le suma tres rasgos propios de esta época.
Primero: si bien se dicen de izquierda apoyan a casi todos los regímenes teocráticos o fundamentalistas de Oriente Medio, aunque sean de extrema derecha, siempre y cuando se opongan al imperialismo yanqui.
Segundo: si bien los populismos anteriores no tenían simpatías por la prensa crítica, el neopopulismo ha dado una centralidad total a su guerra contra los medios de comunicación. A diferencia de la izquierda sesentista en que se inspira, el neopopulismo ve como más primordial la lucha contra el periodismo que contra el imperialismo, al cual se opone no mucho más que gestualmente, pero a la prensa busca directamente suprimirla por “competidora”, propiciando su cierre y su remplazo por una adicta puesto que cree (en eso el neopopulismo es bien posmoderno) que hoy la principal batalla por el poder es básicamente mediática.
Tercero: el neopopulismo propone una extrema politización e ideologización en sociedades muy despolitizadas. De allí su carácter más delegativo que participativo, aunque se llene la boca con lo contrario.
A su vez, como todo caudillismo de origen popular tiene inmensas dificultades para resolver el problema de la sucesión porque salvo por un familiar de estrechísima relación y con cierta habilidad política, el caudillo se torna irremplazable. Así lo demuestra el patético personaje al cual Hugo Chávez dejó su herencia, la cual dilapidó en cuestión de días. O la vital necesidad de imponer a cualquier costo (la mayoría de las veces violentando o “reinterpretando” la Constitución) la reelección indefinida, con lo cual la república deviene monarquía plebeya, con tendencia creciente al autoritarismo.
En la Argentina esa cuestión parecía solucionada a mediano plazo porque -imitando la inventiva de los hermanos puntanos Rodríguez Saá- los Kirchner se propusieron mantenerse en el poder sin reelección indefinida, alternándose uno y otra en el poder. Pero el plan fracasó con la muerte de Néstor y desde entonces a su esposa no le queda otro camino que lograr su re-reelección si quiere construir la democracia neopopulista que ha definido con meridiana claridad como su proyecto estratégico.
El cristinismo no sabe cómo lograr ese propósito porque electoralmente no hay modo de que llegue a los números para votar la reforma, pero también sabe que no tiene otro camino. Ni otro gobierno ni el llano garantizan una salida tranquila a las principales figuras del oficialismo actual. Incluso si pudieran imponer un sucesor de la confianza de la presidenta, la lógica del sistema caudillista, en tanto monarquía plebeya, hace que “muerto el rey, viva el rey”, vale decir, salvo un familiar directo, no hay sucesión posible sin su inevitable traición.
Los cristinistas dicen que si no imponen definitivamente su proyecto hasta identificarlo con el de la Nación entera, no queda otra que el retorno al neoliberalismo similar al aplicado por Menem o a un gobierno sin poder como el de De la Rúa, a la luz de observar la gran debilidad y fragilidad de las oposiciones. Así, se presentan como lo nuevo contra la viejo y a eso le suman una ideología de izquierda que les permita justificar todo en nombre de una supuesta revolución.
Tal como una Corte Suprema que declaró la inconstitucionalidad de la misma Constitución para reelegir a su caudillo en Nicaragua. O la de un ejército sacado a la calle para la represión interna como en Venezuela; o las trampas que por estos días intentan los caudillos de Bolivia y Ecuador para reelegirse, acallando al periodismo crítico en todos esos países, imponiendo Cortes Supremas que son una oficina judicial del gobierno, y considerando a todos los opositores como golpistas neoliberales.
Sin embargo, el debate político que electoralmente se inicia hoy y termina el 27 de octubre no se dará entre neoliberalismo versus neopopulismo, como se imagina el oficialismo. Ni entre democracia versus autoritarismo, como se imagina la oposición.
Acá el conflicto central será entre el neopopulismo versus el neocualunquismo (“uomo qualunque” significa hombre común) o lo que, inventando la palabra, podríamos llamar “gentismo” (porque más que hablar de pueblo, habla de gente), expresado por los candidatos con más chances de remplazar el proyecto cristinista, tanto por dentro como por fuera del kirchnerismo o incluso del peronismo, tal cual son Massa, Scioli, Macri, De Narváez.
Y Julio Cobos. Todos gentistas porque no sólo hablan poco y nada sino que, cuando hablan, dicen poco y nada. Eso suele agradar a la “gente”, al “hombre común”, bastante despolitizado frente a la catarata de palabras con que el kirchnerismo inundó el país estos años.
Palabras que, además, de tanto usarse para decir cualquier cosa, han terminado por no decir nada. Y lo que es peor, han logrado que las palabras con contenidos serios o profundos, no sean escuchadas por nadie porque ya nadie cree en el valor o la utilidad de ninguna palabra.
Daniel Scioli fue el primer gentista en orden de aparición. Desde que asumió como vicepresidente de Néstor Kirchner viene llenando su discurso de frases hechas casi sin significado alguno o capaz de tener todos los significados, con lo cual se transformó en un odiado rival interno de los Kirchner porque estos exigían definiciones precisas que Scioli, si quería mantener su imagen, jamás debería pronunciar, excepto -quizá- en estas elecciones en las que para competir con quien podría ser su nuevo gran rival, Sergio Massa, se vio obligado a sobreactuar -sin creérselo- un poco de kirchnerismo aunque sea lavadísimo pero, aún así, mucho para el estilo hasta hoy cultivado por él.
La otra gran expresión de gentismo fue la aparición de Julio Cobos luego de su histórico “no positivo” cuando, en una irrepetible alocución, sin decir nada lo dijo todo y se constituyó en el nuevo hombre más odiado por los K.
Le seguiría Francisco De Narváez, quien con su gentismo donde la sonrisa permanente puede más que las palabras y su imitador en el programa de Tinelli fue más real que la versión real (“alica, alicate, votame, votate”), logró el impresionante triunfo épico de derrotar en una sola vez a Néstor Kirchner, Daniel Scioli y Sergio Massa en 2009.
Otro gentista o neocualunquista es Mauricio Macri que no es un hombre común ni se le parece, pero pretende representarlo inspirándose en un viejo partido llamado “Il Fronte dell Uomo Qualunque” (“El Frente del Hombre Común”) que apareció en la Italia de posguerra donde, en una sociedad que salía del fascismo altamente politizada, este partido pretendía representar a la gente que no tenía ni quería tener nada que ver con la política.
En las elecciones de hoy hará su intento otro ejemplo acabado del gentista llamado Sergio Massa, que ha aprendido de sus antecesores y pretende sintetizarlos, en particular a Scioli y Cobos, ya que habla igual que el primero pretendiendo ocupar su mismo espacio, pero a la vez ha sido capaz de decir “no” al kirchnerismo como en su momento hiciera Cobos, cosa que hasta hoy no hizo Scioli.
Así, entre el neopopulismo que pretende decirlo todo hasta el extremo de que las palabras ya no valgan nada, y el gentismo que no pretende decir nada para ver si puede abarcarlo todo, se desenvuelven estas elecciones. Unos comicios en los que tanto los que se presentan como defensores del presente contra el pasado o los que se muestran como el futuro frente al presente, nos dejan un montón de incógnitas porque los primeros quieren cambiar la república democrática por otra cosa y los segundos no se sabe muy bien qué quieren.
Sin embargo, cada vez que el pueblo se hace oír, siempre suele surgir algo nuevo, algo impensado capaz de indicar caminos más novedosos, menos trillados, ni populistas ni gentistas, sino simplemente populares.