Una de las grandes luces de este mundo se apagó dos jueves atrás. Se nos fue Nelson Mandela, después de haber dejado una huella enorme.
Una de las grandes luces de este mundo se apagó dos jueves atrás. Se nos fue Nelson Mandela, después de haber dejado una huella enorme.
El extraordinario ejemplo que él puso sigue viviendo y ofreciendo una lección -un plano de hecho- para todos aquellos que siguen luchando por la justicia, la igualdad y la libertad.
Convénzanse de su causa. Las convicciones, el carácter y la consistencia están enormemente ausentes en nuestra era moderna en la que se persigue la fama, se decide a base de encuestas y se leen sólo los comentarios. El statu quo ha logrado adormecer a las masas en la complacencia y la aceptación. Es lo conocido y lo familiar. Siempre hay quienes llevan una vida cómoda y que tienen la subsistencia garantizada dentro del sistema.
Perturbar el statu quo -o trastrocarlo- siempre es una propuesta radical y en ocasiones resulta impopular, incluso entre quienes sufren por el sistema establecido. Una causa puede ser impopular pero la historia ha demostrado, una y otra vez, que mira con benevolencia la lucha.
Primero que nada, hay que ser un luchador. El tiempo se las arregla para hacer que la historia sea suave y digerible, para pulir las partes duras y endulzar lo amargo. Mandela no fue solo un personaje amable y paternal; también fue un luchador por la libertad, un hombre dispuesto a comprometer su vida -incluso a sacrificarla- por sus creencias.
El Congreso Nacional Africano de Mandela fue calificado de organización terrorista tanto en su país, Sudáfrica, como en Estados Unidos. Y no puede encubrirse la opinión que tuvo Estados Unidos de Mandela y del sistema sudafricano de apartheid, ni siquiera ahora que veneramos a Mandela en su muerte.
Como escribió Noam Chomsky en su libro de 2010, “Hopes and Prospects”: “A lo largo de los años ochenta, el comercio de Estados Unidos con Sudáfrica se incrementó pese a las sanciones impuestas por el Congreso en 1985 (que Reagan evadió) y Reagan siguió apoyando la depredación de Sudáfrica en sus países vecinos, que se calcula que causó 1,5 millones de muertes. Todavía en 1988, el gobierno estadounidense condenó al Congreso Nacional Africano de Mandela llamándolo uno de 'los grupos terroristas más notorios del mundo’.”
Hay que ser valientes. No se requiere valor para llevar a cabo lo que es fácil y cómodo. Como dijera alguna vez el escritor progresista y agitador texano Jim Hightower: “Hasta un pez muerto puede ir con la corriente”. Valor es pararse y empujar con la resistencia. Valor es hacer lo que es impopular o incómodo porque, aunque seamos los únicos que lo hacen, eso es lo que hay que hacer.
Como dijo Mandela: “Aprendí que el valor no es la ausencia del miedo, sino la capacidad de superarlo. El valiente no es el que no tiene miedo sino el que lo conquista”. Todos sentimos miedo. De hecho, hay que temer a quien diga que no siente miedo. Pero el miedo se disuelve con el calor de la rectitud. No puede difundirse cuando está arrinconado por gente de nobles convicciones.
Recuerde que nadie puede despojarlo de su condición humana si usted no se somete y lo permite. La discriminación y la injusticia son flagelos insidiosos y virulentos que el mundo se esfuerza por remediar, pero son tercamente resistentes a la erradicación definitiva. Mientras luchamos por deshacernos de ellos hay que mantener nuestra resolución y elevarnos en nuestra dignidad.
Me gusta pensar como alguna vez lo dijo Zora Neale Hurston: “A veces me siento discriminada, pero eso no me enoja. Simplemente me sorprende. ¿Cómo alguien puede negarse el placer de mi compañía? Eso no lo comprendo.” La persona consumida por la discriminación se subyuga moralmente, por cuestión de principios, a la persona que no la siente y le deja a ésta la posición de superioridad moral.
Nunca subestime el poder de la elegancia. La inconmensurable elegancia y ecuanimidad de Mandela, su presidencia y sus esfuerzos por la reconciliación en Sudáfrica siempre serán ejemplos para el mundo de las verdaderas posibilidades y del poder del espíritu humano.
Solemos pensar en el poder como una fuerza, pero también hay un enorme poder en el amor, en la comprensión y el perdón. Demostrar amabilidad a quienes nos tratan cruelmente es un acto de supremacía moral. Es el más humano de los ejercicios humanos pues al hacerlo conquistamos nuestro propio ser y disminuimos a nuestro enemigo.
Por último, recuerde que todo es posible para quienes tienen una fuerte voluntad y una perseverancia inquebrantable. Aquellos que no pueden imaginar el cambio revelan el déficit de su imaginación, no la dificultad del cambio. Como dijera Mandela: “Siempre parece imposible hasta que alguien lo hace.”